Antes de dirigirse al instituto, Yenis fue al baño. Llevaba unos tres meses viviendo allí. Cuando Julia y él se conocieron, él se encontraba amnésico, y en este tiempo no había conseguido avanzar en su intento por recordar algo. Se miró en el espejo y tocó su colgante mientras ponía la misma cara de desconcierto de siempre. Era un colgante ovalado y dorado, prácticamente plano, con una gema azul situada en el centro. No era de gran tamaño y podía ocultarlo bajo la camisa sin que se notara.

—¿Sigues sin recordar nada sobre ese colgante?

—No. Nada. Y aun así algo me dice que no debo separarme de él…

—Es bonito; deberías conservarlo de todas maneras. No tengas prisa por recordar, todo llegará a su momento —Julia se acercó a él y le besó en la mejilla—. Venga, vámonos.

Bajaron las escaleras, salieron del edificio y fueron caminando hasta el instituto. Aún era octubre y el curso había empezado hace poco.

Algunos comercios abrían tímidamente sus puertas y, dada la cantidad de vehículos que circulaban por la carretera adyacente a la entrada del instituto, uno no podía evitar pensar que la ciudad empezaba a desperezarse. Era un paisaje típico de la ciudad de Coruña, pero de lo más tranquilo a esas tempranas horas de la madrugada. Llegaron al centro y se cruzaron con todo el alumnado de los distintos cursos, cada uno dirigiéndose a su aula.

Una vez en clase, el profesor entró, y todos estaban ya sentados en sus respectivos pupitres, pero una silla permanecía vacía.

—¿Alguien sabe por qué no ha venido Ana? Precisamente sus padres me llamaron hace como media hora para preguntarme si la había visto. ¿Alguien sabe algo?

Todos negaban con la cabeza o con la palabra. Julia presentaba una falsa expresión de curiosidad, aunque no le duró demasiado. Le cogió la mano a Yenis y le dedicó una sonrisa de felicidad. El hecho de haber causado la muerte de una compañera de clase no le había afectado en absoluto para mal. Pero, al contrario que Julia, Yenis no tenía su mente en el aula, sino en lo sucedido la noche anterior…

Ana estaba tumbada en su cama, medio destapada. Y por si el calor no fuera suficiente, tan solo llevaba puestas una camiseta holgada y bragas. Su largo cabello castaño le llegaba hasta la espalda.

El silencio reinaba en el ambiente. Pero, de pronto, una figura apareció de la nada frente a su cama. Ana despertó y se quedó sorprendida al ver a su compañero de clase. Sus ojos se abrieron aún más, como platos, y Yenis la cogió del brazo con firmeza a la vez que chasqueaba los dedos con la mano derecha. Ambos aparecieron en la azotea de su instituto. Ana no entendía qué estaba pasando, y menos cuando vio que Julia también se encontraba allí.

—Vaya, no te habrá despertado Yenis, ¿no?

Sentada en el borde de la azotea se encontraba Julia, otra compañera de clase al igual que Yenis, con su pelo y ojos negros como el azabache, buena delantera, una bien formada figura y expresión sombría.

Yenis la soltó. Físicamente, él no tenía mucha fuerza; era gracias a sus poderes que podía hacer algunas cosas que un humano normal no, aunque tenía por completo el aspecto de uno. Tenía ojos y pelo castaños.

—¿Qué pasa aquí? Estaba mi habitación… ¿Cómo me has traído al instituto?

—Te he traído aquí porque Julia me lo ha pedido —la expresión de Yenis estaba tan vacía como de costumbre.

—¿Qué…? Pero… —Ana seguía sin entender nada.

Julia, que estaba sentada tranquilamente en el bordillo, se levantó y fue hasta ellos.

—¿Creías que no me daría cuenta? Nunca dejabas de mirarle en clase y de mandarle mensajes al móvil… Para tu información, se lo miro de vez en cuando.

—¡¿L… le controlas el móvil?! ¡Pero nunca le dije nada serio! —entre el frío y la situación, Ana se estaba poniendo de lo más nerviosa—. ¿Pero qué estamos haciendo aquí? ¿Cómo me habéis traído? ¿Qué queréis?

—Quiero que dejes de acosar a mi novio, y como parece que no atiendes a razones… Tendré que quitarte de en medio —la expresión de Julia se volvió aún más fría, si es que eso era posible.

Ana empezó a temblar. Era una noche de otoño en pleno mes de octubre, Galicia se caracterizaba por tener un clima frío, y ella llevaba poca ropa.

—Tengo frío… —volvió a mirar a su compañero— Yenis, te prometo que no le diré nada a nadie, pero llévame a casa, por favor…

El joven se mostraba indiferente ante las súplicas de Ana.

—Yenis —dijo Julia.

Y tras pronunciar su nombre, el chico levantó la mano. Chasqueó los dedos.

El cuerpo de Ana se vio envuelto en llamas y ella comenzó a gritar, pero apenas pasaron dos segundos antes de que toda su carne, huesos y ropa se convirtieran en cenizas…

Julia mostró una mirada de tranquilidad, e inmediatamente se volvió hacia su pareja.

—Yenis, llévame a casa: está refrescando.

—Sí…

De vuelta en casa de Julia, ambos se fueron a dormir; al día siguiente había clase y no era bueno ir con más sueño del necesario.

Julia seguía cogiendo a Yenis de la mano. Él no le devolvía el gesto, pero la acariciaba con el dedo pulgar. No es que no sonriese por una falta de empatía, es que no era alguien que acostumbrara a mostrar una gran cantidad de emociones. Su amnesia le había afectado a algo más que los recuerdos. Se había estado documentando y averiguó que la pérdida de recuerdos podía ser causada, entre otras cosas, por traumas o consumo de ciertas drogas, pero ni Julia ni Yenis pensaron que se tratase de eso. Sería duro, pero el muchacho no se rendiría hasta que descubriese la verdad.

Algunas compañeras se fijaron en su gesto cariñoso e intentaban disimular la envidia que sentían. Julia se percató de eso, así que se la besó (la mano). Los alumnos empezaron a sacar libros y cuadernos.

A primera hora tocaba clase de matemáticas, la asignatura que en septiembre batía siempre los récords de gente presente en las recuperaciones. El profesor les recordó que, dentro de tres días, el viernes, habría examen, así que se pasó toda la hora resolviendo dudas. Algunos las preguntaron, mientras que Yenis y Julia se limitaban a ojear los ejercicios de sus libretas; ellos por suerte no tenían problemas. Al parecer, Yenis era suficientemente inteligente, no estaba teniendo problemas en ninguna asignatura. Y Julia, aunque no fuera un cerebrito, solía entender las cosas y de momento siempre había aprobado todo. El profesor siguió explicando y haciendo ejercicios en el encerado.

Pasaron dos horas más y llegó el descanso. Julia salió con Yenis al patio. Se sentaron en un banco y comenzaron a comer los bocadillos que acababan de comprar en la cafetería.

Después de terminar, Julia se dirigió al baño. Yenis la esperó en el banco y Mario, un compañero de clase que se encontraba cerca tomando un refresco, fue hasta él.

—Eh, Yenis, ¿cómo llevas el examen de mates? Yo no acabo de entender bien algunas cosas… —Yenis no tenía problemas en resolverle dudas.

—Si quieres podemos quedar en la biblioteca por la tarde; yo lo llevo bien y creo que simplemente le daré un repaso el jueves.

—Vaya, pues qué suerte. Si yo tuviera una novia como la tuya, con unos padres con dinero, también me lo pasaría en grande. De verdad, qué suerte tienes de tener a alguien como Julia, aunque a veces sea algo arrogante, ya sabes… —balbuceó, aunque sin perder el buen tono. No quería ofender a su amigo y compañero de clase.

—Es muy buena conmigo, estamos bien viviendo juntos —Yenis no se había ofendido en absoluto.

—Pero volviendo al tema, no tengo nada claro el examen. Si me pudieras echar una mano hoy por la tarde…

—Hombre, pues…

—Yenis, hoy prefiero que nos quedemos en casa viendo una película. Tengo varias por ver e igual alguna te gusta. Julia volvió e inmediatamente interrumpió la conversación.

—Lo siento, Mario. Tendremos que dejar el plan para otra ocasión. No creo que esté muy activo en el grupo de clase; lo siento —se repitió Yenis, con un tono inaguantable de conformidad, refiriéndose al grupo de mensajería instantánea en el que estaban todos para comunicarse rápidamente por el móvil si surgía la necesidad.

Mario miró por un instante a Julia con cierta molestia. Entre los compañeros de clase era conocida la relación que mantenían, y la increíble obediencia que Yenis mostraba frente a su pareja. Los padres de Julia tenían dinero y ella sabía apañarse con las tareas del hogar, así que decidieron comprarle un piso para que se fuera independizando. Casualmente encontraron uno a la venta cerca del instituto y ella estaba encantada.

Acabaron las clases y todos los alumnos se dirigieron a sus respectivos hogares. Julia iba agarrando el brazo de Yenis y llevándolo contra su cuerpo.

—¿Qué película te gustaría ver? Ah, y podemos hacer unas palomitas, compramos unos refrescos…

Yenis no le prestaba mucha atención; estaba absorto en sus pensamientos, concretamente en haber dejado tirado a un compañero de clase.

—Yenis, ¿me estás escuchando? —de pronto Yenis miró hacia ella.

—Ah, sí…—Julia podía hacerse la dulce, pero eso no significaba que no supiera lo que pasa a su alrededor.

—No te preocupes por él, sabrá apañárselas para el examen. Además, ¿no prefieres aclarar antes las dudas que yo pudiera tener…? —Yenis ahora tenía muchas cosas en la cabeza, pero rápidamente se centró; no era momento para discutir, así que decidió darle la razón.

—Por supuesto. Ya sabes que sí, siempre.

Inmediatamente llegaron al portal del edificio donde vivían. Julia se detuvo antes de empezar a subir las escaleras, y su expresión cambió a una fría y llena de amargura. Aprovechando que no había nadie, cogió a Yenis por la camisa y le bajó la cabeza hasta su altura.

—Entonces, que no se te vuelva a ocurrir hacer planes sin consultarme, ¿de acuerdo? —el chico tomó aire y lo expulsó en absoluto silencio, para que Julia no notara que se trataba de un suspiro.

—Sí, lo siento —Julia soltó a Yenis para que pudiera incorporarse y cambió su expresión a la habitual de dulzura y amabilidad.

—Bien, entonces vamos a comer. Más tarde podemos ver una peli, cielo.

Comieron tranquilamente y, acto seguido, fueron al salón y se sentaron en el sofá. Yenis se quedó sentado y Julia optó por tumbarse dejando la cabeza sobre sus piernas. Un tiempo más tarde Yenis comenzó a acariciarle, hasta que acabó quedándose dormida, y eso que la película aún iba por la mitad. La observaba con detenimiento. Su mirada fue descendiendo por su rostro hasta detenerse en su escote, el cual estaba bien señalado por el tamaño respetable de sus pechos. Yenis se sonrojó y decidió apartar la vista; acababa de venirle a la mente cierto recuerdo de hace apenas tres meses…

—¡¿Qué haces?! —Julia se bajó algo la camisa.

—Eh, no… Nada, perdón…

—¡Pues a ver dónde pones tú los ojos! Espera fuera.

—Lo siento… —y Yenis cerró la puerta tras él.

Yenis alcanzó a coger una manta y tapó a Julia con ella. Se levantó con cuidado y fue hasta la tabla de planchar para dejar lista algo de ropa que había pendiente.

—¿Qué pasa aquí? Estaba mi habitación… ¿Cómo me has traído al instituto?

Yenis pensaba en Ana, a quien Julia había mandado eliminar ya que la consideraba una molestia. Ana le había pedido a Yenis su teléfono y empezaron a hablar alguna vez mediante mensajes. Nunca fueron insinuadores, pero podía haber llegado el día en que lo fueran, y Julia no podía consentir esto. De vez en cuando ella le pedía el móvil a Yenis para asegurarse de que su relación no peligrara. El móvil que ella le había comprado, además.

Volvió a tocar su colgante que, como de costumbre, no le transmitía ningún atisbo de información sobre sí mismo.

A pesar de tener el mismo aspecto que todo el mundo, Yenis podía hacer algo que los demás no: controlar el fuego. Hacer auténticas proezas que el resto de la gente consideraría inimaginables. Ese pensamiento rondaba su cabeza de vez en cuando…

—Cielo, parece que me he dormido…

De pronto Julia apareció a su lado. Yenis miró el reloj colgado en la pared: ya había pasado una hora desde que se levantó del sofá.

—¿Me tapaste tú? Lo siento; me entró el sueño después de comer…

Ahora Yenis pensaba en Mario. No había estado nada bien dejarle tirado cuando al final el plan de la película acabó a medio camino…

—¿Estás bien? —Julia comenzó a acariciarle la cabeza— Creo que tú también estás algo cansado.

—Debe ser el calor de la plancha. Llevo aquí como una hora… ¿Estás bien? ¿No te habrás resfriado, no…? —Julia sonrió ante sus palabras.

—Estoy bien, tonto. Me alegro de que hayas decidido quedarte aquí conmigo.

—Tú eres lo único que tengo en el mundo; siempre estaré contigo.

Julia respondió con una mirada de aprobación.

—Así es, no lo olvides. Yo lo soy todo para ti…






Julia y Yenis se prepararon para ir a clase. Julia lo cogió del brazo, sobre todo sabiendo que se encontrarían, otra vez, con alguna compañera de camino al instituto.

Llegaron y se dirigieron al gimnasio, pues a las dos primeras horas tenían clase de Educación Física, aunque a algunos solo les importase el hecho de poder ver tetas rebotando.

El profesor empezó poniendo a todos a correr para ir calentando. Algunas compañeras que iban detrás de Julia cuchicheaban, como ya era casi costumbre, lo grandes que eran sus pechos; lo peor es que no por envidia, sino por mera intención peyorativa. Éste había sido siempre el gran problema de Julia desde hace ya unos años y la razón de que en cierta medida empezara a estar incómoda con sus compañeras más allegadas e incluso a veces con los chicos. Hubo algunos que se burlaban de ella y otros que incluso traspasaban la línea entre la molestia y el acoso. Por suerte para Julia, este hecho ya no le incomodaba tanto como antes; ahora tenía a Yenis y una posibilidad de hacer justicia, es decir, de hacer que las cosas fueran exactamente como a ella le convenían.

Llegó el final de la clase y todos fueron a ducharse. Mientras Julia se duchaba pudo oír una conversación más que interesante para ella:

—Con las notas que saca Yenis, ¿cómo puede preferir a Julia? Nosotras tenemos un cuerpo mucho más compensado —decía Débora. Otra compañera de clase, de pelo teñido de color violeta y corto, llegando al cuello.

—Yo tampoco lo entiendo. Y encima se van a vivir juntos; ya pueden hacer todo lo que quieran cuando quieran —rechistó otra compañera.

Exacto. Puedo hacer lo que quiera con él, pero por supuesto no permito que me toque un solo pelo. Mientras vosotras tendréis parejas que os dominan, yo domino a este chico, que hace lo que sea por mí —pensó Julia, mientras sonreía a la vez que se enjabonaba la cabeza.

—Pues yo no pienso dejarlo escapar. Cualquier día me lo llevo al huerto y le enseño cómo es una chica de verdad, y no esa tetuda que tiene por novia.

Al oír eso, Julia casi se tira del pelo más fuerte de lo que ya lo hizo sin querer. Salió de la ducha y fue hasta ella. La cogió del pelo y le empujó la cabeza hacia abajo.

—¡¿Y tú qué sabes las chicas que le gustan a Yenis?! ¡¿Has hablado alguna vez con él, siquiera?!

—¡¿Qué haces?! ¡Suéltame! —gritó Débora. Julia la soltó, no sin antes conseguir tirarla boca arriba al suelo. Le puso un pie sobre el cuello y comenzó a hacer presión, por lo que varias compañeras inmediatamente la sujetaron y la alejaron de Débora.

Una chica de baja estatura, aproximadamente metro y medio, pelo corto y gafas de pasta rojas estaba pasando totalmente desapercibida, sentada en uno de los dos bancos del vestuario, sin atreverse a intervenir.

—¿Se puede saber qué te pasa, Julia? ¿Querías matarla o qué? —interrumpió otra compañera.

¿Matarla? Era lo primero que se le pasó por la cabeza, pero si hacía lo mismo con todas, tal vez el instituto se convertiría en uno de los posibles escenarios del Yandere Simulator. Débora se incorporó y Julia se calmó, así que la soltaron. Ambas tenían la respiración acelerada, pero Julia intentó mantener la cabeza fría y pensó que lo mejor era enmendar la situación.

—Perdón; me he sobrepasado. Pero ella acababa de insultarnos a mi pareja y a mí —Débora no dijo nada.

—Bueno, Débora te pide perdón, pero que esto no vuelva a pasar.

Todas las chicas acabaron de ducharse y cambiarse, y fueron saliendo del gimnasio junto con los chicos. El profesor iba a cerrar la puerta cuando una chica bajita de pelo corto le pidió que le dejara entrar otra vez al vestuario un momento. Se había dejado sus gafas de pasta rojas.

Ya en casa y después de comer, Julia y Yenis se cambiaron y decidieron ir a un bar que además tenía un pequeño escenario y un reproductor con varias versiones instrumentales de diversas canciones, aunque siempre podías llevarle al encargado un pendrive con otra melodía para cantar algo diferente; lo conectaban al ordenador portátil que tenían conectado y listo. No es que a Julia le interesara el mundo otaku ni muchísimo menos, pero sí era fan de los clásicos planes de pareja, al menos desde hace escasas fechas, asimismo este era uno de ellos. Además, aunque por falta de hobby no viera anime, había algunas series de las que inevitablemente había oído cosas por hacerse muy famosas. Pero al contrario que ella, Yenis usaba con bastante frecuencia el ordenador. Incluso en este tiempo había llegado a leer varios libros sobre montaje y manejo de ordenadores, así que llegó a abrir el mismo para limpiarlo y tener algo de práctica con sus componentes. Después, a base de investigar y aprender también por Internet, acabó descubriendo el anime y ojeando unas cuantas series.

Llegaron. Miraron las canciones que había disponibles, y Julia se fijó en un anime del que hubiera sido imposible no saber nada; se había hecho realmente famoso cuando se emitió. Tenían la primera canción de apertura disponible, así que decidió cantarla. Yenis observaba sentado como lo hacía con pasión e imitando los gestos y miradas de cierto personaje femenino de la serie de mente oscura y obsesiva.

Al acabar, Yenis se levantó y subió al escenario. Al contrario que Julia, él escogió otra canción bien distinta. El tema de cierre de un anime más infantil, pero que le había sacado los colores en su momento, con sus siete protagonistas femeninas. Y lo cantó hasta el final: «“Te quiero” quiero oír...». Quién sabe ya si en el fondo se trataba de una especie de súplica dirigida a Julia para que lo aceptara y decidiera cambiar su forma de ser...

La gente aplaudió, aunque no tanto como con Julia. Ambos se dirigieron a la barra, Julia pidió un café y Yenis, un refresco de naranja. Entre que a Yenis no le gustaba el café y lo que acababa de cantar, Julia no pudo evitar reírse ni quedarse callada.

—Sí que te ha gustado esa serie. ¿Tus gustos no serán algo infantiles?

—Creo recordar que sobre gustos no hay nada escrito.

—Sobre gustos hay mucho escrito, el problema es que tú no lo has leído —dijo, riendo y dándole una palmadita en la espalda.

Salieron del local y fueron de vuelta a casa, pasando por una máquina expendedora para comprar otro par de refrescos. No tardaron ni diez minutos en llegar a ella.

—Una pena que no puedas controlar el metal; con ese poder nos ahorraríamos algo —decía Julia, pensando en las espirales metálicas de la máquina que sostenían los productos.

—Sí… Es una de las pocas cosas de las que estoy seguro, lo que puedo manejar es el fuego, aunque no sepa cómo ni porqué… —se quejó Yenis con cierta indignación—. Me gustaría saber más sobre mí… Aunque, por supuesto, tú eres lo primero. —Julia sonrió; por fin su chico decía algo con sensatez. Yenis volvió a mirar su colgante, y le dio tantas sensaciones como de costumbre: ninguna.

Llegó el viernes, y con él, el examen de matemáticas. Yenis pudo resolverlo con soltura; él entendía bien los conceptos. El que lo estaba pasando algo peor era Mario. Yenis lo había notado, pero ya no podía hacer nada por él. Julia lo llevaba preparado, así que esta vez no tuvo que pedirle a su novio que le hiciera el examen en un abrir y cerrar de ojos, literalmente. Las dos horas pasaron lentamente para ellos, pero seguramente no tanto para algunos compañeros de clase. Hubo quien puso su nombre y salió del aula.

Sonó el timbre del recreo y los que quedaban entregaron sus folios. Después, las últimas horas de clase pasaron sin novedad ninguna.

—Yenis, por mí podemos irnos. ¿O tienes algo que hacer?

—Pues ahora que lo dices… Me gustaría preguntarle a Mario qué tal le ha ido el examen. No tardo nada.

—Vale. Yo mientras voy a la cafetería a tomar un café rápido. Búscame allí luego —Julia salió del aula para dirigirse a las escaleras.

Luego, Yenis solo tuvo que doblar la esquina del pasillo para ver a Mario.

—¡Ey! ¡Mario! —se dio la vuelta al reconocer perfectamente la voz de su compañero.

—Anda, Yenis… ¿Qué tal examen? Supongo que bien…

—Yo sin problema. Supongo que el lunes ya nos darán las notas. No te preocupes... —le animó Yenis, dándole una palmada en el hombro. Pero sabía que no podía dejarlo así— Sobre lo del otro día... Lo siento. Tenía que haberte ayudado. Podíamos haber quedado en cualquier sitio cuando fuera para mirar alguna cosa...

Se despidieron y cada uno marchó en una dirección, pero al darse la vuelta, Yenis tropezó con alguien a la cual se le cayeron los folios que llevaba en las manos.

—¡P… Perdona! Iba distraída…

—No, no, si fue culpa mía… —dijo mientras le ayudaba a recoger los papeles.

Yenis levantó un poco la cabeza y enseguida reconoció a su compañera de clase, Sara, sus gafas la hacían inconfundible. Tenía el pelo tan solo un poco largo, le llegaba hasta los hombros, de color rosa claro, y unos ojos anaranjados.

—No… No hace falta que me ayudes, que supongo que tendrás prisa…

—Ninguna. Como ahora no hay clase… —respondió Yenis mientras recogía los folios.

—Pues yo iba a pasar por conserjería para que me grapasen esto e irme a casa… ¿Y qué tal el examen? ¡A mí bastante bien! ¡Seguro que el lunes nos dan la nota! Yo creo que apruebo. ¡Pero tú ya seguro! Como se te dan tan bien estas cosas… ¡O sea, las mates! Ya me entiendes… —decía Sara, algo nerviosa, mientras movía las manos y la cabeza de un lado a otro.

—Eh, sí… Seguro que el lunes vemos los exámenes. Hasta otra, Sara.

Yenis le dio sus papeles, se incorporó y se fue en dirección a la cafetería.

Sara quedó en el sitio con una cara bastante parecida a un tomate—. ¡Ays! ¡Céntrate! —pensaba mientras se daba unas palmadas en la cara con ambas manos, lo que ocasionó que se le volvieran a caer los folios.

Yenis llegó a la planta baja y se dirigió hacia la cafetería. Allí estaba Julia, con una taza de café vacía.

—Vaya, sigues vivo. Y eso que he visto a Mario bajar hace rato.

—No, no, es que tropecé con Sara, se le cayeron unos papeles y le ayudé a recogerlos.

—¿Sara? Sara, Sara… Ah, sí, la chica invisible. Es esa bajita de gafas de color rojo, ¿no?

—Sí, esa misma.

—En fin; vamos a casa.

Llegaron al edificio y subieron, sin darse cuenta de que Sara les había seguido de lejos desde el instituto.

—Así que viven aquí…

Entonces Sara hizo una expresión negativa con su cabeza y se dio palmadas en la cara a ambos lados. Continuó caminando hacia su casa; no entendía ni para qué se había parado allí.

Siguió su camino durante diez minutos más hasta llegar. También vivía sola, ya que sus padres viajaban mucho por trabajo.

Sara se sentó en el sofá de su salón. Había estado algo nerviosa esos días por el examen, pero ahora ya estaba hecho; era viernes y tocaba descansar un poco. Se acomodó y aprovechó para seguir con el libro de Aldous Huxley que les habían mandado leer en clase de Filosofía; por suerte estaba resultando una lectura sencilla.

Estuvo unos cuarenta minutos leyendo, ya había pasado de la mitad del libro y el examen sería en diciembre; no tenía que preocuparse por esta asignatura. El profesor les había dejado toda una evaluación para leerlo. Fue hasta la habitación y se sentó en cama a la vez que abrazaba su almohada con una mirada dudosa.

«Hasta otra, Sara».

Las últimas palabras que escuchó de Yenis le llegaron a la mente y abrazó aún más fuerte la almohada. ¿Podía ser que se estuviera enamorando de él? Es cierto que le llamó la atención el primer día de clase, pero no sabe casi nada sobre ese chico, no más de lo que ya se conoce en toda el aula. De momento había demostrado que se le daban bien todas las asignaturas y que era alguien agradable, pero de ahí a sentir algo por él… Sara volvió a darle un achuchón grande a su almohada y decidió coger el móvil, los auriculares y tumbarse para despejar la mente. Era fin de semana, acababa de tener un examen de matemáticas y no tenía la cabeza para quemarla más.



—¡Víctor! ¡Le hemos encontrado!

Un hombre de aspecto relativamente joven, que debía tener sobre treinta años, y de complexión fuerte sonrió con una expresión afable, a la vez que se levantaba de la silla de su escritorio. Fue junto a la persona que le acababa de informar: otro varón más mayor y de menos estatura, con pelo canoso. Ambos se encontraban dentro de una gran biblioteca.






… que desborda mi corazón…

Con esta última línea, Sara acabó despertando. Miró el reloj y vio que eran las diez y media de la noche; al final había dormido un buen rato; seguramente por haber trasnochado el día anterior repasando ejercicios para el examen. Se quitó los auriculares, los desconectó del móvil y la música se paró automáticamente. Se levantó y fue hacia la ventana. Lo único que se distinguía en el negro cielo eran las estrellas. Cenó algo y se sentó frente a su ordenador para intentar distraerse un poco.

Mientras tanto, unas calles más allá en dirección al instituto, Julia también se había ido a dormir y Yenis se encontraba en la cocina, leyendo el mismo libro de Huxley, con una taza de colacao al lado. Se la iba tomando con excesiva calma, ya que podía solucionar fácilmente el problema de que se le enfriara.

Ese sentimiento de incomodidad con el modelo de sociedad que le mostraba aquel libro le estaba empezando a dar dolores de cabeza. Puso el marcapáginas y lo cerró. Se sentía como si hubiera dado un montón de vueltas sobre sí mismo. Se llevó la mano a la cabeza y a continuación a su taza. Lo terminó y decidió irse al salón y tumbarse en el sofá.

Tocó su colgante…



—¿Se encuentra muy lejos?

—En el mundo de los humanos. Eso sí, con amnesia; por lo que su capacidad emocional está gravemente dañada; parece no tener casi sentimiento alguno. Debió ser por la batalla que disputó, pero sigo sin entender por qué lo haría...

—Está confundido, eso es todo. Convoca a la Guardia Real; les daré los detalles para que puedan ir a buscarle.

De pronto, una chica joven, de aspecto adolescente, entró en la estancia. Con una mirada decidida, se arrodilló ante el hombre de cuerpo fuerte, Víctor, y su subordinado de pelo canoso, Séfenir.

—¡No tienes ningún derecho a irrumpir en el castillo sin permiso!

Víctor fue hasta Séfenir y le puso una mano en el hombro, a la vez que le dedicaba una sonrisa afable.

—Levántate. Dime, ¿qué quieres? —Víctor estaba totalmente dispuesto a escuchar cualquier sugerencia. Y conocía bien a esa chica.

—Señor, no debéis consentirla de esa manera...

—Soy una nivel cuatro y su amiga de la infancia; si me dais los medios puedo ir tras él y convencerlo de que vuelva sin necesidad de violencia —la chica no mostraba el más mínimo ápice de duda en sus palabras.

—¿Sin necesidad de violencia? Pues no diste esa imagen la última vez —Séfenir ya tenía unos años y éstos le habían marcado; y no creía en absoluto que una chica tan joven pudiera conseguir nada.

—Esta vez es distinto. Habéis dicho que tiene amnesia, ¿no? Hay hechizos que devuelven los recuerdos ocultos, siempre que no hayan desaparecido por completo, y no creo que sea el caso. Puedo traerle de vuelta y que nos diga dónde lo ha escondido; estoy segura de que no se habrá separado de él.

Víctor continuaba allí de pie sin interrumpir la conversación. Pero Séfenir sí que volvió a responder:

—Precisamente eso es lo más preocupante. Esté donde esté, deberíamos haber detectado su poder, pero no hay ninguna señal. Y vengo de estar horas observándole; está claro que no lo lleva encima.

—Él es muy habilidoso; habrá encontrado alguna manera de ocultarlo. Si tan solo se me concediesen los medios, estoy segura de que…

Finalmente, Víctor levantó la mano para ordenar silencio.

—Séfenir, ¿es cierto que es de nivel cuatro? —el hombre frunció el ceño.

—Sí... Pero sigue siendo joven e inexperta, no sé si...

—Hay jóvenes y jóvenes, y lo de inexperta como tú dices estaría por ver —giró la cabeza para dirigirse a la chica—. ¿Estarías dispuesta a ir tú sola?



Sara se puso un chándal, cogió el móvil y los auriculares, y salió a correr sus seis kilómetros semanales, tres de ida y tres de vuelta. Ya casi había vuelto a casa cuando vio a alguien conocido cruzando la calle en sentido opuesto a ella, y tenía cogida a una chica de la mano. Su pelo castaño era inconfundible. Yenis y Julia habían salido a pasear aprovechando el cielo despejado que había. De pronto a Sara se le escapó el refresco de las manos, pero logró cogerlo a tiempo antes de que cayera al suelo, no sin hacer algunos malabares. Volvió su mirada hacia delante y continuó hasta su casa.

Yenis y Julia habían decidido pasar todo el día en un gran centro comercial que había cerca de la estación de autobuses. Al llegar comerían algo, luego mirarían las tiendas que hubiera y a media tarde irían al cine.



—¿Está seguro de que le irá bien estando sola?

Víctor observó en silencio como se cerraba un portal mágico que conectaba dos mundos, el suyo y la Tierra, un portal anaranjado y ovalado verticalmente.

—Muchos jóvenes tienen más potencial del que pensamos —respondió con una mirada decidida. El portal terminó de cerrarse.

Séfenir lanzó un suspiro.

—Todavía sigue pensando en cómo sería la vida con él, ¿no?

Víctor estuvo unos segundos en silencio.

—Habríamos pasado tiempo juntos, crecería sano y fuerte, iría a la academia como los demás, tendría amigos… Y algún día, cuando mi tiempo acabara, él me sucedería en el trono.

—Lo siento, no quería…

—Tranquilo… no importa.

Víctor volvió a su escritorio, pero, aunque se sentó, ya no tenía ganas de pensar en todo el papeleo que tenía delante.






Otro día en el que la pareja se dirigía hacia el instituto. No tardaron nada en encontrarse con Sara por el camino.

—Anda… Hola, Yenis; hola, Julia.

—Buenos días, Sara —saludó Yenis.

—Ah, hola Sara. —dijo Julia. Su presencia la intimidaba.

—S-Sí, claro… —dijo con una pequeña sonrisa—. El viernes no te pregunté por el examen… ¿Qué tal? ¿Crees que te ha salido bien…?

—Sí, no creo que tenga problemas para aprobar. A ti por el contrario te cuesta entender las clases, ¿no?

Ese comentario la puso algo nerviosa. Más de lo que ya estaba. Yenis frunció el ceño de pronto.

—Bu… bueno… Me manejo más o menos…

—Ya —le cogió la mano a Yenis—. Puedes ir adelantándote si quieres, nosotros vamos a nuestro ritmo.

—¿Eh? Ah, sí… Claro… Bueno… ¡pues nos vemos en un rato!

Sara salió disparada en dirección al centro.

—Buf, qué pesada la niña… ¿Y hoy teníamos matemáticas, Yenis?

—Sí, precisamente a primera hora —respondió Yenis, y le soltó la mano. Julia se extrañó.

—¿Cielo...? ¿Estás...?

—Estoy bien, pero tampoco hace falta que desprecies a nadie. No tienes que preocuparte por perderme, ¿de acuerdo?

Los dos continuaron caminando hasta el centro. Julia estaba algo molesta, pero no se preocupó por su control sobre Yenis.

Una vez llegaron al aula, sonó el timbre de primera hora y el profesor entró.

—Buenos días. Tengo una noticia para vosotros: tenemos nueva compañera, así que antes de nada vamos a darle la bienvenida —los alumnos pusieron cara de extrañeza al oír que alguien se iba a incorporar en medio del curso—. Los profesores han tenido que hacer una excepción, ya que, aunque el curso ya haya comenzado, ningún otro centro tenía plazas libres y los padres estaban en una situación complicada. Lara, puedes pasar.

Entonces entró en el aula una chica con ojos color turquesa, pelo de ese mismo color, corto, llegándole casi hasta los hombros, complexión delgada y una figura esbelta.

—Chicos, esta es Lara. Como ya os he dicho, sus padres se han tenido que mudar por asuntos de trabajo, así que espero que os llevéis bien con ella. Mira, puedes sentarte por allí.

—Gracias. Encantada de conoceros —dijo con una sonrisa y una voz angelical.

Se dirigió con su mochila al asiento que le acababan de señalar.

—Lara, ¿tienes ya el libro de matemáticas? Es la asignatura que tendrás conmigo.

—Sí, aquí está —respondió tras haberlo sacado de la mochila—. Tengo ya todos los libros.

—Perfecto. Pues mira, los demás han hecho el viernes pasado, así que esta semana voy a tratar de ponerte al día con los contenidos que hemos dado hasta ahora.

—Vale. Muchas gracias.

Entonces el profesor dio las notas del pasado examen que ya tenía. Yenis se sumó otro sobresaliente a la media, Julia un notable alto, y Sara respiró aliviada al ver un suficiente en el papel. Lara se estaba adaptando bien pese a haber llegado hace tres horas al centro; era el centro de atención por parte de todos sus compañeros y compañeras. Llegó el recreo y algunas chicas fueron a preguntarle en qué trabajaban sus padres, qué le gustaba hacer en su tiempo libre, si tenía novio…

Julia y Yenis se levantaron para salir del aula, pero Yenis fue antes hasta Lara para presentarse adecuadamente.

—Encantado, Lara. Yo soy Yenis —se disponía a darle un par de besos en las mejillas, pero Lara alargó su mano.

—Encantada, Yenis.

Y Yenis alargó la suya para corresponderla. Las compañeras se quedaron algo extrañadas, aunque no le dieron importancia. Lara seguía sin soltar la mano de Yenis, y Julia se percató de ello.

—Eh, eh, eh, tranquila, que ya le has saludado como para diez días —y le cogió la mano a Yenis.

—¿Perdón?

—Yo soy Julia, su novia. Encantada. Ahora si no te importa, queremos salir—y ambos se fueron.

—He ahí la mejor compañera de clase, sí señor. No te acerques mucho a ella —le aconsejó Débora.

Lara se había quedado mirando en dirección a la puerta.

—Nah, no pasa nada. Gracias, chicas.

Débora y algunas compañeras más se habían empeñado en enseñarle a Lara la cafetería y los demás lugares del centro.

—Seguro que te acaba encantando nuestra ciudad.

Luego de que finalizaran las clases, Lara, que caminaba algo más atrás, vio como Yenis y Julia entraban en su edificio. Continuó su camino.






Sara llegó a su casa y no pudo evitar dejarse caer en su cama con una expresión de alegría y alivio. Cogió el móvil y les mandó un mensaje a sus padres diciéndoles que había aprobado el examen, y a continuación, bajando por la lista de contactos, vio el teléfono de Yenis. Sí, ella también estaba en el grupo de clase, aunque era raro que escribiera algo. Entonces se quedó pensativa… ¿Y si le mandaba un mensaje a Yenis? Pero ¿para qué exactamente? Además, tenía novia, y podría haber malentendidos. Lo último que quería era causar problemas o buscarlos con Julia; no rebosaba precisamente de buen carácter. Finalmente optó por ir a la cocina a preparar algo de comer.

Pero enseguida tuvo una idea: en vez de mandarle un mensaje a Yenis podía mandárselo a Lara. Fue hasta su perfil en el grupo e inició un chat, pero entonces se le puso la mente en blanco. ¿Qué iba a decirle? Además, acababa de llegar… Igual se encontraba desembalando cajas de la mudanza junto a sus padres… No, el problema no era que no supiera qué decirle, sino que era Yenis con quien quería hablar. El contenido era lo de menos, la cuestión era saludarle o preguntarle algo; establecer contacto de alguna forma. También podía simplemente preguntarle cómo lleva la lectura del libro de clase, por ejemplo. ¿Qué problema habría con eso? Y así lo hizo. Esperó durante cinco largos minutos, pero no hubo respuesta. Recordó que era la hora de comer, igual era por eso por lo que no contestaba. Era mejor intentarlo más tarde.

Una hora después finalmente sonó su móvil, que la desconectó de su inmersión en el mundo feliz que seguía leyendo.

➢ Bien; ya he pasado de la mitad. Seguramente lo termine esta semana.



Sara leyó eso y pensó que al parecer no era la única a la que le estaba resultando una lectura agradable; cuando el profesor lo anunció, no todos los alumnos se alegraron precisamente.



A pocas manzanas de allí, Yenis y Julia seguían leyéndolo, ambos en el sofá, cada uno con su ejemplar, aunque ella iba un poco más atrasada. Yenis acababa de responder al mensaje de Sara hace un segundo. Dejó el móvil boca arriba en la mesa y prosiguió con la lectura.

—¿Quién era?

—Sara, que me preguntaba cómo iba con el libro.

—¿Sara? Pues a mí no me ha sonado el móvil…

—No, no; es que me escribió por privado.

—¿Por privado? ¿Perdón? Pásamelo.

Yenis dudó un par de segundos, pero se lo entregó.

—Vaya. Pues sí que se aburre la niña. Para una vez en su vida que pregunta algo de clase y no usa el grupo.

—Se habrá despistado. Supongo que se olvidó de que estaba en él.

—Sí. Espero que sea eso.

Al día siguiente, de camino al instituto, Julia y Yenis se encontraron con Lara por el camino.

—Vaya, buenos días. Vivís en ese edificio, ¿no? —dijo mientras señalaba el correspondiente bloque.

—Hola, Lara. Sí, ahí mismo. Estoy con Julia desde…

—Desde hace mucho tiempo. ¿Y tú qué? ¿Te adaptas bien? —la interrogó Julia, aunque por el tono daba a entender que no le importaba demasiado; solo quería desviar la conversación.

—Sí, lo cierto es que sí —respondió con seguridad, como si no hubiera interpretado el tono de Julia. Entonces dirigió su mirada a Yenis—. He oído que eres el primero de la clase; a lo mejor podías ponerme al día en algunas asignaturas… —dicho lo cual, Julia cogió a Yenis de la mano.

—Uy, lo siento, pero estos días tenemos muchas cosas que hacer, por clase y por casa —tiró de Yenis para acercarlo a ella y acto seguido le soltó para coger un botellín de agua que llevaba en la mochila—. Tendrás que buscar a otro —lo abrió para beber un poco, pero enseguida tuvo que parar, ya que se atragantó y comenzó a toser.

—Julia, ¿estás bien? —dijo Yenis, mientras Julia tosía durante un par de segundos más.

—Vaya, ¿te has atragantado? Hay que beber con más cuidado… —dijo Lara.

—Piérdete —exclamó Julia, tras lo que ella y Yenis se fueron adelantando para llegar al centro.

Las clases pasaron sin mayor novedad, salvo porque Sara había llevado el libro de filosofía a clase para preguntarle a Yenis qué le parecía, si podía entenderlo sin dificultad.

—Sin problema; no es una lectura difícil.

—Ah… ah, ¿sí? Pues yo también lo llevo bien, y… Oye, ¿te apetece que hoy vayamos juntos a leerlo a la biblioteca? Así, si surge alguna duda…

—¿Que lo leamos juntos? Bueno, no es que me falte tiempo, pero no sé si a Julia le gustaría mucho la idea…

—Ah…. Bueno, claro, es verdad… Qué idea más tonta, lo siento —tras lo que se despidió para marcharse a su casa, con la cara enrojecida.

Julia acabó de recoger sus cosas y fue hasta Yenis.

—¿Qué quería ahora? Hay que ver las pasiones que despierta la lectura… Esa niña nunca había mantenido una conversación de más de cinco segundos.

—Me proponía que fuéramos juntos a la biblioteca por la tarde a seguir leyendo el libro de clase; pero ya le dije que no era buena idea.

—Obviamente. Hay que tener ganas de aburrirse. Quedar tres personas para leer un libro…

—No, decía que fuéramos ella y yo solos, por eso le he dicho que…

—¿Vosotros dos solos? ¿Ella y tú? ¿Pero qué se ha creído la niña esa? No, si aún voy a tener que preocuparme de que no se te acerque la hobbit con gafas. Vámonos.

De camino a casa Julia apuró el paso para intentar alcanzar a Sara, cosa que consiguió estando ya junto a su edificio. Instó a Yenis a que fuera subiendo, afirmando que ella iría enseguida.

—¿Tú qué te traes con Yenis? ¿No sabes que es mi novio?

—S-Sí… Perdona… Yo solo quería…

—Si te aburres búscate a otro amigo, si es que lo tienes, pero a nosotros ni te acerques —una lágrima comenzó a descender por la mejilla de Sara.

—Perdón… Lo siento…

Julia dio media vuelta y se marchó a su casa, mientras Sara permanecía inmóvil. Se secó las lágrimas y continuó su camino. Pero ¿qué era lo que le pasaba con Yenis? Nunca antes había sentido nada igual; era como si hubiera encontrado a alguien por quien quisiera preocuparse y dejar atrás sus miedos.

Llegó a casa y se echó en la cama, pero fue incapaz de dormir. Por su mente no dejaban de sucederse imágenes como la de ella y Yenis paseando por el parque tomando un helado… Venga ya.

Sara en cambio… Recordaba como de pequeña se burlaban de su estatura, y como, desde siempre, había tenido un exceso importante de timidez para hacer amistades. Sentía algo de frío; se levantó y cogió en un cajón una sudadera color naranja. Se volvió a echar en la cama. Yenis era el mejor alumno de la clase, y tenía una novia a la par con él...

«Espera... ¿Cómo que “a la par con él”?»

Le ardía la cabeza; sabía que esto estaba mal, sabía que no era su sitio, pero lo que más deseaba en ese momento era hablar con Yenis. Y finalmente lo hizo.

➢ Yenis, soy Sara… ¿Estás ocupado…? Yo ando por casa… O sea, que no estoy haciendo nada en especial. ¿Y tú? ¿Sigues con el libro? ¿Has comido ya? Yo aún no, me ha entrado un dolor de cabeza… Bueno, no te molesto, que estarás ocupado. Si puedes, por favor, no le digas nada a Julia de que te he escrito, a ver si se va a enfadar…



Estaba de los nervios; ahora pensaba que era mejor no haberlo enviado. ¿Qué iba a ganar con eso? Tan solo esperaba que Yenis no le dijera nada a Julia sobre ese mensaje…

Al día siguiente, Julia solo estaría presente en las tres primeras horas. Después debía ir al médico; una revisión sin importancia. Al llegar el recreo Julia se fue, lo que ocasionó que algunas compañeras mencionaran algo de que los planetas se habían alineado; mientras otros salían rápido para coger el bocadillo en la cafetería. Luego estaba Sara, quien sacó el almuerzo que llevaba siempre preparado de casa. Salieron todos del aula, Yenis fue al patio a sentarse en un banco y Sara, armada de valor, lo siguió con más nervios que sigilo.

—Hola, Yenis… ¿te… importa si me siento…?

—Ah, Sara. Qué va, si está todo el banco libre.

—Gracias…

Sara empezó a comer su almuerzo rezando para que Yenis no le preguntara porqué su cara parecía un rubí.

—Perdona que ayer no te respondiese, pero Julia no se despegaba de mí y me fue imposible. ¿Te encuentras bien? Estás toda colorada.

Entonces Sara empezó a toser y a darse unos golpes en la zona del pecho, que no era muy abundante.

—¡S-Sí! ¡Claro que estoy bien! ¿Cómo no voy a estarlo? Es que me he quemado con la comida.

—Si está todo frío… —a Sara le volvió el color tomate a la cara.

—Cla-cla-claro que está frío. ¡Quería decir que me he atragantado y ya está! —balbuceó, mientras hacía esfuerzos titánicos para poner una sonrisa de normalidad, a la vez que movía los brazos en todas las direcciones, pero lo único que consiguió fue que Yenis soltara una risilla. Era la primera vez que veía a Yenis reír; y a lo mejor ella era la primera persona que lo veía así—. ¿Te… tengo algo raro en la cara…?

—Ah, no, no, perdona, no ha sido a propósito. Es que pusiste una cara muy graciosa —Yenis la animó, dándole una palmadita en la cabeza.

Sara continuó comiendo y, percatándose de que le quedaba poco, se le ocurrió algo. ¿Por qué no?

—¿Te apetece algo…? No veo que comas nada… —le acercó el almuerzo a Yenis para que lo viera bien.

—Tranquila, hoy no tengo mucha hambre… Pero sí, déjame probar—entonces Sara cogió con un tenedor de plástico un trozo de tortilla y se lo metió a Yenis en la boca, justo después de olvidar por un instante donde y con quien estaba.

—¡Perdón, perdón! No sé dónde tengo la cabeza…

—¿Hm? No pasa nada, tranquila —Yenis no le dio importancia alguna—. Oye… pues está muy bueno. ¿La has hecho tú sola?

—Sí… Me defiendo bastante bien en la cocina… Así que ya aprovecho y me hago yo misma los almuerzos…

—Vaya, Julia y yo por el contrario no somos ningunos expertos; solo sabemos lo básico.

Acabaron entre los dos lo poco que quedaba. Aún quedaba algo de tiempo hasta que sonase el timbre, pero Sara seguía tan nerviosa que no se le ocurrían más temas de conversación. Aunque en un principio no quería, acabó sacando su móvil. Y de él colgaba una diminuta tabla de surf de color rosa con un hibisco rojo pintado en el centro. Yenis se sorprendió; conocía perfectamente esa tabla.

—Sara, ¿ves anime? —Sara se puso el doble de colorada que antes. No, de hecho, esta debía ser la vez que más colorada se había puesto. La pregunta de Yenis la había pillado totalmente desprevenida.

—¿P-P-P-P-Por qué dices eso? ¿Cómo voy a ver yo…? Anda ya…

—Bueno, esa es la tabla de surf que por su cumpleaños le regaló… —ahora Sara estaba sorprendida: ¡Yenis realmente conocía esa serie! Nunca había visto en la vida real a gente con sus mismos gustos, y mucho menos este en particular. Y resulta que este chico comparte su mayor afición…

—¡Vale, vale! Puede que haya visto alguna serie… —le seguía dando algo de vergüenza mostrar esa faceta suya.

—A mí también me gusta; es agradable encontrar a alguien que comparta tus aficiones —respondió Yenis con una amplia sonrisa.

Sonó el timbre y tuvieron que volver a clase, pero ella estaba más feliz que nunca por haber podido hablar con Yenis durante todo el recreo. Era la primera vez que hablaba tanto tiempo con un chico, y ambos compartían su afición favorita…

Llegó la sexta y última hora de clase, y Julia acabó volviendo a tiempo para asistir. Pero cuando concluyó, Sara ya no quería seguir escondiéndose, no podía; por lo menos quería despedirse personalmente de Yenis. Fue hasta él y le dio una palmada en el hombro, pero antes de que bajara el brazo, Julia la sorprendió por detrás, cogiéndoselo y manteniéndolo en alto.

—¿Te pasa algo con Yenis? Últimamente pareces una lapa, todo el día pegada a él. Te lo diré otra vez: si te sientes sola, búscate un amigo, pero déjanos a mi novio y a mí en paz. Estamos muy bien sin ti. Vamos, Yenis —Yenis fue hasta ella y salieron del aula. Ya se habían ido todos, así que en el pasillo reinaba el silencio.

—A lo mejor él no está bien contigo.

Julia se detuvo en seco y Yenis, por consiguiente, también. Ella se dio la vuelta.

—¿Perdona?

—A lo mejor Yenis no está bien contigo. A lo mejor no le tratas de la mejor manera, no sé —Sara no sabía de dónde sacaba el valor; pero en ese instante tan solo le importaba lo único que sabía con certeza: que sentía algo por ese chico.

A Julia comenzó a hervirle la sangre. Sara cerró los ojos y se puso las manos en la cabeza, pero eso no evitó que Julia le cogiera del pelo.

—Escúchame bien, niña: me tienes harta. ¿Quién te crees que eres? ¿No tienes amigos y crees que Yenis lo va a ser? Deja de soñar. Como te vuelvas a acercar a mi chico, será lo último que hagas en tu patética existencia —dicho lo cual la soltó, pero Yenis no se quedó callado y fue hacia ella para ayudarle a incorporarse— ¿Qué haces? —no se molestó en responder.

—¿Estás bien? —le arregló mínimamente el pelo.

Sara no dijo nada. Aseguró su mochila al hombro y se fue inmediatamente.

—¿Has acabado de hacer de héroe? Vamos a casa —Julia no quiso quejarse más porque sabía que no le convenía; lo mejor era dejar esto en un simple incidente para que Yenis no quisiera dejarla.

Sara se dirigió a casa; ahora solo pensaba en hacer cualquier cosa con la que olvidarse de todo lo que había pasado. Comió algo, pasó el aspirador, leyó algo más del libro, puso una lavadora… y terminó rememorando el capítulo 28 de la serie a partir de la cual había elegido su colgante para el móvil:

—Dime qué es este sentimiento tan agradable, pero a la vez tan doloroso, tan angustiante… Dime… Qué es, qué es esto que siento en ti…

—Perdóname. No era mi intención disgustarte. Es que he sentido que me han roto el corazón.

—¡¿Te han roto el corazón?! ¡¿Esto es lo que se siente cuando te rompen el corazón?!

—Sí. Pero entiéndelo, por favor. Por muy doloroso que sea el amor, es algo que no puedes evitar sentir. Quieres amar por encima de todo. Es lo que significa estar enamorada.

Llegó la noche. Otra con cielo despejado, que hubiera continuado igual de tranquila si no fuera porque a Sara le dio un sobresalto al escuchar su móvil. No estaba acostumbrada a oírlo con el ambiente tan silencioso, casi le da un infarto. Miró quién podía ser y no pudo creer lo que estaba viendo:

➢ Sara, soy yo, Yenis. ¿Estás bien? Lo cierto es que Julia al mediodía se pasó un poco… Ahora no está en casa, ha querido ir sola a comprar, dar un paseo y tomar algo. ¿Quieres venir para tomar un refresco y charlar? Quiero pedirte disculpas; no es así siempre con la gente… Pero si no puedes no hace falta que vengas, claro. Un abrazo :)






Sara volvía a sentirse incómoda, pero solo sería un momento para recibir las disculpas de Yenis, así que decidió ir.

Vio que la puerta estaba abierta, así que entró con cautela. No se sentía nada cómoda, aunque no estuviera Julia. Entonces, Yenis fue hacia ella.

—¿Sara? ¿Qué haces aquí?

—¿Cómo que qué hago aquí? Leí tu mensaje y quise venir a escuchar lo que tuvieras que decirme... —de pronto, Julia apareció y fue a cerrar la puerta principal.

—J… ¡Julia! Pero… Yenis dijo que no…

—Ese mensaje lo escribí yo, no él. De verdad; primero Ana y ahora tú; no me podré quedar tranquila...

—¿Le has mandado un mensaje a Sara haciéndote pasar por mí? —preguntó Yenis.

—¿A… Ana? ¿La que desapareció? Julia… ¡¿tú le hiciste algo?! —quiso saber Sara, que se estaba empezando a asustar.

—La quité de en medio, igual que ahora hará Yenis contigo —el chico se sorprendió y no pudo quedarse callado.

—Julia, deberías respirar antes de hablar... —pero Julia prefirió ignorar ese comentario.

—¡Espera! Yo… ¡Yenis! O sea… Yo… ¡Julia, por favor! No sé qué pasa aquí, ¡pero te prometo que no le diré nada a nadie! Yo… Me iré a casa ahora y no hablaré con nadie…

—Oh sí, te aseguro que no volverás a hablar con nadie. Yenis.

—¿Estás loca? No puedes pretender que mate a la gente cuya presencia te molesta... Ana debería seguir aquí, con nosotros...

De pronto, Yenis empezó a sufrir un fuerte dolor. Cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza.

—¿Me llevas la contraria? —preguntó autoritariamente Julia.

—¡Yenis! ¿Estás bien? ¿Te sucede algo? —Sara se olvidó de su situación por un momento.

Julia ya estaba harta.

—¡Yenis! ¡Deja de hacerte el doliente y haz que se evapore!

Pero Yenis no escuchaba a ninguna de las dos. Todo le daba vueltas y empezó a escuchar voces dentro de su cabeza:

Ya verás como lo consigues

Yenis, estamos muy orgullosos de ti

¡Enséñame a usar tu elemento!

No pienso dejar que te vayas

Has llegado al nivel cuatro

Así no vas a poder vencerme, chico

Ese hombre no es de fiar…

¡Estás equivocada!

Las voces seguían sin cesar, pero ahora también empezó a arderle el cuerpo, literalmente. Comenzó por un suave humo que acabó degenerando en un aura de fuego rodeando su cuerpo. Pero Yenis no sentía dolor por el fuego, sino por su cabeza.

—Qué son… estos… ¿son mis recuerdos…? —tocó su colgante—. Este colgante… Qué es… Si me oís, decídmelo… —dijo, en un vano intento de que sus voces le respondieran.

—¡Yenis! —Sara estaba inquieta, pero no sabía qué podía hacer para ayudar.

Hasta que apareció Julia, que le tiró encima el cubo de agua que había ido a buscar a la cocina en medio de todo el revuelo. El fuego se apagó y el dolor de Yenis pareció remitir poco a poco. Julia le abrazó, y fue entonces cuando él y Sara se dieron cuenta de cómo estaba la cara de su compañera: mojada por las primeras lágrimas que ellos le habían visto.

—No tienes que recordar nada si eso te hace sufrir, ¿vale…? Yo… No puedo hacer nada por Ana, pero por favor, no quiero que me dejes… No puedo volver a estar sola…

—Julia… —Sara no daba crédito a lo que estaba escuchando.

Julia soltó a Yenis, y le costó mirar a Sara a la cara.

—Sara, yo… —Julia hizo su mejor esfuerzo. Quería disculparse con ella si le daba la oportunidad.

Pero entonces el dolor de Yenis volvió, solo que esta vez ningún aura de fuego envolvió su cuerpo. Aun así, algo no iba bien, no era solo el dolor de cabeza de antes. Yenis calló de rodillas.

«¡¿Por qué me pasa esto?! Este dolor de cabeza es insufrible… Y ni siquiera logro recordar nada en limpio…»

Sara no quería acobardarse más, así que se agachó para ponerse frente a él y acariciarle la mejilla.

Pero todo fue demasiado rápido: al sentir su tacto, el brazo de Yenis pareció moverse instintivamente hacia ella y de su mano salió una bola de fuego, similar a la que había matado a Ana. Le atravesó el estómago y su cuerpo comenzó a desaparecer.

—Yenis… Yo…

Pero sus siguientes palabras no fueron oídas, pues en apenas dos segundos el cuerpo de Sara se convirtió en cenizas.

Yenis se quedó inmóvil; no podía entender lo que acababa de suceder. Pero de pronto recordó a Julia, ¿dónde estaba?

Se levantó y, al darse la vuelta, obtuvo su respuesta: se encontraba de pie a unos pocos metros de distancia y con la mirada perdida.

—¿Julia…? ¿E-Estás…?

—Yenis… Lo siento… Pero me das miedo… —el chico se asustó; la situación se le había ido de las manos por completo— Yo… Lo siento; creí que podría utilizarte de criado y de juguete, pero esto… No sé lo que te ha pasado, pero es mejor que busques ayuda. Sé que todo esto ha sido por mi culpa, pero ¿y si te vuelves a descontrolar? No creo que pueda seguir soportando esto…

De pronto, alguien se materializó ante ellos, con sus ojos color turquesa.

—N… ¡¿Lara?! ¿Qué haces aquí? Es que… ¡¿eres como Yenis?! —pero Lara le ignoró por completo y se dirigió a su compañero.

—¿Dónde está, Yenis?

—¿De qué me hablas? ¿Y qué eres tú? Acaso… ¿tú también puedes controlar el fuego…? —ese comentario pareció haber despertado su interés.

—De acuerdo... Ya veo que sigues con muchas lagunas —dijo Lara con total tranquilidad— Pero ahora nos vamos.

Los tres pasaron a estar en un descampado enorme, muy lejos de la ciudad. Pero ni Julia ni Yenis se sentían perdidos; sabían perfectamente dónde estaban; era el sitio en el que se habían conocido.

—Lara… ¿quién eres en realidad? Si eres como Yenis, por favor, ayúdale. No sabes lo que nos ha pasado… Pero ha sido culpa mía…

—No sé de qué hablas, pero qué pesada eres. Más te vale no armar jaleo —dijo Lara, y de nuevo dirigió su mirada a Yenis—. Ahora dime, ¿dónde está?

—En serio, no sé de qué me hablas... Pero si me conoces, por favor, necesito ayuda…

Lara permanecía tranquila, al contrario que ellos dos y el cielo: había nubes y se escuchó el sonido de un trueno.

—No me va a quedar otra que devolverte la memoria ahora… —Yenis y Julia se sorprendieron al oír eso.

—¡¿Su memoria?! ¡¿Entonces tú sabes algo de él?!

Lara la miró fijamente. Estiró su brazo izquierdo y abrió su mano como si agarrara una pelota. De pronto alrededor de Julia se formó una esfera de agua que la envolvió por completo, elevándose un metro del suelo. La esfera solo tenía una capa externa para encerrarla, sin líquido por dentro, pero por más que Julia gritaba y la golpeaba, no podía salir. Lara seguía manteniendo el brazo izquierdo en alto apuntando a la esfera; parecía ser necesario para mantenerla. Por lo que rápidamente Yenis apareció junto a ella y se lo cogió con fuerza.

—Suéltala —le ordenó.

—Tsk. ¿Es que no te das cuenta de que es un estorbo? De verdad… ¿cómo la aguantas? ¿Tú la has visto bien?

—¡Me da igual lo que pienses o quién seas! Suelta a Julia ahora mismo...

Yenis le soltó el brazo y Lara lanzó la esfera contra el tronco de un árbol, deshaciéndose y quedando Julia inconsciente en el suelo.

—Al fin podremos hablar en paz. Yenis, ¿de verdad no recuerdas dónde lo escondiste? Todo sería más fácil si me lo dijeras. Cuando llegué a tu instituto ya vi que no lo tenías…

Yenis no sabía de qué estaba hablando, pero recordó el día que Lara llegó y le saludó. Prefirió darle la mano y se la cogió por más tiempo del habitual… ¿Un anillo?

—¿Buscas un anillo? —Lara sonrió.

—¡Bingo! Sabía que te acordarías. Venga, dámelo y volvamos a casa. Puedo abrir el portal para volver.

—De verdad, no sé de qué me hablas. Ni sé quién eres, así que déjate de anillos y dime si puedes ayudarme…

—Ayudarte… Creo que lo mejor que puedo hacer por ti ahora mismo es esto…

Creó un torbellino de agua que envolvió a Yenis por completo. Trató de teletransportarse fuera, pero no pudo. Enseguida entendió que la técnica de esta chica debía de ser capaz de anular una vía de escape tan sencilla. Pero, para su sorpresa, consiguió envolverse en llamas para que la prisión de agua acabase explotando. «Al contrario que los humanos corrientes, los usuarios de fuego podemos controlar tanto el nivel de oxígeno como la temperatura de nuestro cuerpo, y transformar nuestros nutrientes en el combustible apropiado para reunir los tres elementos que necesita el fuego para poder materializarse. Espera… ¿qué estoy diciendo? ¿Cómo sé yo todo esto?»

Yenis volvió al suelo, pero Lara no se sorprendió.

—Parece que no has olvidado tu elemento principal.

—¿Quién eres? —preguntó Yenis.

—¡Soy Lara! ¿En serio no te acuerdas de mí? Lo siento… Supongo que me excedí en aquel combate… Pero veo que sigues a salvo; bastará con que devuelvas el anillo. Y una vez de vuelta, te devolveremos tus recuerdos.

—No te conozco en absoluto y sigo sin saber de qué me hablas, pero si de verdad conoces alguna forma de que recupere la memoria, te agradecería que me ayudaras.

Lara no dejaba de mirar a Yenis con una expresión de lástima. Se le acababa de pasar por la cabeza que podía ser bueno luchar contra él un rato para ver hasta qué punto recuerda sus habilidades, pero no se arriesgaría de nuevo a hacerle tanto daño. Dio un suspiro y comenzó a caminar hacia él.

—De acuerdo.

Puso la mano derecha sobre su cabeza, empezando a brillar en tonalidades azules y verdes. Yenis cayó de rodillas y empezó a perder de vista todo lo que le rodeaba. Lo que iba a ver a continuación, aunque en el mundo real serían solo unos segundos, para él estaban a punto de ser varios minutos… Todo se convirtió en humo, hasta que empezó a originarse lo que parecía ser un aula de escuela con niños de diez años…






Lo primero en aparecer fue una zona rural en la que una niña de unos diez años con pelo y ojos turquesa, con unas pequeñas alas que salían de su espalda, intentaba alzar el vuelo, cayendo siempre a los pocos segundos.

—¡Vamos…! ¡Vam…! —pero no pudo terminar la frase, ya que cayó al suelo tras haberse elevado aproximadamente un metro—. ¡Jooo! ¡Esta vez lo conseguiré! —rechistó.

Corrió de nuevo con más fuerza, agitando sus pequeñas alas, y saltó, pero de nuevo se precipitó inmediatamente. Cerró los puños y comenzó a dar golpes en el suelo y a gritar, aunque nadie se encontraba lo suficientemente cerca como para oírla. O eso parecía.



—¡Pienso aprender a volar durante estos días! ¡Y cuando vuelve a clase todos se sorprenderán!



Entonces, otro niño llegó volando y aterrizó frente a ella para acariciarle la cabeza. Ella levantó la cabeza y reconoció enseguida a su compañero de clase.



—Ya verás como sí, Lara. La cuestión es practicar —dicho lo cual, le ofreció una mano para levantarse, y ella la aceptó.



—¡Ya lo sé! ¡Y pienso conseguirlo! ¡Y algún día volaré tan alto como tú, Yenis!



***

A continuación, apareció un aula de un colegio hecho de madera, niños y niñas que debían tener diez u once años, y con un profesor dando una bienvenida a todos al nuevo curso.

—Bienvenidos al cuarto curso de vuestra educación primaria. Como sabéis, en estos tres años que os quedan deberéis llegar al nivel dos para superar esta enseñanza de seis años. Recordáis la jerarquía de niveles, ¿verdad? Dependiendo de la habilidad con vuestro elemento, tendréis asignado uno de los cinco niveles de poder existentes. Cuanto más hábiles y fuertes seáis, se os categorizará en un nivel mayor. Recordado esto, espero que trabajéis mucho y os llevéis todos muy bien —el profesor hizo una leve pausa—. Mañana empezaremos a dar materia, pero hoy podéis iros ya.

A todos les faltó tiempo para recoger sus cosas, pero Yenis lo tomaba con calma; estaba preocupado por algo.

—Anímate, Yenis... —Lara tenía una cara y una sonrisa angelicales propias de la inocencia de una niña pequeña.

—Gracias Lara, pero soy un desastre usando la magia… —acto seguido creó en su mano derecha una llama del tamaño de una pelota de golf; no podía hacerla más grande, y se apagó en unos segundos.

—Ya verás como no tienes problemas. Siempre has volado mejor que yo —dijo ella.

—Pero es que no soy normal. Lo habitual es tener tu conjunto de habilidades; de vuelo, teletransporte, magia… más o menos nivelado, pero, aunque vuele y sea rápido, con mi elemento soy un desastre, y hago todo lo que puedo. Es que no lo entiendo…

—Tranquilo; ¡ya verás cómo este año mejoras! —dijo mientras levantaba un puño.

—Tú usas el agua; no puedo ganarte…

—Pero a lo mejor consigues más nivel que yo y creas bolas de fuego gigantes que evaporan mi agua o algo así ¡Ya verás!

***

Los recuerdos avanzaron unos meses, a una noche en la que Yenis se encontraba solo en el campo. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y tenía dos velas delante; ambas apagadas. De pronto una se encendió. La expresión de Yenis se tornó en molesta.

—¡No, no! No hay manera…

Sopló para apagarla y siguió concentrándose. Volvió a encenderse tan solo una.

***

De nuevo, otro recuerdo se recreó. Mismo sitio, pero era de noche, y Yenis llevaba otra ropa. Se mantenía sentado con los ojos cerrados y alguna gota de sudor cayéndole por la frente. De pronto ambas velas se encendieron a la vez. El niño no pudo disimular su alegría mientras volvía a casa, donde le esperaban sus padres.

***

Ahora, en el patio del colegio, todos los alumnos de la clase de Yenis hicieron un grupo, y se dirigían uno a uno al profesor a medida que éste los llamaba para exponer una habilidad utilizando su elemento. Todos habían crecido desde el último recuerdo. Lara estaba ahora utilizando ambas manos para hacer una esfera de agua del tamaño de una pelota de baloncesto. Después le llegó el turno a Yenis, y acercó ambas manos entre sí para crear una bola de fuego de un tamaño similar a la esfera de Lara, aunque no sin esfuerzo. El profesor volvió a sonreír mientras sus ojos expresaban una grata sorpresa.

—Sabía que lo conseguirías —Lara le dio una palmada en el hombro mientras sonreía.

La graduación de Yenis fue aún mejor al volver a su casa: sus padres lo esperaban con un banquete digno de un rey, teniendo en cuenta que vivían de lo que les daba el campo y de lo que vendían en la ciudad. Hasta le dieron un regalo.

—Yenis, estamos muy orgullosos de ti —dijo su padre.

—Podías haber invitado a Lara; seguro que ella también está muy contenta —comentó su madre, que también se encontraba ahí.

—Ya… Pero supuse que ella también querría celebrarlo en su propia casa.

—En todo caso, cuando acabe el verano, ¡a seguir estudiando como un campeón! —exclamó el padre.

—Ay, cariño, deja que Yenis descanse, que acaba de terminar el curso y ya quieres que empiece el siguiente —tras ese comentario de la madre, todos se rieron—. Vamos, abre tu regalo.

—¡Muchas gracias! —Yenis estaba más ilusionado que nunca; no se esperaba tanta celebración.

El muchacho abrió el paquete y sacó un medallón pequeño, de forma ovalada y dorado, con una gema azul ubicada en el centro.

—¡Anda! ¿Es un colgante mágico?

—Efectivamente; aquí podrás esconder un objeto; y además el colgante ocultará su presencia por completo.

—Guau… Gracias, mamá; gracias, papá.

—Lo teníamos guardado; lleva años en nuestra familia… Pero quiero que lo tengas tú; puede serte útil algún día.

***

La escena que se creó a continuación era la de un edificio hecho de piedra, mucho más grande que el colegio, lleno de gente de aspecto adolescente. Lara y Yenis estaban juntos en la entrada; parecían tener ya entre doce y trece años.

—Finalmente estamos aquí —Lara se había dejado el pelo más largo desde que acabó el colegio y le llegaba casi hasta los hombros.

—Sí… Ha costado, pero al final todo ha salido bien…

—¿Bien? Has llegado aquí con sobresalientes; ya eres mejor que yo —dijo con una sonrisa de resignación, aunque también de felicidad.

—Eres muy amable, Lara. Pero me ha costado controlar decentemente el fuego. Tú eres más hábil que yo…

—Y tú vuelas más rápido que yo. Anímate —Lara de pronto se fijó en el cuello de Yenis—. Vaya, ¿y ese colgante?

—Me lo regalaron mis padres por la graduación.

***

Ahora vislumbraba el mismo día que antes, solo que unos minutos u horas más tarde. Lara y Yenis estaban junto con toda una clase en un aula mirando al nuevo profesor que tenían delante.

—Os doy la bienvenida a todos. Soy Caleb y seré vuestro tutor y uno de vuestros profesores. Ahora os explicaré cómo va el tema de las asignaturas: en el colegio habéis cursado seis años. Básicamente, los tres primeros tenían como objetivo conseguir que alcanzarais el nivel uno, y los tres siguientes el nivel dos, así que si estáis todos aquí es que como mínimo alcanzasteis ese nivel. Los que no pudieron despertar siquiera el nivel uno, en su día fueron calificados como nivel cero, separándoles de vosotros. Ahora la cosa cambia un poco: aquí vais a estar cuatro años, que es el tiempo que tenéis para alcanzar el nivel tres.

Lara y Yenis sabían perfectamente a qué se refería el profesor con los nivel cero: al cumplir los siete años, todos los niños y niñas empezaban a ir a la escuela para despertar y desarrollar sus habilidades pero, aunque todos podían volar y teletransportarse, en ocasiones nacían niños que no desarrollaban afinidad con la magia o sus elementos. Eso se demostraba en el segundo curso, donde era obligatorio mostrar cuál era el tuyo. Los que no superaban el segundo año eran calificados como nivel cero y no podían continuar sus estudios. Algo parecido pasaba en todos los cursos sucesivos, tanto de la enseñanza primaria como secundaria. Era menos común, pero para superar cada año necesitas llegar a cierto nivel con tus habilidades y elementos; si no cumplías, podías repetir el curso, pero si en la segunda vuelta seguías sin alcanzar el objetivo, debías abandonar la enseñanza. Te expedirían un certificado con tus calificaciones y nivel para poder incorporarte al mundo laboral llegada la mayoría de edad de dieciséis años.



De nuevo, era algo más tarde en el mismo día. Yenis, Lara y unos cuantos alumnos más, los mismos compañeros de clase de antes, estaban la plaza de una gran estadio, redondo y espacioso.

—Adelante, Yenis.

Yenis salió de entre el grupo y caminó hacia la persona que le había llamado; mostrándose algo nervioso. Abrió sus piernas, juntó ambas manos, y en unos segundos, frente a él se originó una columna de fuego del doble de su altura y poco más ancha que él. A los tres segundos se esfumó tan rápido como había aparecido. Yenis cayó de rodillas al suelo, tenía la respiración acelerada y estaba sudando. Lara fue hasta él y le ayudó a levantarse, mientras le decía al profesor que iría con su compañero a la enfermería. En cuanto se fueron, otro alumno de clase, algo más alto que ellos y con una larga y negra cabellera, les observaba con una mano en la cintura.

—Qué inútil.

***

En el recreo, Lara pasaba el rato con compañeras de clase, mientras que Yenis rondaba por los pasillos o visitaba la biblioteca. De pronto, se encontró con alguien de su clase, de larga y oscura cabellera y más alto que él.

—Ey, tú eres Lander, ¿no? Yo soy Yenis, voy en tu misma clase —le tendió la mano, pero no le devolvió el saludo.

—Ya sé quién eres, el que casi se desmaya el primer día de clase.

—Ah, aquello… Es que aún no domino muy bien mi elemento, me cuesta manejarlo de forma estable…

—Todos los demás hicimos lo propio sin despeinarnos. Menuda la que te espera este curso como no espabiles.

La cara de Yenis pasó a expresar preocupación.

***

Con toda la clase reunida en un aula más grande, llena de pergaminos y objetos desconocidos, Caleb comenzó su lección. Yenis y Lara estaban sentados en primera fila, atendiendo a sus explicaciones, cuando acababa de mostrarles un pergamino estirado sobre el encerado con la imagen de un círculo que simbolizaba los ocho elementos ordenados frente a sus más afines:



circulo_elementos




Yenis y Lara miraban con atención el círculo. No dejaba de pasarles por la cabeza lo que podrían hacer si mejoraban su elemento, y las posibilidades que tendrían si despertasen otros…

—Como veis, aquí están representados los ocho elementos de la magia: fuego, agua, rayo, viento, tierra, metal, luz y oscuridad —dijo Caleb, nombrándolos en el sentido de las agujas del reloj—. El que tenéis frente al vuestro será vuestro elemento más afín, esto es, el segundo que podréis dominar con menos esfuerzo —Caleb desplazó su dedo desde el símbolo superior del fuego hasta el inferior del viento—. Y de nuevo yendo en línea recta —e hizo que su mano volviera a subir verticalmente hasta el fuego— los dos que tenéis pegados a ambos lados del principal son los que conoceríais en tercer lugar —el profesor señalaba el metal y el agua—, y los dos restantes a los lados del más afín serían los últimos —tierra y rayo—, si llegáis a ellos, claro. Lo más habitual es llegar a manejar tres elementos en nivel dos o tres, como ya sabréis. Antes de nada, por favor, levantad la mano los que hayáis empezado a utilizar, aunque solo sea un ápice, vuestro segundo elemento —todos levantaron la mano. Todos menos Yenis. El profesor le miró.

—Tú eres… ¿Yenis?

—Sí… —se le estaba empezando a poner la cara roja por la vergüenza.

—Bah, no te preocupes. Esta misma evaluación empezarás a dominar el viento, tranquilo.

«De verdad…»

Lander, sentado más atrás, se llevó una mano a la cabeza.

—Los demás estad tranquilos, porque de momento tan solo podéis proyectar pequeñas muestras de vuestros poderes, como es normal.

—Pero, aunque solo sea un torbellino que quepa en la palma de la mano, una gota de agua, la llama que crea una cerilla… Todos deberíamos dar una ligera señal de nuestro elemento más afín, ¿no…?

—Lander, no todos tenemos la misma habilidad —dijo el profesor.

—Profe, ¿y qué hay de los elementos luz y oscuridad? ¿Por qué no están en el círculo de la misma forma que los otros?

Lara formuló la pregunta más interesante que se podía hacer.

—Bueno, esos dos… son algo especiales. Veréis, es prácticamente imposible poder utilizarlos. Y digo poder porque por algo no están en los seis extremos del círculo: se originan por una mutación del ADN, concretamente una duplicación genómica.

—Pero la duplicación de una célula siempre acarrea consecuencias fatales, hasta que deriva en su muerte.

—Casi siempre. Pero hay una pequeña fracción de casos en los que la célula consigue mantener su viabilidad, dividiéndose y dando lugar a una nueva especie genética nunca antes vista; en este caso el elemento luz u oscuridad.

—Pero… ¿entonces cuál es el elemento más afín a estos dos? —preguntó Lara.

—Todos.

La clase se mantuvo en silencio. Caleb, como cualquier otro profesor, se alegró de que sus alumnos tuvieran curiosidad por su asignatura.

—Veréis, estos elementos, si alguno de vosotros llegara a tener la suerte de nacer con alguno de ellos, sería siempre vuestro elemento principal. Es decir, si alguien domina por ejemplo la luz, su segundo elemento podría ser cualquiera de los seis principales, siguiendo después la jerarquía que os he explicado antes. Y para muestra un botón: tenemos al que seguramente se convierta en rey: Víctor. Ese chico nació con la luz, y su segundo elemento ha resultado ser el rayo. Eso significa que su tercer elemento es el acero, y el cuarto ya sería el agua o el viento, y concretamente domina este último.

Todos los alumnos, menos Lander, no dejaban de tomar apuntes, manteniendo caras de asombro.

—Sobre la oscuridad, es exactamente la misma historia, y de momento solo hubo una persona que despertase ese elemento… —el profesor hizo una breve pausa, deseando que alguien terminara la frase.

—El rey Azrael… —dijo Lara.

—Exacto. No solo tuvo esa suerte, sino que poseía unas Habilidades Especiales fantásticas, fuera de lo común. Un prodigio de los que aparecen cada mil años…

—Pero ahora ha aparecido ese tal Víctor que domina la luz, ¿no? —dijo Lander desde atrás.

—Efectivamente, después de tantas décadas ha vuelto a aparecer alguien que domina uno de estos dos elementos tan escasos, también llamados elementos ancestrales. Lo cierto es que tiene bastantes papeletas para convertirse en el nuevo rey; domina nada menos que cuatro elementos como el antiguo rey Azrael.

—¿Y qué hay de las Habilidades Especiales? ¿Nos falta mucho?

—Lo más frecuente es despertarlas en el nivel tres. Claro que esto es pura estadística, así que tampoco hay nada seguro; cada cuerpo es diferente.

Las Habilidades Especiales. Poderes especiales, únicos de cada usuario en la mayoría de los casos. No todos despertaban alguna, y era también muy infrecuente llegar a conseguir más de dos.

***

—Así que ya sabéis, estudiad para el examen práctico que tendremos la semana que viene. Tendréis que poder unir vuestros dos elementos y hacer algo mínimamente decente para superarlo. No seré muy duro por ser la primera vez, pero ponedle ganas.

Yenis no dejaba de mover la pluma entre sus dedos mientras miraba sus apuntes, pensando en el examen, pero también en hablar con Lander…

—Yenis, ¿te apetece que vayamos a dar un paseo hoy por la tarde? —Lara no se preocupaba tanto como él.

—Lo siento, pero quiero entrenar. Me espera una semana dura…

—De acuerdo… Entonces me quedaré en casa. Si cambias de idea, ya sabes dónde estoy. Mi hermano me ha traído cosas muy chulas de la Tierra...

—Sí… gracias.

Lara tenía un hermano mayor que ya había finalizado sus estudios y manejaba bien la magia referente a la creación de portales espaciales. Sentía una gran curiosidad por la Tierra, ese planeta habitado por humanos como ellos, excepto porque ninguno presentaba habilidades mágicas. No hacía nada fuera de lo común: la ley permitía viajar entre mundos siempre que no se descubriese su condición.

Yenis no perdió de vista a Lander, y fue hasta él para proponerle algo.

—¡Lander! ¡Espera!

—¿Qué quieres?

—Verás… ¿Hoy por la tarde vas a entrenar para el examen? Porque yo necesito ayuda…

—¿Por qué me preguntas a mí? Búscate a otro…

—Tú usas el viento y pareces bastante hábil. Que no te guste estudiar es otra historia, pero necesito tu ayuda. Además, mi elemento es el fuego, el tuyo más afín, así que podría serte útil también.

—No creo que me pueda ayudar alguien que casi se desmaya por hacer ese truco. A estas alturas no podemos debilitarnos con nuestro primer elemento —Yenis sabía que tenía algo de razón, pero se le había acabado la paciencia.

—¡Yo necesito aprender a usar el viento, y tú a usar el fuego; podemos ayudarnos! ¡¿Qué tienes que perder?! —Lander se sorprendió, no esperaba que un chico mediocre sacase tanto genio de dentro, además tenía una mirada decidida en sus ojos… Suspiró.

—De acuerdo, hagamos un trato: a las cinco en la explanada del centro del bosque. Libraremos un combate y, si ganas, practicaremos juntos.

—¡De acuerdo!

***

El sol brillaba sobre la arboleda que delimitaba la zona, ocasionando que las ramas proyectasen varias sombras alrededor del claro. Lander y Yenis se encontraban el uno frente al otro. El viento hizo que una hoja se desprendiera de un árbol. Pasó por delante de ambos y, en cuanto cayó al suelo, los dos alzaron el vuelo.

—Vaya, buenos reflejos.

Yenis no dijo nada, estaba más concentrado en lo que pudiera hacer Lander a continuación, aunque tampoco pudo evitarlo: sopló y se originó una corriente de aire que lanzó a Yenis contra el suelo.

Pudo reaparecer a escasos metros sobre Lander, mientras formaba una bola de fuego. La lanzó, pero Lander no se movió del sitio. Creó una barrera de aire que paró el impacto y disolvió la llama.

—¡Con ese nivel no vas a poder ganarme!

Yenis se mantuvo en el aire y cerró los ojos para concentrarse, pero Lander no le dio importancia.

—¡Oh, venga ya! —Lander agitó sus alas y voló hasta él rápidamente para darle el golpe de gracia, pero al intentar tocarlo, la figura de Yenis se convirtió en fuego al mismo tiempo que desaparecía.

«¿U… una multiplicación? ¡¿En serio sabe hacer eso ya?!»

Lander lo entendió al instante; antes, cuando había parado el fuego con su barrera de viento, Yenis debió aprovechar su falta de visión y concentración para crear la copia. Lander miró a su alrededor; pero ya era tarde. Yenis se encontraba unos metros detrás de él.

—¡Lander! —a lo que él respondió con una expresión de miedo, ¡¿de dónde estaba saliendo tanta magia tan concentrada de repente?!— No pienso perder contra ti. —juntó ambas manos— Voy a ganarte… ¡y me enseñarás a usar tu elemento!

En ese momento, Lander creó en su mano una esfera de viento concentrado que bien podía guardar dentro los vientos de Eolo, pues no era translúcida en absoluto y se tornaba de un gris oscuro. Yenis creó en su mano una esfera de fuego de características similares y ambos se lanzaron contra el otro, usando sus alas a la mayor velocidad que podían. Sus manos chocaron, pero todo había salido como Yenis quería: la esfera de Lander desapareció, mientras que la de Yenis se hizo más grande, elevándose sobre ellos, perdiendo su forma circular, transformándose de una manera grotesca y llegando a convertirse en un dragón. Lander lo miraba aterrorizado, y Yenis aprovechó para darle un puñetazo que le mandó al suelo a gran velocidad. Sus alas desaparecieron, demasiado débil como para poder mantenerlas.

—Lo que no me mata… —tras decir esto, Yenis estiró el brazo derecho apuntando hacia Lander, como queriendo decirle al dragón que se abalanzara sobre él.

—¡No! ¡¡¡E… Espera!!! —Lander estaba realmente asustado, no se podía creer como estaba a punto de perder, y salir malherido de un combate con alguien inferior que no era capaz ni de controlar un solo elemento a derechas.

—¡¡¡me hace más fuerte!!! —el dragón empezó a descender a toda velocidad contra Lander.

—¡¡¡De acuerdo!!! ¡¡¡Lo admito, he perdido!!! —Lander se estremeció y cerró los ojos; no podía seguir mirando lo que estaba a punto de machacarle.

Pero nada más lejos de lo esperado, justo antes de que el dragón le tocase, desapareció, y también las alas de Yenis, que cayó al suelo quedando junto a Lander. Ambos tenían un aspecto lamentable.

—¿Qué ha sido eso…?

—Jeje… Ha sido suerte. La suerte de que te rindieras; no podía mantenerlo por más tiempo… —A Yenis le faltaba el aire.

—¿Dices que al final no me habría pasado nada?

—Podía haberte golpeado con la bola de fuego, pero no creo que hubiera sido suficiente para hacer que te rindieras; preferí ir a por todas y hacer lo máximo posible para asustarte… —Yenis no perdía la sonrisa, y ahora Lander acaba de ganarla.

—La madre que… Estás loco. Casi me matas, sí… Pero del susto. Y pensar que podía haberte ganado…

—Pero te has rendido, tú mismo lo has dicho. Tendrás que enseñarme a usar tu elemento. Solo tenemos una semana.

Lander miró hacia otro lado y frunció el ceño, al mismo tiempo que se empezaba a sonrojar.

—Pero más te vale enseñarme ese truco tan chulo del dragón —Yenis sonrió.

—¿Has visto la Orden del fénix?

—¿El qué…?

***

En el mismo descampado, ahora los árboles tenían menos hojas. Estaban todas en el suelo junto a Yenis partidas a la mitad. Lander permanecían sentados, con otra ropa y ambos sudando, y no hacía precisamente mucho calor.

—Muchas gracias por tu ayuda, Lander. Sin ti seguiría sin poder usar el viento.

—No me lo agradezcas tanto a mí, yo solo amplié la teoría de los libros y te di algunos consejos por experiencia. Tú llevas dos semanas entrenando casi sin descanso; no sé cómo has aguantado. Por cierto, buen truco el de las velas; ya soy capaz de crear medianas cantidades de fuego.

—Me alegro. Pero más me has ayudado tú, no conocía el truco de usar el aire para empezar a partir objetos débiles como las hojas y así coger habilidad con el viento… —Yenis bebió otro trago de agua— Dime, ¿no pensabas que con tu elemento tenías las de perder contra mí aquel día? ¿Cómo es que no dudaste? —Lander se sonrojó y puso algo de morros, recordando el primer combate que tuvieron.

—Te… te subestimé, ¡¿vale?! No pensé que fueras tan fuerte. Tranquilo, ambos pasaremos el examen sin problema…

***

Dicho examen llegó. Lander logró crear cinco bolas de fuego de tamaño considerable, acompañándolas de una corriente de aire circular que acabó formando un anillo de fuego, envolviendo todo el estadio por dentro. El profesor tomó nota, mientras le decía que había pasado sin lugar a dudas.

Lara lo tuvo más fácil: para crear agua solo hacen falta oxígeno y nitrógeno. El primero prolifera en el aire, el segundo abunda en la propia litosfera, y los usuarios de agua tenían la capacidad de manipular estos dos elementos. Alteró el terreno haciendo que parte del suelo se levantara hasta levantar un muro y, a continuación, creó una cascada. Caleb la felicitó.

Por último, le tocó el turno a Yenis, quien avanzó con decisión. Lara y Lander le miraban con atención. Juntó ambas manos y creó un torbellino de fuego. Después le añadió viento para aumentar su potencia y el resultado fue mayor de lo esperado: el tornado se volvió una gran columna de fuego, ocupando casi toda la superficie del estadio en el que se encontraban. Toda la clase se asombró, y Lara no podía creer lo que veían sus ojos. Lander, al contrario que en el pasado, le recibió con una sonrisa y un choque de manos.

—Enhorabuena, chaval.

—¡Gracias! ¡Es que no me lo creo! ¡¿Has visto eso?! ¡Lara, creo que al fin podré seguirte el ritmo! —de la alegría sacó sus alas y emprendió el vuelo a toda velocidad hasta su casa; no podía esperar a contárselo a sus padres. Lara y Lander permanecieron en el suelo.

—Me alegro de que al fin haya progresado con sus poderes. Gracias, Lander. Yenis me ha contado que le has ayudado mucho —Lander miraba a Lara con suma atención.

—No ha sido nada… Por cierto, Lara, ¿quieres que vayamos a dar un paseo por la ciudad?

—No, gracias Lander, pero ya tengo otros planes —dijo mientras se dirigía hacia la salida del centro.






Lo que se originó a continuación fue más doloroso que cualquier recuerdo anterior: Lander y Yenis se encontraban en el mismo bosque en el que hacía ya tiempo se habían enfrentado por primera vez, pero ahora los dos tenían ya quince años y se encontraban en una situación completamente distinta a la de entonces. Era casi de noche, pero el cielo estaba tan nublado que los tenues rayos de sol que podían quedar detrás del lecho de nubes ya no ayudaban en lo absoluto, y había tormenta.

—No sabes con lo que estás jugando. ¡No puedes conseguir nada bueno!

—Yenis… tú siempre has sido débil, pero no pretendas contagiarle tu debilidad a los demás.

—Tú antes no eras así. ¡Sé que te acuerdas! ¡Cómo nos conocimos, y todo el tiempo que pasamos juntos!

—No podía ser siempre así. He pasado a un nivel superior al descubrir la verdad de todo.

—Dices que has descubierto la verdad solo por leer unos cuantos libros...

—Libros que demuestran que este sistema está podrido. Nos están ocultando la magia verdaderamente poderosa. Con ella podré hacer prodigios con los que nadie ha soñado antes; ni siquiera tú —entonces Yenis impregnó su cuerpo de llamas. Eran demasiado poderosas para que la lluvia las apagase.

—No pienso dejar que te vayas, Lander… —Yenis se elevó con sus alas.

Yenis también alzó el vuelo para ir contra él, pero Lander hizo que una ráfaga de viento fuera en su contra, haciéndolo caer. Entonces Yenis desapareció, pero Lander estaba más que preparado para eso: se mantuvo inmóvil, pero en el último momento cogió a Yenis por el cuello, que acababa de aparecer y descender hasta él. Sus llamas se apagaron.

—Me temo que sigues siendo muy predecible.

Yenis apretó los dientes, consiguió darle una patada en el brazo que le sostenía y se apartó sacando sus alas.

—¡Lander! Entiendo que eches de menos a tus padres y quieras hacerte más fuerte, pero así no conseguirás nada.

—Aquí desde luego que no, por eso me iré esta misma noche de la ciudad. Investigaré y desvelaré los secretos de este mundo. ¡Y deja de disimular! ¡Sabes muy bien qué es lo que más quiero! —Yenis se sentía mal por su amigo. Claro que sabía a qué se refería, pero no estaba en su mano poder ayudarle.

—Lander… Lamento que lo que sientes por Lara no sea mutuo… Pero no puedes obligarla.

—Para ti es fácil decirlo. Claro, como siempre ha estado contigo…

—¡Si quieres irte, antes tendrás que pasar sobre mí!

Lander formó una esfera de viento oscuro muy familiar en su mano.

—Que así sea.

A Yenis le dio tiempo a desaparecer y reaparecer a su espalda, cosa que resultó inútil ya que Lander pasó a estar sobre Yenis, quien se lo esperaba y fue lo bastante rápido como para golpearle y mandarle contra el suelo.

Lander pareció entrar en furia y de su cuerpo salió disparada un aura de fuego que incendió los árboles que les rodeaban.

«Maldita sea… Ojalá estuviera aquí Lara… Esta lluvia es demasiado débil para apagar este fuego…» —pensó Yenis.

Estaba preocupado por lo que pudiera pasar, pero con el fuego, el viento y el metal no podía hacer nada para sofocar el incendio.

—Una lástima que no domines el agua; creo que esto te viene grande.

Yenis volvió a rodear su cuerpo de llamas y desapareció, pero Lander le localizó inmediatamente al sentir un puñetazo en su espalda.

—¡Aunque domines todos los elementos… —a Lander no le dio tiempo a chocar contra ningún obstáculo ya que Yenis se teletransportó en medio del trayecto del cuerpo de su amigo para pararlo y mandarlo hacia otra dirección— te hagas con todo el conocimiento del mundo… —de nuevo paró su viaje con otro golpe que elevó a Lander— ¡¡¡Lara no te va a querer!!! —Yenis se disponía a mandarle de vuelta al suelo con un puñetazo doble con las manos unidas apareciendo sobre él, pero éste consiguió cogerle un brazo y con una mano crear una ráfaga de viento que le mandó contra un árbol. El cuerpo de Yenis volvió a apagarse.

—¡Ambos dominamos viento y fuego; así no vamos a acabar nunca! Por cierto, no creas que desconozco que con eso no contentaré a Lara; pienso dominar todos los elementos para convertirme en la Primogénita.

—¡¿La Primogénita?! ¡Eso es solo un mito! —Lander cerró los ojos y bajó la cabeza, no tenía intención de seguir hablando.

—Los mitos nacen de la realidad. Además, alguien que ya tiene todo lo que quiere… —Lander impregnó su mano de electricidad— ¡no debería darme lecciones! —se dirigió a atacarle.

El cuerpo tiene carga neutra, es decir, mismo número de electrones que de protones, por lo que de primeras no podemos generar electricidad, pero los usuarios de este elemento tienen facilidad para romper ese equilibrio y mover los electrones de su cuerpo a voluntad.

Yenis embebió su mano en fuego y ambos chocaron. Se creó una onda expansiva que desintegró los árboles que estaban ardiendo a su alrededor, creando además un gran boquete en el suelo.

Ambos yacían en el suelo, de pie, pero sin alas, y con la ropa hecha jirones. Las gotas de lluvia seguían cayendo por sus rostros. Lander apretó los dientes.

—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no puedes simplemente quitarte de mi camino?!

Yenis se mantuvo serio.

—Lander… Ven conmigo de vuelta. No sé qué planes tendrás en mente, pero no pueden acabar bien. No sabes dónde te estás aventurando.

—¡No me vengas con ñoñerías! Aquí no obtendré el poder que necesito.

—¡¿Qué poder pretendes conseguir?! ¡Estás casi en tu límite! ¡Ningún nova, ashiri o neshiram ha conseguido dominar más de cuatro elementos!

No lo decía Yenis; lo decía la historia. Yenis, Lander, Lara… Su pueblo era el de los nova, seres que poseían la capacidad de volar. Al sur se encontraba la ciudad de los neshiram, seres cuyo poder era el de la híper velocidad. Situada al este de la ciudad de los neshiram estaba la de los ashiri, unos individuos cuyo don eran sus ojos, que les permitían alterar el sistema nervioso de sus enemigos y hacer que sintieran cualquier cosa: dolor, felicidad, miedo…

Pero por encima de todos estaba La Primogénita, Luca. Un ser legendario que se dice existió hace milenios, madre de las tres razas existentes. Se cuenta que poseía alas como los nova, ojos dignos del mejor de los ashiri y que era veloz como todos los neshiram juntos. Por no decir que podía usar a placer los ocho elementos de la naturaleza sin ninguna limitación. Yenis también había oído hablar de ella en libros de fantasía que había en la biblioteca o las historias que les contaban a todos cuando eran pequeños para dormir. Al igual que las armas legendarias o las gemas elementales, solo que la existencia de estos objetos sí había sido demostrada. Dos de las armas al menos; la primera y más poderosa, la Lanza de Longinos, jamás había sido vista.

En esa lanza, según cuentan las leyendas, de mango suave y blanco como la nieve y extremo dorado como el oro más puro, Luca depositó toda su fuerza, poderes y habilidades antes de morir, y la ocultó en un plano intangible; pudiendo ser invocada solo por aquel que tuviera un corazón puro, aquel que fuera digno, aquel al que la Lanza eligiera... y cantidad de otras frases que variaban dependiendo de quién contase la historia. Según este relato, Luca creó después otras dos armas más: la espada Durandal, hecha de oro con ciertas marcas decorativas azules y una fuerza extraordinaria, cuya vaina además proporcionaba a su portador un poder de curación impresionante; y por último a Troya, otra espada, pero de menor tamaño, con la habilidad de controlar el elemento rayo. Durandal era sin duda más fuerte que Troya, pero no por ello se le debía despreciar: seguía siendo un arma extraordinaria. Pero ninguna de las dos se podría comparar jamás con la Lanza: si usabas a Troya podrías vencer a un pequeño ejército. Si poseías a Durandal, tendrías el poder para someter a todo un reino. Pero el poseedor de la Lanza podría gobernar los cielos, vientos y mareas. En ella se albergaba el poder de la Diosa, la Primera; Luca.

Sobre las Gemas Elementales, son las que Luca había creado para controlar a la perfección los ocho elementos, imbuyéndolas de poder elemental. Octogonales y de aspecto casi idéntico, podían distinguirse solo por su color y el material empleado en su creación. Las Gemas permitían manejar a aquel que las poseyera el correspondiente elemento al nivel cinco, el mayor nivel de poder. Si controlas un elemento, aunque sea a nivel uno, y posees la gema correspondiente, mientras la tengas contigo podrás dominar ese elemento, llevándolo al nivel cinco, las Gemas lo potencian hasta el máximo. Pero si por el contrario tienes una gema, pero no controlas su elemento, ésta no te servirá de nada, no tendrá ningún efecto.

Toda esta información sobre las Gemas y palabrería sobre mitos podía encontrarse en muchos libros de fantasía juvenil.

—Tú no tienes ni idea… de lo que gobierna este mundo… De las fuerzas que tenemos en él, esperando a ser reunidas de nuevo para liberarse… —Yenis no entendía de qué hablaba—. Pero claro, alguien mediocre como tú qué va a saber…

—Lander… No pienso dejar que te vayas…

Hasta que sucedió aquello que Yenis nunca podría cambiar por mucho que lo deseara: ambos chocaron de nuevo, Lander impregnado en viento y electricidad y Yenis en un fuego que se hizo más grande gracias al viento, y con su puño forrado de acero gracias a su tercer elemento. De pronto todo se volvió blanco. Yenis cayó, inconsciente, perdiendo la noción del tiempo, del espacio y hasta de sí mismo, hasta que unas horas más tarde, despertó. Se fijó en un cuervo que permaneció un buen rato observando la situación desde las pocas ramas que quedaban en un árbol cercano.

Ahora lo único que sentía era la lluvia cayendo, su espalda tocando el suelo, y frente a él el cuerpo inerte de Lander, acompañado de un pequeño charco de sangre. Yenis había dejado de sentir su magia por completo.

—¡Lander! ¡¿Estás bien?! ¡Lander!

Lo miró el pulso, lo gritó, lo sacudió un poco; todo fue en vano. Lo que tenía ahora delante era un cadáver.

Al día siguiente actuaron los servicios de medicina. Diagnosticaron su muerte y lo dispusieron todo para su posterior despedida. Yenis no tenía antecedentes de ningún tipo, y gracias a la intervención de profesores y compañeros de clase, quedó libre de cualquier cargo que pudiera atribuírsele. Esa misma tarde, Yenis, Lara, el profesor Caleb y todos los compañeros de clase acudieron al funeral de Lander. Lo llevaron al cementerio, donde se grabó una lápida con su nombre. Acto seguido enterraron su cuerpo. Ese día quedaría grabado en la mente de Yenis de por vida…






Los alumnos algo más mayores, en otra aula, pero con el mismo profesor del primer curso exponiéndoles el nuevo programa.

Dicho lo cual, todos se fueron. Lara fue con Yenis.

—¿Has pensado ya lo que te gustaría hacer en el futuro? —Lara estaba ya hecha toda una mujer. Yenis había ganado en altura, llegando a crecer tanto como ella. Se mantuvo en silencio un par de segundos para confirmar mentalmente su respuesta.

—Como parece ser que al final tendremos rey… Creo que me uniré a la Guardia Real.

—¡¿A la Guardia Real?! ¡Si hace falta estar en nivel cuatro! ¡Si para superar este curso te llega con nivel tres!

—Lo sé, pero me veo capaz si me esfuerzo. Desde que en el primer curso desbloqueé mi reserva de magia corporal he avanzado mucho más rápido —Yenis se calló de repente—. Si Lander siguiera aquí… seguro que se sorprendería…

Lara le puso una mano en el hombro.

—Yenis… Sabes que tienes todo mi apoyo. No te desanimes, estoy segura de que se sentiría orgulloso de ti. Si eso es lo que pretendes, adelante, te apoyaré en lo que haga falta. Ya sabes que podemos entrenar juntos siempre que quieras, pero deja de culparte por aquello… Todos sabemos que no pretendías…

—Nunca llegué a decirle cuánto lo admiraba… Él era mejor que yo… Él me enseñó a liberar todo mi potencial… Sin él yo no estaría aquí…

De pronto Yenis usó su pie endurecido con metal para dar un pisotón contra el suelo, dejando una pequeña grieta.

—¡Yo no quería hacerle daño! —le faltaba poco para empezar a llorar.

Lara le cogió el puño con ambas manos.

—¡Yo sigo aquí! Sigo aquí y nunca te abandonaré. Sabes que siempre puedes contar conmigo —entonces sintió como su amigo la abrazaba.

—Gracias, Lara… Gracias… —la abrazó durante unos segundos—. Pero ahora he de centrarme. Pienso proteger a nuestro futuro rey. Formaré parte de la Guardia Real y estaré siempre junto a ese tal Víctor.

«Y Lara… Lander sentía cosas por ti… Se apartó del camino, pero estoy seguro de que habría podido hacerte feliz…»



En ese momento se formó una gran celebración: todos los alumnos de clase con un pergamino cerrado con un lazo rojo en las manos, Lara y Yenis incluidos. El profesor Caleb estaba hablando con este último para felicitarle.

—Enhorabuena. Y pensar que cuando llegaste tenías el nivel más bajo de la clase… Y has dado un giro de ciento ochenta grados.

—El mérito no es todo mío… —el profesor cambió su expresión; sabía perfectamente a qué se refería.

—Sé que no era tu intención. Lo sé, todos lo sabemos. No debes culparte más por ello —Yenis asintió con la cabeza, aunque no con mucha pasión—. Ahora debes centrarte: has logrado dominar el fuego y el viento hasta el nivel cuatro y el metal hasta nivel tres; ya cumples los requisitos para entrar en la Guardia Real, y la coronación será en menos de dos meses; debes darte prisa.

—Lo sé. Gracias.






En una nueva visión, Yenis se encontraba nada más y nada menos que en el Palacio Real, dentro de la sala principal, inmediatamente posterior a la entrada. Aunque lejos de haber ciudadanos o guardias con sus armaduras, solo estaban Víctor y cuatro hombres más junto a él.

—Adelante, muchacho, ven —le dijo a Yenis uno de los cuatro hombres. Era alto, fuerte y musculoso, de pelo rojizo y con una pequeña barba que le cubría la barbilla.

Yenis fue hasta él y levantó la cabeza para mantener contacto visual.

—Bienvenido, chico. Soy Hefesto, uno de los cuatro miembros de la Guardia Real del futuro rey, aquí presente —Víctor, desde la silla en que estaba sentado, cerró los ojos, sonrió y saludó con la mano—. Principalmente controlas el fuego, ¿verdad? —Yenis se sorprendió; no recordaba haberlo escrito en ningún formulario de los que había tenido que cubrir para presentarse a esta prueba, ni había usado aún un solo atisbo de su poder.

—Sí, así es…

—Bien —miró a Yenis de reojo—. De hecho, yo también. Puede que tengas alguna posibilidad… He leído en tus calificaciones que efectivamente cumples con los requisitos de potencial que se solicitan aquí, pero entenderás que necesitaremos una prueba práctica de tus aptitudes.

—Por supuesto. Si se trata de un combate, estoy preparado.

—Efectivamente, será un combate, ya veremos contra quién de nosotros cuatro. Espera aquí por favor.

Hefesto volvió junto a sus tres compañeros: Démeter, un hombre más bajo y algo relleno; Ítalo, alto, delgado y de cuerpo atlético; y Jacob, más delgado aún si cabe.

—Sería interesante probarlo.

—¿Estás seguro? Si es un crío… —Jacob no estaba nada convencido.

—Pero no tenemos a ningún candidato más, ¿no? —los demás mantuvieron silencio.

—Pues decidido.

—¿Y quién se enfrentará a él?

—Tú desde luego no, Démeter, que podrías provocar un terremoto —dijo Hefesto mientras se reía y le daba una palmada en el hombro.

—De acuerdo, Hefesto, pero no te contengas. Esto es una prueba para un puesto con la responsabilidad de proteger a un rey. Espero que lo entiendas.

—Perfectamente, Ítalo. Y sabes que, si ese chico domina el fuego, estoy más que cualificado para ponerle a prueba.

Los tres asintieron y Hefesto volvió con Yenis.

—Muy bien, empezaremos de inmediato. Este castillo tiene un gran patio interior más adelante. Te espero allí.

Habiendo dicho esto, Hefesto desapareció. Pero Yenis no dudó; y no pretendía ir andando o volando hasta ese sitio. Rápidamente se concentró en el leve rastro que Hefesto acababa de dejar y se teletransportó.

—No me lo puedo creer… —Ítalo, que había sido el más beligerante con el intento de escolta que acababa de llegar al castillo, fue el primero en sorprenderse.

—Vaya, parece que el chico anda bien de velocidad —Jacob también se sorprendió.

—¿Sabéis qué? Yo ese combate no me lo pierdo —tras lo cual Démeter desapareció.

Hefesto se encontraba en el patio interior, de brazos cruzados y sonriendo a Yenis, que se encontró frente a él.

—Bien hecho; has sabido seguirme el rastro para no tener que venir andando hasta aquí.

Pero Yenis no se relajó. En vez de eso puso su pie derecho por delante del izquierdo y apretó los puños, preparándose para cualquier sorpresa.

—Bueno, bueno, parece que cuando la situación lo requiere sabes tener la cabeza fría. Veamos si puedes mantenerla.

Yenis lo tenía claro: Hefesto lo atacaría, con mayor o menor rapidez, utilizando una llamarada. Se concentró. Si él formaba parte de la Guardia Real, significa que dominaba tres elementos, ya que cuatro es bastante improbable. Y si el primero es el fuego, el segundo sería el viento, pero el tercero podía ser el metal o el agua. Yenis dominaba el metal en nivel tres, pero si se enfrentaba a un oponente que controlase la otra opción lo iba a tener más complicado, ya que el agua apaga el fuego y acelera el proceso de oxidación del metal. Dominar dos elementos contrarios como el fuego y el agua era de todo menos común, así que Yenis, en estas situaciones, siempre se la jugaba a que no habría tal coincidencia, y hasta ahora siempre le había ido bien; así que seguiría con la misma estrategia. Atacar primero y esperar lo mejor sería lo más sensato, ya que desde luego un miembro de la Guardia no sería quien atacase de forma reaccionaria, sino que esperaría a ver cómo comienza el aprendiz. Se dispuso a sacar sus alas para el vuelo, pero sería una trampa; Yenis se teletransportaría junto a él para golpearle. Esta estrategia no se suele usar ya que las alas gastan bastante fuerza vital, pero en esta ocasión de todo o nada, el fin justificaba los medios. Pero a Hefesto no le importaba si Yenis pretendía atacar por cielo o por tierra.

No pudo moverse del suelo, ya que de pronto se encontró atrapado en una cúpula de viento altamente denso y cortante que hizo que Yenis recogiera sus alas. No podía ver a través de ese ataque, la cúpula era gruesa y de un color gris translúcido. Pero Yenis no había llegado al nivel cuatro por nada; había varios tipos de cúpulas, y esa era de las sencillas: dependían de la superficie exacta sobre la que se encontraban. Empezó a generar fuego con gran fuerza, el suelo bajo sus pies comenzó a romperse, por lo que al final la cúpula se desvaneció mientras el cuerpo de Yenis emanaba llamas por todas partes. Frente a él estaba Hefesto, aplaudiendo.

—Estupendo, estupendo de verdad. ¿Qué tal una carrerita?

Lo que se tarda en pestañear fue casi lo que Hefesto tardó en desplegar sus alas y ascender. Yenis le siguió y ambos se detuvieron a unas cuantas decenas de metros sobre el castillo.

—Eres sorprendentemente rápido. Diría que más que yo. —dijo Yenis, que sonreía a pesar de tener ya algún roto en su ropa por el ataque de antes.

—Gracias, muchacho. Pero no basta con que me halagues. Vas a tener que hacerlo mucho mejor.

Hefesto estiró hacia delante el brazo derecho, pero Yenis intuyó el ataque y se preparó. Cuando Hefesto lanzase sus llamas, Yenis crearía un escudo de viento, que se haría más fuerte con el fuego de su rival, se teletransportaría junto con su ataque sobre él y lo mandaría de vuelta al suelo.

Pero el resultado fue bien distinto: Yenis pudo protegerse con su viento, pero no aprovecharlo para su plan, ya que tuvo que centrarse en proteger también su espalda: lanzas de agua más que puntiagudas se lanzaban contra él por la retaguardia mientras se concentraba en frenar la enorme masa acuática que venía por la vanguardia.

—No podía tener peor suerte…

—¡Jajaja! ¿Pensabas que mi tercer elemento sería el metal? Siento decepcionarte, chico, pero espero que tengas algo más que esto, o de lo contrario tendrás que marcharte de aquí.

Las lanzas de agua atravesaron el escudo y fueron a por Yenis, pero pudo desaparecer un segundo antes. Tenía que dañar a Hefesto ya. Aún no le había alcanzado con nada, al contrario que él.

Voló hacia Yenis dispuesto a golpearle, pero entonces el cuerpo del muchacho empezó a desvanecerse como si de humo se tratase. Hefesto se detuvo y permaneció inmóvil. Yenis se alegraba de tener por fin algo con lo que sacar algo de ventaja: una ilusión, un tipo de hechizo que engaña a los sentidos del adversario. Como en este caso, donde en realidad Yenis no se había desvanecido, sino que permanecía un poco más atrás del lugar en el que había estado su ilusión, creando una vara pesada de metal. Ahora fue él quien cargó contra Hefesto, pero éste desapareció en el último instante y le golpeó desde arriba con un ataque de viento.

—¡Jajaja! Buen intento, chico, pero me temo que soy inmune a las ilusiones.

Yenis cayó unos pocos metros, pero pudo incorporarse.

—Maldita sea… ¡¿Esta es tu Habilidad Especial?! ¡¿Deshacer ilusiones?! —Yenis empezaba a preocuparse por su victoria.

—Más concretamente tengo una gran habilidad para sentirlas, habilidad que entrené durante años y ahora soy capaz incluso de verlas como te veo a ti ahora. No vas a poder engañarme con eso.

Entonces Yenis sí que empezó a sorprenderse.

«Así que este es el nivel de un miembro de la Guardia Real…»

Temía que aún no hubiese visto nada. Creó en su mano derecha una espada de fuego y en la izquierda una de acero. Se lanzó hacia Hefesto, pero justo antes de chocar se teletransportó sobre él, después a su espalda, luego por un lado, hasta terminar de nuevo delante suya, atacando con ambas espadas a la vez, pero el soldado pudo protegerse a tiempo con un escudo de viento que creó sobre su cabeza con su mano derecha.

Hefesto decidió volver al suelo, dispuesto a terminar con esto y, aunque Yenis le siguió, las heridas que le habían causado se resentían, causando que cayera en el suelo en el último momento, pero su contrincante ya no se encontraba bajo sus pies. Las alas de Yenis desaparecieron y Hefesto no se quedó quieto; fue hasta él y le cogió por la ropa. El cuerpo de Yenis empezó a desprender algunas pequeñas llamas, como queriendo, débilmente, defenderse.

—Ni lo intentes, chico, mucho me temo que has…

Entonces Hefesto se dio cuenta, pero había tardado demasiado. Esa copia de Yenis se desvaneció y el verdadero apareció para darle un puñetazo nuevamente recubierto de acero.

El muchacho fue lanzado contra una columna, pero se incorporó de inmediato.

—Muy bien, veamos quién maneja mejor las llamas.

Hefesto lanzó un poderoso ataque de fuego, al que Yenis respondió de la misma forma. Las dos ráfagas chocaron y se mantenían empatadas, pero de pronto ambas crecieron, ya que ambos usaron la misma estrategia: usar viento para aumentar su poder. Entonces Hefesto desapareció y reapareció sobre Yenis, para golpearle con una afilada espada de agua, a la que Yenis respondió con una de acero. Ambas espadas chocaron, y la de Yenis comenzó a perder dureza. Retrocedió.

«Aunque no lo haya usado demasiado… Tendré que jugármela. Puede ser mi única posibilidad de ganar este combate»

Yenis ocultó sus alas, y Hefesto hizo lo mismo, desconfiando de lo que pudiera hacer. Juntó ambas manos, el suelo empezó a temblar y se formó un círculo que los rodeó a ambos, del cual brotó una gruesa pared de fuego, encerrándolos en una columna abrasadora, de unos dos metros de altura. A continuación, le añadió viento y la columna se hizo más gruesa y alta. Démeter, Ítalo y Jacob habían quedado fuera del círculo y ya no sabían qué estaba pasando, el fuego giraba a gran velocidad y la pared era demasiado ancha. Yenis bajó sus brazos y miró a Hefesto a los ojos.

—Impresionante. Y sin tener que permanecer en tu posición para mantener toda esta magia. Pero si tu estrategia falla acabarás quedándote sin energía mucho antes de ganarme —entonces Hefesto empezó a imbuir su cuerpo de agua, pero antes de que pudiera completarlo, se evaporó por completo.

—Aquí no vas a poder usar tu agua. No con ese nivel —Yenis sonrió pensando en Lara, su mejor amiga, quien también era una usuaria de elemento agua. No por nada había entrenado con ella en múltiples ocasiones, y podía ver cuándo alguien llevaba el elemento agua en las venas y cuándo no.

—Hum… Veo que la temperatura es suficiente. Pero como ya dije, no podrás mantener esto mucho tiempo. ¿Qué tienes para mostrarme que haga que me rinda?

Yenis no dijo nada y Hefesto no dejó de mirarle, pero su excesiva atención fue su perdición: de pronto, otro Yenis apareció a su espalda. Le golpeó, Hefesto le devolvió el golpe y desapareció. Ahora el primero, armado con hojas afiladas de viento en sus manos, atacaba cuerpo a cuerpo. Hefesto se defendía bien, pero sabía que eso no sería suficiente, había llegado la hora de usar su Habilidad Especial. Con la poca energía que le quedaba a Yenis, el combate estaría acabado. O eso pensaba el chico.

Hefesto conjuró en su mano una gran espada, con una calavera en el extremo de su empuñadura y una hoja gruesa, pero afilada. Yenis tenía una corazonada, así que esperaba equivocarse.

—¿Esa es…?

—Sí, esta es. —A Hefesto no le extrañaba que la conociera, al fin y al cabo, Yenis era otro usuario de elemento fuego—. La Espada de Belenus, por supuesto irrompible. Un arma muy apropiada para mí, en mi opinión. Me siento orgulloso de poder invocarla.

—Es fantástica. Me temo que yo no puedo invocar ningún arma…

Las armas de invocación: había una infinidad y solo podían ser usadas mediante una Habilidad Especial. Por supuesto, uno no puede elegir la Habilidad que despierta, si es que llega a hacerlo.

—No te preocupes, esto no es un combate a vida o muerte, obviamente no voy a atacarte con ella.

Yenis dudó por un instante, pero enseguida entendió las intenciones de Hefesto. Iba a por lo que les mantenía encerrados.

Así que realizó un tajo horizontal, por lo que Yenis dio un salto para esquivarla. Fue sencillo, pero la columna de fuego despareció. Entonces Hefesto apareció en su vanguardia para atacarle con una pequeña esfera de fuego, comprimida, que incluso a él acabó haciéndole daño, el estrictamente necesario.

Yenis acabó de nuevo en el suelo, inmóvil, con la ropa destrozada. Hefesto fue hasta él y le puso la punta de su espada frente al cuello.

—Has luchado bien, chico, realmente me has impresionado, pero me temo que al final no estás a la altura de lo que debes ser para estar aquí.

Yenis no dijo nada; se limitó a sonreír. La mano de Hefesto titubeó, hasta que el espacio que les rodeaba empezó a agrietarse como si de un cristal se tratara, hasta que rompió por completo. Y pudo distinguirse de nuevo la columna de fuego que hacía un momento atrás Hefesto acababa de destrozar. El mismo Hefesto que de pronto estaba tumbado en el suelo, boca arriba, con Yenis delante sosteniendo su espada, apuntándole con ella al cuello.

—Me temo que al final no estás a la altura.

Sonreía. Hefesto, asombrado, no encontraba las palabras adecuadas.

—¡Pero si es imposible que me hayas engañado con una ilusión! ¡Soy inmune a ellas, siempre que…! —miró a Yenis, que seguía sonriendo, y ahora Hefesto compartía su sonrisa— Madre mía… Así que esta es tu Habilidad, eh…

—Tsukuyomi. Una Habilidad que me permite crear una ilusión a gran escala, alterando el espacio, los sentidos… pero se trataba de que fuera creíble.

Yenis seguía sonriendo, y clavó la espada de Hefesto en el suelo. La columna de fuego empezó a desaparecer hasta desvanecerse del todo. Los tres miembros del público no entendían qué hacía Hefesto en el suelo y el muchacho de pie frente a él.

—¡¿Qué ha pasado?! Hefesto, ¡¿esa no es tu espada?! —Jacob no quería creerlo, ya que la posibilidad de que Yenis hubiera sobrevivido a la Habilidad Especial de su compañero era…

—No me digas que el chico ha aguantado incluso eso… —Ítalo mantenía la compostura, pero tampoco daba crédito.

Démeter cruzó los brazos y sonrió mientras miraba a Hefesto.

—¿Al final no hubiera sido mejor que me encargase yo…?

Hefesto se rió, su espada desapareció y Yenis le tendió la mano para ayudar a levantarse.

***

Más tarde en ese mismo día todos se encontraban de vuelta en la sala del trono, pero ahora los cuatro guardianes del futuro rey sonreían. Al igual que Yenis, quien estaba frente a Víctor, doblando una rodilla.

—Yenis, eres el quinto y último miembro de mi guardia personal. De ahora en adelante, te confío mi vida —dijo, poniéndole una mano en el hombro.

De pronto, el tiempo pareció detenerse para Yenis. Aunque apenas fueron dos segundos, todo a su alrededor se volvió negro. Sintió una gran ansia de poder, aunque no proveniente de sí mismo. Perdió el equilibrio, y tuvo que apoyarse con una mano para no acabar tumbado sobre el suelo. Víctor lo ayudó a levantarse.

—Yenis, ¿te encuentras bien? —Démeter fue el primero en preguntarle.

—S… sí. Perdonadme. Debo haberme mareado…

—Será la tensión de tu nuevo cargo —Hefesto había compaginado mucho con él y no perdía su sentido del humor.

—Perdón, ya está. Ya se me ha pasado. Habrá sido un simple mareo…

—Descansa, Yenis. Quiero que estés en plena forma —su futuro rey se mostraba tan complaciente como siempre, pero algo acababa de desequilibrarlo, aunque solo fuera por un instante.

—Tranquilos, ya está, no ha pasado nada. Creo que iré a la azotea… a contemplar las vistas —tras lo cual desapareció.

Jacob y Ítalo habían perdido la sonrisa.

—Espero que esto no fuera una muestra de lo que nos espera.

—Tranquilo, Ítalo. Todos nos hemos mareado alguna vez en nuestra vida. Si te digo la verdad, yo al principio también desconfiaba bastante, pero tras ese combate… Ese chico tiene potencial, aunque le falten años.

—Espero que tengas razón.

Yenis se encontraba sentado en el borde de la azotea de una de las torres más altas del castillo. Sintió como le golpeaba una ráfaga de viento en otra dirección, sabiendo que alguien acababa de llegar, y era Hefesto.

—¿También vienes a admirar las vistas?

—Jajaja, tan agudo como siempre, chico —Hefesto se sentó junto a él.

—Estaba pensando que es toda una proeza que alguien vuelva a dominar la luz… Me pregunto de quién la habrá heredado.

—De algún pariente lejano, supongo. Ni él ni nadie lo sabe. Pero eso carece de importancia, lo trascendente es que volveremos a tener rey. Y, por cierto, Víctor domina la luz, el rayo y el metal en nivel cinco, y el viento en nivel cuatro —era la primera vez que Yenis escuchaba las palabras nivel y cinco juntas.

—No está nada mal.

—¿A que no? Ahora espera a que reciba el anillo del antiguo rey, eso sí que será impresionante.

—Algo he oído. ¿Qué tiene de especial ese anillo?

—Pues lo cierto es que no lo sé con detalle. Nadie sabe gran cosa de él, y lo han investigado, pero nada, no hubo reacción alguna. Desde que Azrael murió, se dejó guardado en una de las cámaras más profundas del castillo, no solo por respeto, sino porque se sospecha que el rey llegó a albergar ahí ciertos… poderes.

—¿Poderes?

—No estoy seguro. Es como si… como si hubiera guardado parte de su magia en ese anillo antes de morir. Hay quien dice eso, otros dicen que su alma sigue viva dentro de él… Mucha gente fue autorizada a venir aquí a investigar ese anillo, pero hasta el momento no ha habido ninguna novedad; no parece más que una vieja baratija.

—Entiendo. Gracias, Hefesto… Por cierto… ¿Hasta qué punto conoces a Víctor?

—Solo he llegado a comer con él e intercambiar algunas palabras… ¿Por qué?

—No respondas si no quieres, es mera curiosidad, pero ¿tiene hijos? Ya sabes, descendencia que pueda ocupar el trono una vez que ya no esté… —Yenis se arrepentía de no haber leído más sobre él antes de ir al castillo.

—Este es un tema que no deberías sacar jamás delante de él… Es algo delicado —Yenis se puso serio. Hizo un gesto afirmativo con su cabeza—. Víctor tenía una mujer, Selena. Era una mujer nivel cero, pero aun así él la acogió y acabaron enamorándose. Ya conoces la discriminación hacia los nivel cero por parte de alguna gente. Aproximadamente un año más tarde, Víctor y Selena iban a tener un hijo, imagínate… Pero según pude confirmar, ella murió al dar a luz, y el niño nació muerto —a Yenis se le perdió la mirada. Se agarró los brazos como si tuviera frío.

—No puedo ni imaginar el dolor que debe suponer eso…

—Ya… Verás, no digo que la monarquía sea la mejor opción, pero tampoco creo que quiera fallarle a la gente habiendo perdido tanto —Hefesto quiso dar por zanjado el tema—. Bueno… ¿ya te encuentras mejor?

—Sí.

—Pues ven conmigo —dijo, poniéndose en pie.

—¿Adónde vamos?

—Te invito a cenar. Mientras no haya rey, no tenemos la obligación de vivir en el castillo, y como la Guardia Real ya tiene sus cinco miembros, no hace falta que permanezcamos aquí, no hasta el día de la coronación.

—Entiendo.

***

Debían de haber pasado unos días, ya que Yenis llevaba otra ropa. Acababa de entrar en un restaurante.

—¡Hombre, Yenis! ¡Cuánto tiempo sin verte por aquí!

—¡Buenas, Hermes! —Yenis le hablaba con total confianza; ya que se conocían desde hacía tiempo.

—¿Qué se te ofrece?

—Pues algo de beber para celebrar mi nuevo cargo: ya soy miembro de la Guardia Real —estas palabras hicieron que el camarero perdiera su sonrisa, pero continuó su tarea y le sirvió el refresco que siempre tomaba.

—¿Lo saben tus padres?

—Pues claro, se lo dije mientras cursaba el cuarto año. Me gradué y les dije que iría al castillo a intentar pasar la prueba y… bueno, ayer volví a casa con la noticia. Pero ¿pasa algo…? —Hermes se mantuvo en silencio unos segundos. No estaba contento para nada.

—Yenis, ¿quién ha elegido a ese rey? —Yenis no sabía que responder. No porque no conociera la respuesta, sino porque no entendía a dónde quería llegar—. El mismo grupo de personas que se llevan encargando de la economía y los asuntos del estado todos estos años. O sus hijos concretamente, pero viene siendo la misma historia. Que no digo que no hicieran nada bien, pero en todo este tiempo la ciudad ha funcionado muy bien sin un rey. No elegimos a esas personas, pero al menos eran varias; el poder estaba repartido. Entre los empresarios que con el tiempo tomaron el poder décadas después de que Azrael nos dejase, pero repartido. ¿Ahora de pronto cambian de idea y deciden colocar a alguien en un trono solo porque maneja el elemento de la luz? No digo que el rey Azrael me valiese y ahora este no, pero por aquel entonces era otra época, y he de reconocer que para la que le tocó, ese hombre estaba muy adelantado a su tiempo.

—Pero… Imagino que tendrá los conocimientos necesarios para el cargo… Yo le he visto, he estado ante él, y te aseguro que no parecía para nada una mala persona —Yenis no le daba importancia al mareo que había tenido y decidió obviar ese detalle—. Él nos gobernará, y…

—Exacto, nos gobernará. A nosotros, los ciudadanos. Ya que nos gobernará, ¿no es algo que deberíamos haber elegido entre todos? —Yenis finalmente empezaba a entender su frustración.

—Como sabes, perdí a un amigo hace un año. No pienso perder a nadie más.

—Entiendo que eches de menos a Lander, pero apoyar y proteger a un rey no es lo más inteligente que podrías hacer —Yenis no quería pelearse con un viejo amigo como Hermes, no sabía qué decir. El barman quería hacer memoria sobre algo—. ¿Sabes lo que pasó en Nashira, la ciudad de los neshiram, hace diecisiete años?

—Me temo que no… —respondió dubitativo.

—Bueno, supongo que es lógico; no naciste hasta el año siguiente… Hubo una revolución, allí también había un rey, una familia real entera de hecho. Te resumo la situación política por aquel entonces: monarquía absoluta. Hubo muchas bajas en ambos bandos, pero el pueblo consiguió entrar en el castillo y persiguieron a toda la familia real hasta acabar con ellos —Yenis no daba crédito; no conocía esos hechos.

—No sabía que algo así hubiera pasado hace relativamente poco en un país vecino…

—Pues ahora ya lo sabes. Todos los miembros de la realeza que vivían en ese palacio fueron masacrados, pero después de eso acabó por conseguirse la paz entre toda la población. Hicieron nuevas leyes, se permitió el sufragio universal y se realizaron elecciones. Actualmente hay una mujer al mando, asesorada, y las noticias que llegan no son malas desde luego. Por cierto, dicen que una muchacha de palacio consiguió escapar, una de las hijas del rey, Midala, pero nunca más fue vista, así que muchos creen que habrá muerto de todas maneras —Hermes hizo una breve pausa para coger aire—. Ya conoces la reciente historia de los neshiram, ¿y ahora nos dicen que tener un rey supondrá un avance? Esto no es progreso, sino regreso. En vez de coger ideas de Nashira como la de elegir a nuestros representantes, nos colocan a un rey las personas encargadas actualmente del gobierno, vete tú a saber a cambio de qué. E imagino que Víctor hará una ley para que este cargo vaya pasando por derecho de nacimiento.

Yenis terminó de beberse su refresco y pagó.

—Gracias por todo, Hermes.

El camarero vio cómo su antiguo amigo se marchaba del local. No podía tenerle rencor, aunque hiciera algo que para él era incorrecto.

—Cuídate mucho.






Llegó el día de la coronación, por lo que decenas de habitantes estaban reunidos en el castillo. No hubo ningún tipo de restricción y cualquiera podía asistir, las puertas del castillo permanecerían abiertas para que la gente de fuera también pudiera admirar aquel acontecimiento.

Al fondo, junto al trono, se encontraban Víctor y Séfenir, y junto a ellos los cinco integrantes de la nueva Guardia Real. Luego, entre la muchedumbre, en primera fila se encontraban Lara, sus padres y los de Yenis, quienes levantaron la mano para saludarle muy entusiasmados, pero el muchacho se limitó a dedicarles un intento de sonrisa.

—Tranquila, serán los nervios. Además, ahora está de servicio, no puede distraerse —el padre de Lara sintió la necesidad de consolar a su hija.

Séfenir, dando un paso al frente y con una pequeña campana en sus manos, dio unos toques para rogar silencio.

—Bienvenidos sean todos. Estamos aquí para, después de varias décadas sin un líder, sin una persona que asuma toda la responsabilidad que este país se merece, para entregarle las riendas a alguien que ha demostrado tener unas dotes como nunca antes se había visto en el uso de la magia…

Séfenir continuó hablando, pero Yenis empezó a sentir como un escalofrío le recorría todo el cuerpo, palmo a palmo, célula a célula.

—… un hombre capaz de realizar prodigios no vistos desde el reinado del antiguo monarca, un hombre con grandes dotes de liderazgo y conocimientos imprescindibles para nuestro reino…

Y ya que nos gobernará, ¿no es algo que deberíamos haber elegido nosotros?

Yenis estaba empezando a sentirse confuso, empezaba a dudar de si estaba haciendo lo correcto.

—Además, para consolidar su reino, le haremos entrega de la joya, del recuerdo que ha estado guardado en las profundidades de este castillo desde el fallecimiento de su dueño original… —entonces cogió una minúscula cajita de madera situada sobre la mesa que había junto a la silla del trono, y la abrió— ¡el anillo del rey Azrael!

La gente puso una expresión de asombro, era un anillo de oro, con una pequeña gema violeta ovalada incrustada. Parecía emitir un extraño poder.

Yenis sentía como una gota de sudor descendía por su cuerpo. ¿Era una buena decisión entregarle ese anillo, sin saber qué poder tiene exactamente, a alguien como Víctor? Había estado de pie en su posición todo el tiempo, dedicándole una sonrisa a toda la gente que se postraba ante él. Víctor no parecía una mala persona en absoluto, pero aquella sensación de ansia de poder, la fuerza que emite ese anillo, las palabras de Hermes… Todos esos pensamientos rebotaban y chocaban en su cabeza. Tal vez había elegido mal, tal vez unirse a la Guardia Real no había sido la mejor decisión que había tomado…

—¡Víctor! Con este gesto, te nombramos nuevo rey de…

Víctor finalmente se movió, disponiéndose a coger el anillo que le acababa de ser ofrecido.

Pero Yenis fue más rápido, se teletransportó junto a él, lo cogió y lo mantuvo en su puño cerrado.

—¡Yenis! ¡¿Qué haces?! —Hefesto no entendía nada.

Yenis miró en una abrir y cerrar de ojos a sus cuatro compañeros.

—Lo siento, chicos.

Se elevó sobre ellos mientras cerraba sus ojos, pronunciaba unas palabras y con su mano derecha extendida, con sus dedos índice y corazón, creaba un gran óvalo vertical formando un portal de color anaranjado. Lo cruzó e inmediatamente empezó a cerrarse, no sin que antes Lara pudiera seguirlo a través de él.

De pronto, ambos se encontraron en una zona descampada bastante extensa. Era de noche y, más al norte, muy alejado, un espacio reservado para vehículos. Yenis se alegraba de haber acabado donde quería: el planeta Tierra. Mucho habían aprendido de él en clase y mucho había leído Yenis por su propia cuenta. Pero lo primero era lo primero: rápidamente se encerró en una esfera de fuego opaca y tocó su colgante con el anillo. Éste se convirtió en una luz que se introdujo en el artilugio, pero su aspecto no cambió en absoluto. Yenis ya no sentía la presencia de la joya. «Bien» pensó, así que deshizo la esfera que le rodeaba.

—¡Yenis! ¡Volvamos ahora mismo!

Para su sorpresa, Lara apareció detrás de él.

—Lara… No has debido venir. Vete a casa, por favor. El portal se acaba de cerrar, así que no podrán seguirnos, solo ponerse a buscar entre los montones de lugares y planetas posibles.

—Pero ¡¿qué dices?! ¡Has cogido el anillo real, has creado un portal a otro mundo para huir, ¡¿y me dices que me vaya?! ¡¿Sin ninguna explicación?!

—Tú no lo entiendes… Ese hombre… Sus intenciones no son buenas, estoy seguro.

—Yenis… Tú quisiste unirte a la Guardia Real. Sé que te has esforzado mucho. ¿Por qué dices esto ahora?

—Lo siento, no es fácil de explicar… pero esto te supera, Lara. Di que no me has encontrado y vete.

—No pienso hacerlo. Quizá tú no valores tener un rey, pero yo sí. Volvamos ahora y seguramente te perdone.

—Lara… Me he equivocado. Proteger a ese hombre no es lo que hubiera querido Lander… Y ahora sé que no es lo correcto. Ese hombre… Lo único que le importa es el poder, te lo prometo…

Lara apretó los puños.

—¡Has conseguido entrar en la Guardia Real! Cuando me enteré, me sentí orgullosa. Siempre supe que podías conseguir todo lo que te propusieras, ¡¿y ahora haces esto?!

—Lara, yo me quedaré en este planeta y donde haga falta hasta que encuentre un escondite apropiado para el anillo, o la forma de destruirlo. Te agradecería que te fueras. Puedo crear un portal de regreso —Lara no soportaba seguir discutiendo con su amigo. Unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.

—¡Yo también quise entrar en la Guardia Real! También entrené hasta alcanzar el nivel cuatro. Pero me dijeron que ya eran cinco miembros y no admitían más. Me frustré, pero me alegré por ti. ¡Solo quería estar cerca de ti!

—¿Cerca de mí? ¿Por qué? —Lara empezó a ponerse colorada e incómoda. Pero no era el momento de mostrar sus sentimientos. Se secó las lágrimas con la manga.

«Si quiero que le perdonen… no tengo otro remedio que llevármelo por la fuerza» pensó.

—Yenis… No te preocupes, tanto Víctor como tus compañeros lo entenderán.

Yenis se disponía a suspirar, pero antes de que pudiera hacerlo tuvo a Lara frente a él, con la palma de su mano derecha creando una esfera de agua que envolvió a Yenis por completo.

Yenis intentaba impregnar su mano en fuego para realizar un tajo y crear una brecha en la esfera, pero el agua no dejaba de apagárselo. Se concentró para intentar teletransportarse fuera hasta que la esfera cedió y sus restos se evaporaron, mientras Yenis permanecía impregnado en llamas por completo.

—¡Lara! No quiero hacerte daño…

—¡Ni yo tampoco!

Entonces ella sacó sus alas y empezó a ascender. De pronto se paró y junto sus manos. Empezó a lloviznar, pero enseguida aumentó el caudal. Volvió rápidamente hacia el suelo: si sus alas se mojaban no podría volar correctamente.

—Así que piensas dejarme sin opciones con esta tormenta…

—Solo quiero que volvamos a casa. Por favor…

—Lo siento. No puedo.

Lara bajó su mirada, pero el gesto le duró poco. Creó una espada de agua y se lanzó a por Yenis, que se defendió con una espada de fuego más que caliente. Yenis pudo darle media vuelta a Lara y cogerle ambas manos, pero entonces ella dio un salto hacia atrás con suficiente impulso como para que Yenis cayera al suelo y la soltara.

La lluvia cesó, y Yenis se incorporó mientras Lara le miraba a escasos metros frente a él.

—Parece que te ha durado poco la borrasca…

—Ya ha cumplido su cometido.

—¿Qu…?

De pronto Yenis se encontró con que no se podía mover: sus pies estaban atrapados en un hielo demasiado grueso como para romperse fácilmente. Yenis intentó usar el fuego para deshacerlo, pero no funcionó.

—Vas a necesitar algo más potente para derretir este hielo.

Lara impregnó su mano con una gran masa de agua. Yenis sabía que sus intenciones podían ser de todo menos buenas, así que pensó rápido.

Entonces ella se teletransportó a unos metros sobre él. Empezó a caer con su mano derecha por delante. Yenis actuó sin pensar: recubrió su mano derecha del metal más duro que podía crear, le dio un puñetazo al bloque de hielo que retenía sus pies y, para su inmediata alegría, rompió.

No podía seguir defendiéndose sin hacer nada. No le haría daño, pero tendría que inmovilizarla para mandarla de vuelta.

Desapareció y reapareció a unos pocos metros. Luego creó dos espadas, de fuego y metal, una en cada mano, y acto seguido lanzó la de metal al aire. La mirada desviada de Lara duró lo suficiente como para que él le lanzara la espada de fuego, que poco antes de tocarla se agrandó y estiró hasta convertirse en un cilindro hueco que encerró la encerró, cubriéndola sobre un metro más que su altura. Yenis se disponía a ir hacia ella, pero entonces la tierra del suelo sobre la que estaba el cilindro empezó a elevarse, cubriendo la llameante columna, pero peor aún, apagándola. Lara reapareció detrás suya y se disponía a darle una patada, y aunque él cogió a tiempo su pierna y la giró para tirarla al suelo, ella pudo apoyarse en sus manos, girar sobre sí misma y golpearle con la otra pierna.

Yenis se incorporó, empezó a correr alrededor de Lara, rodeándola y lanzándole bolas de fuego, pero ella pudo usar el agua para apagarlas fácilmente. Entonces Lara hizo emerger del suelo trozos de éste y comenzó a lanzarlos, pero ninguno llegó a tocarlo. El chico desplegó sus alas, se elevó sobre ella y rápidamente creó una gran bola de fuego a la que añadió viento para aumentar su tamaño. Contra otra persona podía haber resultado peligroso, pero él sabía que eso no sería suficiente para detenerla. La lanzó.

Lara aprovechó la humedad que proliferaba en el terreno y formó ríos de tierra casi líquida para frenar el avance del ataque, mientras se encerraba en una esfera hueca de agua lo más gruesa que podía crear.

La bola acabó chocando, pero la tierra húmeda terminó por cubrirla del todo, apagarla y deshacerla.

Miró a Yenis, de vuelta en el suelo, viendo como creaba una espada de metal mucho más gruesa que la anterior. Lara pensó que esta vez atacaría con ella directamente.

Acertó. Yenis se lanzó y se dispuso a darle una estocada, pero Lara pudo parar la hoja cogiéndola con la mano impregnada en tierra para evitar el daño. Pero su plan no era simplemente detener el golpe.

—Lo siento, Yenis.

La masa de tierra desapareció dejando su mano al descubierto, pero entonces surgió el rayo: su mano se cargó de electricidad que inmediatamente la espada condujo por todo el cuerpo de Yenis. Lara paró el flujo y Yenis cayó al suelo. La descarga le había dejado algo chamuscado, y con la ropa quemada, pero entonces ella cayó en la cuenta: ¿cómo podía haberle chamuscado si estaban en el aire, haciendo un circuito abierto?

—Más lo siento yo, Lara…

De pronto, el paisaje que les rodeaba se partió en mil pedazos. Ambos se encontraban de pie, pero ahora Yenis detrás de ella, acababa de crear una pieza de metal a modo de esposas para sujetarle los brazos por la espalda.

—Esta es tu Habilidad Especial… Una ilusión que creaste mientras me protegía de tu esfera de fuego, ¿verdad…?

—Tuve un pequeño despiste creando esa descarga en circuito abierto, pero no importa: basta de pelear. Ahora te irás a casa, a ti no te dirán nada.

—No. Ahora nos iremos los dos.

De pronto, la pieza de metal se congeló y Lara pudo romperla a base de fuerza bruta.

Sacó sus alas, se elevó y lanzó unas cuantas bolas de agua lo más rápidas que pudo, pero Yenis pudo esquivarlas todas. Empezó a atacar con tajos horizontales y verticales de fuego con su mano, que Lara también logró esquivar. La muchacha apareció frente a Yenis con su mano cubierta de electricidad, pero él rápidamente estiró otra y lanzó una corriente de aire que la empujó hacia atrás.

Ambos tenían la respiración acelerada; estaban llegando a su límite. Había que acabar con esto ya. Lara miró a su amigo y se juró a sí misma que volverían juntos a casa.

Yenis recubrió su cuerpo en fuego, pero su plan no era lanzarse él mismo contra ella. Con ambas manos empezó a aumentar la temperatura tanto como pudo, pero Lara no perdió el tiempo: llevó a cabo la misma estrategia, pero usando el agua: frente a ella se estaba creando una masa líquida que era de todo menos ligera. Como dos láseres, ambos lanzaron sus ataques, formando dos corrientes horizontales de agua y fuego que chocaron en el medio.

—¡¡¡YENIS!!!

—¡¡¡LARA!!!

Como era de esperar, ella obtuvo la ventaja cuando el agua empezó a barrer al fuego. Yenis no quería hacerle daño, pero esto no la mataría, pensó. Y no podía dejar que Víctor consiguiera ese anillo…

Se concentró y aumentó aún más la temperatura. Su ataque avanzó, llegando a evaporar parte del agua de Lara. Pero era una batalla muy reñida; ninguno conseguía vencer al otro.

Hasta que ambos tuvieron la misma idea; no hecha antes por peligrosidad, pero no les quedaban más opciones: Yenis le añadió viento a su fuego y Lara, usando las sales minerales de su cuerpo, electricidad a su agua: el fuego empezó a expulsar ascuas y el agua, chispas. Pasarían un par de segundos antes de que sus ataques colisionaran por completo: todo se volvió blanco y ambos salieron despedidos hacia atrás en sentidos contrarios a velocidad vertiginosa. Ninguno supo nunca cuántos minutos u horas habían estado inconscientes…



Lara se incorporó como pudo. Sus alas ya no estaban, tenía la ropa destrozada y sentía todo el cuerpo dolorido. No veía a Yenis y otra lágrima brotó de sus ojos.

—¡Yenis! ¡¿Dónde estás?! ¡¡¡Yenis!!! —hasta que volvió a caer al suelo, agotada.

***

A algunos metros de allí, Yenis se incorporó, también sin alas y lleno de heridas. No sabía dónde se encontraba, así que buscó un lugar alto para poder situarse mejor. Caminó hacia una zona de la que brotaba una pequeña luz.

***

—¡Yenis…! ¿Dónde estás…?

Lara volvió a caer, pero enseguida se levantó y creó a partir de la tierra una vara de madera para apoyarse. Fue avanzando como pudo en busca de Yenis, pero él ya se había alejado bastante.

***

Yenis llegó a la zona proveniente de la luz: un pequeño mirador con una farola alumbrando el único coche aparcado que había y, junto a él, un chico alto y fuerte y una chica de pelo negro como el azabache.

—¿Te gusta este sitio, Julia?

—Bueno, no está mal, pero podíamos haber venido a otra hora, ¿no? Ahora hace frío… —dijo mientras cruzaba los brazos.

Entonces el chico se situó a su espalda, la cogió por la cintura y su mano empezó a desviarse hacia su entrepierna…

—¡Eh! ¡¿Qué haces?! —Julia se soltó.

—Venga, ambos sabemos para qué estamos aquí…

—Prefiero que me lleves a mi casa. Por favor.

—Tú no me vas a dejar a medias ahora… —empezó a caminar hacia ella, pero de pronto Yenis apareció de la nada, entre ambos.

—¿Q…? ¡¿Quién mierdas eres tú?!

—Vete. No creo que esta chica esté a gusto contigo…

—¡Y tú qué eres, ¿su hermano mayor…?! —tras lo cual le arrojó un puñetazo a Yenis, pero lo paró con una mano sin mayor dificultad.

Julia no entendía nada, pero este chico no parecía querer hacerle daño, así que permaneció donde estaba, detrás de Yenis. Entonces creó una pequeña llama en su otra mano. El chico entró en su coche a la mayor velocidad que pudo e inmediatamente se marchó. El fuego de Yenis se apagó y se dejó caer de espaldas sobre la barandilla de madera que delimitaba ese pequeño mirador. Julia quería saber quién era este chico y de donde había salido, pero pensó que lo primero era ayudarlo un poco.

—¿Te… te encuentras bien? No pareces estar en tu mejor momento… —le ayudó a incorporarse.

—No… Gracias… No me encuentro muy bien… —a Yenis le dolía bastante la cabeza.

Julia sacó un pañuelo y empezó a limpiarle las heridas a Yenis.

—No he hecho nada malo, ¿verdad…? Perdona si te he asustado…

—¡No, por favor! Muchísimas gracias. Quería hacerme daño, pero me has salvado. Pensé que ese chico sería de otra manera… ¿Puedo preguntarte cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Cómo has hecho lo del fuego…?

—Me llamo… Yenis… —miró brevemente al cielo— No te sabría decir de dónde vengo… No me acuerdo…

—¿Y cómo hiciste eso del fuego…? —Yenis miró su mano y permaneció unos segundos en silencio.

—Pues tampoco lo sé… Simplemente sentí que podía hacer aparecer fuego en mi mano… Y surgió solo de la nada…

—¿Y vienes de…? —Yenis seguía con la mirada perdida. Sin saber por qué la volvió a dirigir al cielo.

—No… estoy seguro…

Julia no entendía nada, pero este chico tenía amnesia… No es que no le estuviera agradecida, pero tal vez hasta estaba fingiendo hacerse el héroe para aprovecharse de ella después… A lo mejor no era buena idea confiarse tan pronto.

—Tendremos que coger un autobús, si es que aún quedan. Y yo tendría que volver ya a mi casa… Anda que menuda forma de terminar mis vacaciones de verano...

—Creo que no necesitamos movernos de aquí… Dame la mano. —la cara de Julia pasó a expresar la inquietud más absoluta. Como con el fuego, Yenis se estaba moviendo por instinto.

—¿Para qué…? ¿Qué quieres hacer?

—Dame la mano y piensa en el lugar al que quieres ir.

Julia no sabía si este chico podía hacer algo más que sacar fuego de la nada o si el golpe le había afectado gravemente a las neuronas. Pero no podía pasar nada por hacerlo. Cerró los ojos y pensó en el salón de su piso…

Ambos desaparecieron. Pero no habían reparado en la mirada que los espiaba desde un árbol: Lara había conseguido llegar hasta allí y había estado observando para pensar qué hacer, pero había confirmado que Yenis estaba vivo y a salvo, que era lo importante. Se apresuró a hacer memoria: hechizos de teletransporte, planetas estudiados... En unos minutos pudo crear un portal de color anaranjado idéntico al que había usado Yenis para llegar hasta allí, aunque este tenía un aspecto más inestable y presentaba ciertos temblores. Lo cruzó, poco más que dejándose caer, y apareció en la misma sala del trono, en la cual ya solo se encontraban Víctor, Séfenir y sus cuatro protectores. El portal desapareció.

—¡Lara! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿Dónde está Yenis?! —Séfenir fue el primero en ir hasta ella, pero ahora estaba inconsciente.

—Lara, ¡Lara! ¿Me oyes? —Víctor la cogió en brazos—. La llevaré a la enfermería ahora mismo. Séfenir, avisa a sus padres de que ha vuelto.

***

Julia abrió los ojos. Allí se encontraban ambos, en su piso.

—¿Es que también puedes teletransportarte…? ¿A dónde tú quieras…? —Julia normalmente no se creería semejante sinsentido, pero ni estaba para quejarse ni le apetecía retar a lo que veían tan claramente sus ojos.

—Parece ser que sí… No recuerdo muchas cosas ahora mismo… —Yenis se sentó en el sofá y se llevó la mano a la cabeza; y después a su colgante. Por algún motivo le parecía importante. Julia se sentó a su lado.

—Oye… No creas que hice esto nunca… Pero si quieres puedes quedarte a dormir aquí… A condición de que te vayas mañana.

—Sí, claro… No te preocupes. Mañana no te molestaré más —Yenis nunca se había sentido tan perdido, pero algunas cosas las tenía claras: acababa de sufrir algún tipo de accidente y esta chica desconocida le estaba acogiendo sin pedir nada a cambio. Se iría al amanecer, ya mirará cómo se arregla.

Julia fue a la cocina a prepararse un café, pero al final acabó preparando dos.

—Toma, anda. ¿Quieres azúcar? —Yenis no supo qué contestar, ya que esa bebida no le resultaba familiar.

—Lo tomaré así, gracias… —Yenis dio un sorbo que le costó tragar— Está bastante amargo…

—Menos mal que era con leche… Deja, anda. Me voy a dormir. Mañana empieza el nuevo curso. El baño está por allí, ¿de acuerdo? —Julia cerró la puerta de su habitación al mismo tiempo que Yenis le daba un rápido “Gracias”. Fue a darse una ducha y acto seguido volvió al sofá para pensar qué podía haberle pasado para acabar lleno de magulladuras… pero no pudo recordar nada.

Amaneció el día siguiente y ahí estaba Yenis, sentado en el sofá, con mejor cara que el día anterior. Julia se dispuso a ir a clase, pero acababa de darse cuenta de que no podía echar de casa a su invitado con la ropa andrajosa que llevaba puesta.

—Tengo que ir al instituto, pero tú no puedes salir así a la calle… ¿Por qué no avisas a tus padres?

—Lo siento, pero… No puedo recordar nada sobre nadie… No… recuerdo quién soy…

Julia se estaba cansando de su invitado, pero le daba algo de pena dejar a alguien así a su suerte.

—De acuerdo. ¿Te parece bien esperarme aquí toda la mañana? Me saltaré la última clase e iré a comprarte algo de ropa. Pero prométeme que no tocarás nada…

—No, no, por favor… Te agradezco mucho tu hospitalidad. Si haces eso por mí te lo agradecería… Puedo limpiar un poco la casa mientras…

—¿Hum? Vale, por mí… Pues espera aquí hasta la hora de comer más o menos. Te traeré ropa y comeremos juntos aquí.

Julia pasó una mañana relajada de primer día de curso mientras Yenis aspiró, fregó y les pasó un paño a los muebles. Cuando ella volvió, le costó disimular su sonrisa y la cara de tranquilidad.

«Bueno… Al menos todo sigue en su sitio… A lo mejor hasta es hasta de fiar y todo.»

—Te he comprado algo de ropa y he traído algo para comer…

—Oh, muchas gracias… Pero… No tengo con qué pagarte…

—No te preocupes, no tengo problemas de dinero. Tú cámbiate y comamos algo.

Yenis fue al baño a ponerse la ropa nueva; al menos ahora ya no aparentaba ser un pordiosero.

—Mucho mejor —dijo Julia, tras sacar una bandeja de aluminio del horno con una lasaña.

Empezaron a comer en absoluto silencio. Yenis quería romperlo de la forma que fuera para que la situación no pareciera tan tensa.

—¿Entonces vives tú aquí sola? ¿Tus padres están de viaje…?

—No, ellos viven en su casa, pero yo quería empezar a independizarme de alguna forma y buscamos un piso cerca del instituto. Tienen una gran empresa de telecomunicaciones. Cada mes me pasan un dinero y yo me encargo de cuidar de mí misma. Se está bastante bien.

—Vaya… ¿Y hoy empezaste el curso? ¿Qué curso es?

—Primero de Bachillerato. Este, otro y ya podré ir a la universidad.

—Ya veo…

Yenis se alegraba de que a la persona que le había ayudado le fuera bien, pero iba a tener que irse de ahí, y no tenía nada claro qué hacer…

—Oye… ¿Y cómo puedes teletransportarte y manipular el fuego? ¿Te has escapado de un laboratorio o algo? —Yenis sonrió y le faltó poco para reír.

—Me he pasado toda la noche pensando en ello, casi no pude pegar ojo. Miré mi colgante, pero no…

—Ah, sí, me gusta ese colgante, es muy bonito —Julia miró la hora del reloj colgado en la pared—. Mira… No sé cuánto conoces Coruña… Pero ¿quieres que por la tarde salgamos a dar una vuelta?

«Espero encontrarle alguna utilidad y no perder el tiempo…»

—Anda, pues… Te lo agradecería mucho.

Y así lo hicieron: Yenis estaba listo para salir, pero a Julia todavía no se la oía. Yenis fue hasta su habitación totalmente despreocupado, pero se la encontró cambiándose de ropa.

—¡¿Qué haces?! —Julia se bajó algo la camisa.

—Eh, no… Nada, perdón…

—¡Pues a ver dónde pones tú los ojos! Espera fuera.

—Lo siento… —Yenis cerró la puerta tras él.

Primero fueron hasta el instituto, ya que era lo que quedaba más cerca.

—¿Aquí es dónde estudias?

—Sí. Fue una suerte encontrar un piso tan cerca.

—Hombre, Julia… Buenas…

Julia se dio la vuelta y ahí estaba Débora, su, otra vez, compañera de clase como había podido comprobar esta misma mañana. En fin, era lo que había, pensaron ambas.

—Hola, Débora. ¿Dando un paseo?

—Sí, hay que aprovechar que aún no empezamos el curso… ¿Y este chico? Hola, soy Débora.

—Encantado, yo soy Yenis —tras lo cual se besaron en la mejilla.

—No me digas que te has echado novio…

«No. No vas a seguir tocándome la moral con eso»

Julia se apresuró a cogerle la mano a Yenis.

—Pues sí, somos novios. Y si no te importa querríamos un poco de intimidad.

Yenis no acababa de entender lo que le pasaba por la mente a Julia, pero prefirió no meterse de por medio. Percibió cierta irascibilidad en sus ojos.

—Bueno, bueno… Pues oye, que te vaya bien. En fin, me voy…

Débora se fue alejando y Julia le soltó la mano a Yenis.

—Perdona el numerito, pero esa chica y alguna otra llevan años discriminándome por no tener novio, diciéndome que acabaré sola… Pero ya estoy acostumbrada.

—Lo siento… Siento no poder ayudarte.

Ahora Julia se dio cuenta de su error: acababa de decir que estaba con este chico; si ahora siempre se la veía sola por la calle iba a quedar peor que mal. Igual había alguna forma de convivir con él…

—Oye Yenis… ¿te apetecería quedarte un tiempo a vivir conmigo?

Yenis se sorprendió. No se lo esperaba lo más mínimo.

—¿En serio? Pero… No quiero ser una molestia…

—Si eres tan ordenado como hoy no creo que vayamos a tener ningún problema… Lástima que no puedas acompañarme a las clases, porque eso ya sería…

—¿A tus clases? ¿Quieres decir… venir al instituto contigo? —dijo mientras señalaba el edificio.

—Claro, pero entre que el plazo de matrícula ya pasó y que no tienes DNI ni nada…

Yenis le cogió la mano a Julia y cerró los ojos. Sin que nadie los viera, ambos desaparecieron de ahí y reaparecieron dentro del instituto, en la secretaría. Julia conocía perfectamente el centro.

—Estamos dentro del centro… ¿Para qué nos traes aquí? Menos mal que no hay nadie…

—¿Sabes si las matrículas de los alumnos están por aquí?

—¿Las matrículas? Las matrículas… Serán esos montones de ahí —dijo Julia, señalando una mesa que estaba a rebosar de folios—. Se ve que aún no han terminado de archivarlas.

Yenis se acercó, cerró los ojos e hizo aparecer otro folio a mayores que, perfectamente cubierto como los demás, se colocó sobre el montón.

—Ya está; podemos irnos. Con esto ya estoy matriculado en tu clase y curso.

Julia no se creía lo que acaba de decir.

—Dime que es una broma…

—¿Por qué? ¿Crees que he hecho…

Julia se apresuró a cogerle la mano a Yenis.

—Nada, nada, no has hecho nada malo, tranquilo, todo está bien.

«Este chico es una caja de sorpresas. No sé de dónde ha salido, pero a mí no se me escapa.»

—Si haces el favor, vuelve a llevarnos a fuera, que tenemos que comprar material para clase.

Al día siguiente, el profesor de primera hora pidió en secretaría las matrículas de los alumnos para asegurarse de que todos sus datos fueran correctos. Una vez en el aula, los demás compañeros se extrañaron cuando vieron a Yenis, pero enseguida le saludaron y comenzaron a hacer buenas migas. Sara, por el contrario, aún no se había percatado de su presencia.

—Voy a ir pasando lista para comprobar que estéis todos. Julia —al oír su nombre levantó la mano.

—Presente.

—Yenis.

—Presente.

«¿Hum? ¿Yenis? No me suena haberle visto ayer…» pensó Sara.

—Débora.

—Presente.

«Vaya…»

—Sara.

Hubo un silencio total en el aula.

—¿Sara…?

La chica que se sentaba detrás suya se levantó y dio una palmada junto a su oído a la vez que gritaba su nombre.

—¡¡¡Sara!!!

Con este susto, ahora sí que se enteró.

—¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Presente!!!

El silencio del resto de compañeros se tornó en risas.

—Buenos días, Sara. Ve despertando, que ya estamos en clase —dijo el profesor mientras intentaba no reír.

Sara se limitó a sentarse estando totalmente colorada.






Todo se volvió borroso y luego nítido, volviendo a la realidad. Allí seguía Lara, de pie frente a Yenis.

—¿Me recuerdas ahora?

Yenis tenía la sensación de haber estado hibernando durante años. Recordó a Ana, recordó a Sara, y se llevó la mano a la cabeza. Su expresión se tornó en una gran tristeza.

—Ana… Sara… Sara… Dios, qué he hecho… —Yenis no pudo evitar soltar algunas pequeñas lágrimas, pero, aunque en el fondo no quería, intentó controlarse en la medida de lo posible. Lara lo observaba, preguntándose de quién estaría hablando, porqué lloraría…—. Lara… Todo esto ha sido culpa mía… Nunca debí venir a este mundo… Ambos nos equivocamos…

Lara sonrió y no pudo evitar abrazar a su amigo.

—Me alegro tanto de que tú también te encuentres bien… — lo soltó y le cogió la mano— Vamos, todos están esperando; ya he pasado más tiempo aquí del que me gustaría.

Yenis se soltó.

—Regresaré, pero no voy a devolverle el anillo a Víctor —Lara perdió la sonrisa.

—Pero, Yenis… ¿a qué viene esto? Pensaba que ahora tendrías todo más claro que nunca…

—Fue culpa mía venir a este planeta, pero me iré de aquí enseguida, ya he causado bastante daño.

Dirigió su mirada a Julia, que seguía inconsciente. Estiró su mano hacia ella para hacerla desaparecer, Yenis sabía que en su piso estaría a salvo.

—¿A dónde has mandado a esa humana?

—A su casa. Lo mejor es que no volvamos a vernos.

—Bueno, al fin dejará de molestarnos —ahora el tono de Lara desprendía arrogancia—. Y por fin te das cuenta de lo inferiores que son estas criaturas.

—Nadie es superior o inferior a nosotros; somos todos iguales.

—Nosotros tenemos poderes; ellos no.

—Nosotros somos lo que ellos denominarían ángeles, nada más —Yenis no pudo evitar volver a recordar a Sara y se volvió a llevar la mano a la cabeza. Su muerte había sido la más cruel con diferencia—. Lara, no quiero pelear más contigo. Por favor, entiende que no podemos dejar que Víctor se haga con el anillo. Es demasiado poderoso, y si él lo consigue, no sé de qué sería capaz…

—Aunque tuvieras razón, ni siquiera sabemos qué tiene de especial; hay muchas teorías. ¿Por qué te preocupa tanto?

—Víctor es listo, podría llegar a desenmascarar todos sus misterios. No puedo arriesgarme a eso. Por favor, entiéndelo…

Lara cerró los ojos y dio un suspiro. En menos de dos segundos tuvo en su mano una espada de agua, pero antes de que pudiera mover el brazo, Yenis la estaba sujetando contra el tronco de un árbol, inmovilizándola y sujetándole el brazo en alto. Su espada desapareció.

—No voy a perder esta vez, Lara —la mirada de Yenis esta vez era muy decidida.

—Te recuerdo que ahora estamos al mismo nivel. Resistirte no te llevará a ningún sitio.

Le molestaba admitirlo, pero Yenis sabía que tenía razón.

Ponte el anillo.

De pronto, Yenis soltó a Lara y dio un salto hacia atrás para mantener las distancias.

—¿Qué has dicho?

—¿Qué he dicho… de qué? —Lara no entendió su reacción.

El anillo…

«Tiene que ser una broma… Pero Lara no tiene ese poder… O puede que sí… Espera, no sé si ha llegado a conseguir su habilidad especial…»

—Yenis… ¿estás bien…? —Lara empezaba a estar preocupada.

«No sé de quién era esa voz, pero si no es un truco, soy el único que la ha oído… ¿y cómo sabe que yo tengo el anillo? Esto es muy raro…». Yenis tocó su medallón. No estaba nada seguro de lo que iba a hacer…

—Yenis, venga, vámonos, seguramente te encuentres algo confuso por todo lo que ha pasado, pero en cuanto volvamos…

Yenis cogió su colgante y de un tirón firme rompió el cordel que lo sujetaba a su cuello.

—No pienso ir bajo tus normas.

Lara no vaciló y tenía claro que esta vez iría a lo rápido pero seguro: dejarle inconsciente para volver a casa de una vez por todas. Creó una masa acuática que en cierta medida recordaba al que le había dejado K.O. la última vez, pero no tenía ni por asomo tanto tamaño ni irradiaba la misma energía. La lanzó.

Fue tan rápido que ni Lara pudo distinguir lo que pasó: de un toque con su mano, Yenis partió el ataque en dos y ambas mitades de agua desaparecieron.

«¡¿Acaba de anular mi ataque?! Pero, ¡¿cómo?!»

El cuerpo de Yenis comenzó a rodearse de un aura en tonalidades negras y púrpuras. Su mirada ahora expresaba la sorpresa más absoluta, y sabía que su amiga estaría igual de estupefacta.

—Yo tampoco lo entiendo, pero… —Yenis levantó su mano derecha, en la que ahora tenía puesto el anillo, con su gema violeta brillando de forma llamativa— creo que esto es el elemento oscuridad.

—¿El… el elemento…? ¡Es imposible! ¡Ni tú ni yo ni nadie dominamos ese poder!

Pero Lara recordaba lo que les habían enseñado en la academia: «ambos elementos permiten a su usuario anular ataques de los otros seis». No era posible, así que lanzó una rápida esfera de agua a Yenis. Pero éste la detuvo sin dificultad y la sostuvo en su mano. Acto seguido cerró el puño y la esfera desapareció.

Lara creó otra y la lanzó, a lo que Yenis respondió con una bola de fuego de igual tamaño y densidad. Ambos ataques chocaron y generaron algo de vapor. Cuando se dispersó, Yenis había desaparecido. Lara dirigió su mirada hacia todas direcciones… Hasta que él salió de la única en la que no había mirado por pura lógica: su sombra. El cuerpo de Yenis se había fusionado con la sombra de su amiga. Emergió del suelo, la cogió por la ropa, desplegó sus alas y ambos se elevaron. Ya a una cierta altura, Lara sacó sus alas y Yenis la soltó.

—Yenis… ¡¿Desde cuándo tienes este poder?!

—Yo tampoco entiendo qué pasa, pero sentí como si el anillo me llamara. Me lo puse y… creo que acabo de despertar el elemento oscuridad…

—No digas tonterías; es imposible despertar el elemento oscuridad. O el de la luz. Ambos son elementos primarios en caso de poseerlos. ¡Estudiamos eso juntos!

Yenis sabía que tenía toda la razón, pero dirigió su mirada a su cuerpo, que emitía luces muy oscuras…

—¿Entonces cómo llamarías a esto?

Ella no supo qué responder.

—Lara, no podemos darle este anillo a Víctor. Mira lo que he conseguido yo. No sabemos lo que puede conseguir él.

Lara se mantuvo en silencio. Hasta que sus alas desaparecieron y comenzó a caer en picado. Yenis sabía que esa caída podía matarla, como a cualquiera, pero era imposible que se hubiera quedado sin energía tan pronto. Voló lo más rápido que pudo para alcanzarla.

Ya frente a ella, se disponía a cogerla, pero su amiga sacó rápidamente su mano impregnada con una pequeña cantidad de electricidad. En clases habían estudiado que el cerebro se guía por impulsos eléctricos, así que pensó que podría anular su consciencia y llevarlo dormido hasta casa. Pero Yenis cogió su mano sin ningún miedo, y su elemento desapareció. Lara no podía creer lo que estaba pasando. Al contrario que Yenis, que era más impulsivo, ella no quería poner los hechos por delante de las lecciones que había aprendido en clase.

—No pienso permitir que nadie más sufra por mí.

Yenis la abrazó y, aunque no lo vio, Lara llegó a soltar una lágrima. Seguían cayendo. Y lo que pareció una suave caricia en su cabeza acabó dejándola inmersa en un sopor profundo. Sin saberlo, Yenis le copió la idea a Lara, pero por suerte él conocía hechizos de sueño. Usó sus alas para frenar la caída y fue descendiendo suavemente hasta volver al suelo.

Miró sus manos, se concentró y consiguió hacer desaparecer el aura oscura que desprendía. El anillo dejó de brillar, pero la gema no perdió su color violeta.

Se dio la vuelta y miró por última vez el paisaje que podía verse desde allí… Pensó que podía entregarse a la policía confesando que había sido el autor de dos asesinatos, pero ni tenían pruebas contra él ni eso ayudaría a nadie. Decidió que lo mejor que podía hacer era irse de allí de inmediato para no volver jamás.

Pero había algo más… ¿Qué acababa de pasar? Al ponerse el anillo pareció ganar el poder del elemento oscuridad... Las cosas cada vez tenían menos sentido. Existían objetos que potenciaban los poderes, que pueden servir de ayuda para progresar con tu elemento… Incluso había algunos pocos que pueden ayudar a despertar tu siguiente elemento, pero la luz y la oscuridad eran los elementos primarios, los elementos fuente por así decirlo, y solo una persona tuvo el poder de la oscuridad hace décadas. Respecto al de la luz, solo unos pocos tuvieron la suerte de poder usarlo, y Yenis no tenía antepasados que hubieran poseído ninguno de los dos. Además, tendría que haber nacido con él; si se posee, sería el primer elemento... Levantó su mano y miró el anillo, esperando poder hablar con la voz que acababa de escuchar.

—Si estás ahí, háblame… ¿Quién eres?

Yenis no obtuvo respuesta, aunque tampoco esperaba conseguirlo. No entendía nada, pero lo que más le importaba en ese momento era arreglar cuanto antes este desaguisado.

Abrió un portal y, una vez hecha la conexión entre ambos mundos, teletransportó a Lara hasta su casa. Era cuestión de minutos que despertara. Luego lo cruzó. Se encontró de vuelta en su mundo, frente al castillo del que se había escapado. Todo estaba exactamente igual, era como si nada hubiera sucedido en este tiempo. A su espalda, unas cuantas escaleras más abajo, se distinguían las casas y negocios de la capital, pero se dirigió al interior del castillo; debía aclarar bastantes cosas.

—Ha vuelto… Hefesto, ¿te encargas tú? —los cuatro antiguos compañeros de Yenis estaban sentados sobre la gran puerta abierta de palacio, habían acudido allí en cuanto sintieron la energía del portal.

—No… id vosotros. No quiero pelear contra él.

—Siempre has sido demasiado condescendiente—Ítalo dirigió la mirada a sus otros dos compañeros— Vamos —los demás asintieron.

Yenis se detuvo. Conocía perfectamente el origen de esas tres fuentes de magia.

—Al fin has decidido volver... ¿Y Lara?

—A salvo. No debéis preocuparos por ella.

Ítalo parecía estar leyéndole la mente con la mirada.

—Supongo que dices la verdad… ¿Eh? —la mirada de Ítalo se dirigió a la mano derecha de Yenis, donde se encontraba el anillo— ¿Te has… atrevido a ponértelo…?

Yenis se mantuvo en silencio.

—Dejadme pasar, por favor.

Jacob y Démeter dieron un paso al frente.

—Sabes que no podemos hacer eso.

Lo único que podía oírse eran las hojas de los árboles arrastrándose por el suelo.

—Los tres hemos sentido lo que, por eliminación, no puede ser otra cosa que el elemento oscuridad. No sé cómo has conseguido ese poder, pero no creo que sea algo que puedas controlar. Ni tú, ni nosotros.

—¿Y pretendes dárselo a Víctor para que lo controle él?

—Somos la Guardia Real, nos debemos a su causa.

—Antes que guerreros somos ciudadanos. Créeme, no puede salir nada bueno de darle este anillo.

Jacob y Démeter no vacilaron: el primero lanzó un ataque eléctrico que tomó la forma de un dragón que se movió en dirección a Yenis a la vez que evitaba chocar con el ataque de Démeter, el cual consistía en arrancar el pavimento del suelo para lanzárselo. Se levantó una polvareda entre la que Yenis desapareció. El truco de moverse por las superficies en forma de sombra le estaba siendo realmente útil, pero Jacob, aunque sorprendido, pudo sentirlo y su dragón fue a por él con lo que se vio obligado a emerger del suelo y sacar sus alas.

—Parece que no puedes teletransportarte cuando estás en modo sombra.

Démeter aprovechó la intervención de su compañero para arrancar trozos del suelo y lanzárselos, pero Yenis los esquivó sin demasiada dificultad. A continuación, Démeter pasó a primera fila, teletransportándose junto a Yenis. Comenzó una lucha a base de golpes, patadas, agilidad, esquives… Pero Jacob no había perdido el tiempo: el cielo había comenzado a nublarse y empezó a llover. Yenis, a pesar de sus experiencias con Lara, supo que debía andarse con ojo, tratándose de Jacob. Puede que el agua no fuera su elemento principal, pero se trataba de un miembro de la Guardia Real. Más se empezó a preocupar cuando vio que Démeter se retiraba y se cubría a sí mismo con un escudo de tierra. La lluvia seguía cayendo, pero a Yenis le dio un pequeño chispazo. Y otro, algo más notorio. Cambió su posición, pero seguía notando las gotas de agua cada vez más pesadas. Entonces lo entendió: Jacob estaba cargando determinadas gotas de agua con electricidad. Entre los millones de éstas que había en el aire en ese momento, algunas que caían sobre Yenis lo hacían cargadas eléctricamente. Para eso hacía falta una gran precisión, pero no le sorprendía que pudiera hacer algo así. Pero ¿entonces qué le protegía a él mientras ejecutaba esa técnica?

Yenis intentó usar su nuevo elemento para anular la electricidad del agua que le estaba cayendo, pero no fue capaz.

«Creo que aún no puedo anular técnicas de un nivel tan alto…»

La cosa se estaba poniendo fea: ahora entendía por qué Démeter había corrido a escudarse: las nubes que le cubría empezaron a oscurecerse más y más. Era obvio lo que se avecinaba: un rayo. Yenis no podría anularlo, y entendió el plan de los tres: Démeter le distrae, Jacob carga su ataque definitivo y Ítalo…

«Espera, ¿dónde está Ítalo?»

Yenis se puso a inspeccionar visualmente el campo de batalla. Ítalo no estaba, o al menos no se le veía.

Era peligroso, pero ya se preocuparía por él después, tenía que centrarse en protegerse de lo inminente. ¿Quizá usar el Tsukuyomi e intentar engañarles con una ilusión? No, no había tiempo y además… Es posible que después de ellos tuviera que enfrentarse con Víctor, y necesitaría todo el poder posible. Es cierto que ahora tenía ese anillo, pero no sabía de qué más sería capaz, y aunque había ganado varios combates con la ayuda de la suerte, esto no era ninguna broma.

«Para frenar una gran técnica lo más rápido es atacar a su epicentro…»

Yenis lo tuvo muy claro y se lanzó en picado hacia Jacob, con su cuerpo rodeado de fuego. Las gotas de agua que llegaban sin electricidad se evaporaban antes de tocarle.

—Ya está listo.

Ítalo apareció entre bancos de niebla y tanto Jacob como Démeter abandonaron su posición y retrocedieron junto a su compañero. Y las nubes comenzaron a dispersarse.

—Kurohitsugi.

Una luz blanca envolvió a Yenis por completo. Aunque para él fue todo el espacio que le rodeaba, por fuera se trataba de un simple cubo de tamaño considerable sobre el suelo.

—Justo a tiempo, Ítalo. Por poco me mata.

—Lo cierto es que no me pareció que tuviera esa intención, pero sí que hubieras quedado mal, sí —dijo Démeter.

—Tranquilos, ahora que está ahí dentro, es cuestión de minutos que caiga dormido y la técnica se deshaga sola automáticamente… —dijo Ítalo, confiando plenamente en su habilidad.

Yenis nunca había visto la Habilidad Especial de ninguno de los tres compañeros con los que se enfrentaba, así que creó una espada de fuego y extremó las precauciones. Todo estaba blanco y no había nada.

—Aunque aquí parezca infinito, seguro que por fuera es tan solo un pequeño espacio. Lo mejor es quedarme quieto y pensar en cómo salir de aquí…

—No hace falta que lo hagas…

Yenis sintió un escalofrío al oír esa voz, ya que la conocía perfectamente. Una figura apareció a su espalda con su sonrisa habitual.

—Ehm, hola… ¿Me has echado de menos…? —dijo la chica recién aparecida mientras levantaba su pequeño brazo a modo de saludo y se recolocaba las gafas.

—Sara… —Yenis intentó mantener la cabeza fría— Venga ya… Esto es jugar demasiado sucio…

—¿De qué hablas, Yenis? Estoy aquí… —tras ponerse de puntillas, alargó el brazo para acariciarle la cara.

Ítalo, Jacob y Démeter seguían conversando frente al cubo.

—Por cierto, Ítalo, ¿en qué consiste tu técnica? ¿Qué le está pasando a Yenis ahí dentro?

Ítalo le dedicó una sonrisa y procedió a explicarlo.

—Crear esto me supone mucho tiempo y energía, pero siempre vale la pena: es una técnica infalible, nadie ha podido resistirse. En estos momentos, Yenis está viendo a la persona que más…

Pero antes de que acabara la frase, el cubo dejó de brillar en su color blanco y empezó a agrietarse, hasta romperse del todo y dejar a la vista a Yenis, para sorpresa de los tres, perfectamente despierto.

Ítalo no podía creer lo que estaba viendo.

—Pero… ¡¿Cómo…?!

—Sara murió. Lo tengo más que asumido —el cuerpo de Yenis empezó a emitir un aura oscura y empezó a caminar hacia Ítalo—. Lo que más me duele no es que me hayas querido engañar con esto, ya que tú no sabes si la persona a la que se ve está viva o muerta…

Jacob y Ítalo fueron a por Yenis con sus cuerpos rodeados por electricidad y viento mientras Démeter apareció sobre Yenis con sus alas queriendo asestarle un buen golpe.

—¡… sino que fui yo quien la mató por culpa de mi estupidez!

Entonces Yenis emitió una onda expansiva generada por el poder del anillo que alcanzó a los tres: Jacob y Ítalo perdieron sus auras, y el viento fue tan fuerte que hizo retroceder a Démeter y le mandó de vuelta al suelo.

Yenis juntó sus manos y dos copias suyas se crearon a ambos lados, ambas también con un aura oscura. Una fue a por Ítalo envolviéndole en un remolino negro y otra a por Jacob, rodeándolo de fuego. Diera la impresión de que Yenis intentaba hacer algo más, ya que esperó un par de segundos antes de lanzarse, pero su clon fue igualmente a por Jacob rodeándolo con un círculo de fuego y aumentando cada vez más la temperatura. El original se convirtió en una sombra y fue por el suelo hasta donde estaba Démeter, el cual respondió con un puñetazo, pero incluso en ese estado, Yenis seguía siendo extraordinariamente rápido. Consiguió cogerle por un brazo, elevarse en el aire con sus alas y lanzarlo de vuelta al suelo.

Habían perdido. Tres miembros de la Guardia Real contra un chiquillo que había traicionado al reino.

Ítalo era el que mejor mantenía la consciencia, así que se dirigió al chico.

—¿Acaso no tienes intención de acabar con nosotros? Parece que te conformas simplemente con inhabilitarnos, por lo que podríamos volver…

—Solo he venido a enmendar mis errores.

—De verdad, no logro entender qué te ronda por la cabeza…

Yenis se mantuvo en silencio y dirigió su mirada al castillo, pensando en la lucha que seguramente le esperaría en breve.

—Si salgo vivo de esta… Te prometo que todos saldremos ganando. La gente lo entenderá. Mucha gente ya sabe lo que está pasando —Ítalo hizo un gesto de indiferencia, sonriendo sin dar importancia a esas palabras—. Tú cuida de tus compañeros.

Yenis podía haberlos llevado al hospital, pero no se morirían por eso, ni sería bueno que se recuperasen tan rápido como para que pudieran volver para empeorar aún más las cosas. Habría tiempo para curarles cuando todo hubiera acabado. Se dirigió a las puertas del castillo, cuando un viejo amigo apareció ante él.

—¿Es que no vas a enfrentarte a mí? Sabes que la última vez que luchamos, perdí…

—Sabes que la última vez que luchamos no fuiste en serio. No me extrañaría que tuvieras alguna Habilidad más aparte de la Espada de Belenus —Hefesto sonrió.

—Espero que no te equivoques —acto seguido desapareció.

Yenis dejó de sentir su energía por completo. O se estaba ocultando de manera excelente o se acababa de marchar de verdad. Por algún motivo quería confiar plenamente en él. A continuación, pensó en Víctor, en sus poderes, en sus propias posibilidades… No tenía por qué haber lucha. Tal vez podían llegar a un acuerdo civilizado… O a lo mejor era el momento de acercarse a la puerta, intentar sentir si había alguien dentro y entrar silenciosamente, cosa que hizo.

Nada, la sala del trono se encontraba totalmente vacía. O eso parecía.

—Vaya, has vuelto.

Yenis reconoció al instante la voz de aquel que no había podido ser coronado. Pero no vio a nadie.

—Víctor…

—No te preocupes, no son necesarios el acero ni la magia.

—¿Entonces por qué te escondes? No te veo por ninguna parte…

Yenis miraba en todas direcciones, intentando localizar el origen de su voz, pero el sonido rebotaba por todas las esquinas. Hasta que ésta pasó a distinguirse sin problema alguno.

—Faltaría más. No tengo porqué esconderme.

Víctor apareció a pocos metros detrás de Yenis. El chico empezó a pensar qué clase de técnica le permitía hacerse invisible. Hay maneras de hacerse invisible, pero unas son poco efectivas, otras fáciles de sentir si se es suficientemente hábil, y Yenis se veía capacitado para ello.

—No hace falta que me analices constantemente, Yenis. No tengo intención de luchar contra ti —Víctor desprendía una sonrisa aparentemente encantadora, pero había algo en su tono que desestabilizaba al chico.

—¿Para qué quieres este anillo? —Yenis levantó su mano. Víctor no pudo evitar sentirse algo sorprendido.

—Vaya… ¿Así que te lo has puesto y de verdad has ganado el poder de la oscuridad? Esto sí que es algo nuevo y nunca visto… Realmente me gustaría estudiar tu caso a fondo.

—No has contestado a la pregunta.

—Venga, Yenis, no seas así. Sabes que me eligieron por mis habilidades; yo nunca busqué esta posición social. Ese anillo puede ayudar en las investigaciones de la magia y sus orígenes, dios sabe los secretos que el rey Azrael pudo descubrir gracias a él, o vete tú a saber si fue el propio rey quien lo creó... Gracias a sus poderes podríamos progresar enormemente, llevar a nuestro pueblo a una nueva era…

—Todo eso está muy bien, pero lo mejor sería que fueran los ciudadanos quienes eligieran esos cambios, y quién los llevará a cabo.

—¿Y el que los llevaría a cabo serías tú? ¿Por eso quieres quedarte el anillo?

—Yo no he dicho eso…

—Primero me robas el anillo, ¿y luego vienes aquí a desafiarme? ¿Qué pretendes entonces si no es arrebatarme el trono?

—Solo quiero que al rey lo elijan los ciudadanos mediante una votación, nada más. Luego le entregaré el anillo a la persona que…

—No vas a volver a escapar de aquí —la expresión de Víctor cambió y éste apareció junto a Yenis en milésimas de segundo, aunque él pudo alejarse por los pelos.

«Esto no es bueno… Me iguala en velocidad… si es que no me supera»

Yenis imbuyó su mano en oscuridad y se mantuvo a la defensiva.

—Vaya… Realmente has adquirido el elemento oscuridad… Será un placer averiguar cómo cuando hayamos zanjado este asunto.

—Y así la bestia revela su verdadera naturaleza…

Víctor sonrió a la par que todo su cuerpo se envolvía en un velo blanco y brillante. Era la primera vez que Yenis veía el poder de la luz. Entonces Víctor desapareció.

«Otra vez… Esto no es bueno.»

Yenis empezó a mirar de nuevo en todas direcciones intentando localizarlo.

—¿Sabes por qué te acepté entre mi guardia personal?

Yenis pudo vislumbrar un brillo. Disparó hacia ese punto y la luz desapareció, pero enseguida volvió a oír su voz.

—Realmente pensaba que estarías a gusto y coincidirías con mis ideales, pero ya veo que no es así.

Otro brillo apareció en otro punto. Yenis disparó, pero el resultado fue el mismo.

—¿Por qué no puedes darme un voto de confianza?

—¡Pude sentir tus ansias de poder poco antes de la coronación! ¡Quizás puedas engañar a los demás, pero yo sé cómo piensas!

Intentó averiguar su posición, pero la voz provenía de todas partes y no había rastro visual por ningún lado.

—¿Sabes? Yo debería ser padre ahora mismo, pero el destino fue cruel y mató a mi hijo al nacer, al igual que a mi esposa. Aquel fue el peor día de mi vida. Si te soy sincero, la verdadera razón de que aceptara tu entrada en mi guardia personal… —aunque su voz seguía oyéndose de lejos, Víctor apareció frente a Yenis como si tal cosa— era que algún día pudieras verme como a un padre. Aún eres joven…

Yenis rápidamente se alejó de un salto, juntó ambas manos, creó una copia suya, se convirtió en sombra y fue por el suelo hasta Víctor, emergiendo e inmovilizándolo.

—Yo ya tengo un padre y una madre. Y me han dado todo su cariño día tras día.

Entonces Víctor cerró los ojos, su cuerpo desprendió un aura blanca y la sombra de Yenis desapareció, dejándolo libre.

Entonces Víctor copió la técnica de Yenis, solo que a la inversa: de su mano salió un ataque de luz directo a él. Pudo esquivarlo, pero lo siguiente llegó demasiado rápido, ya que Víctor apareció detrás de él con una espada de luz, a lo que Yenis pudo responder con un escudo oscuro, pero que enseguida empezó a romperse. Yenis sacó sus alas y se elevó antes de que lo cortase en dos. Estiró sus manos y decenas de esferas de oscuridad cayeron sobre Víctor causando una gran humareda, pero él también se elevó, sin ningún rasguño. Fue directo hacia Yenis y empezó a atacarle utilizando la fuerza bruta, el chico solo podía intentar defenderse. En ese campo, desde luego Víctor tenía las de ganar, hasta que hubo un puñetazo que Yenis no pudo esquivar, causándole algo de sangre. Otro más se dirigía hacia él, pero pudo pararlo con su mano, que inmediatamente rodeó de fuego, con la esperanza de que hacer retroceder a Víctor, pero enseguida se apagó.

—¿Acaso olvidas que yo también puedo anular los elementos?

Yenis empezaba a preocuparse, no le gustaba el rumbo que estaba tomando ese combate. Pensó en la pelea contra Jacob y los demás. Aquello que había intentado hacer… Valía la pena intentarlo de nuevo. Lanzó a Víctor varias bolas de fuego, tan solo para crear una distracción y otra gran humareda. Embebió su cuerpo en oscuridad y su mano con fuego para proceder a concentrarse. Nunca había pensado que podría usar uno de los dos elementos primarios, pero si era capaz, tal vez…

Víctor volvió al suelo, levantó a Yenis cogiéndole por el pelo y con la otra mano lo mandó hasta la pared de un puñetazo.

—Venga, hombre… Ambos sabemos que aún no me he puesto serio ¿y ya estás así?

Yenis se incorporó y se sacudió un poco la ropa.

«Esto no va a ser fácil…»

Sin perder tiempo, Yenis apareció junto a Víctor y le lanzó un tornado lo más grande que pudo, elevándole y zarandeándole en el aire. Acto seguido lo impregnó de fuego, y el tornado se hizo aún más grande. Entonces creó un montón de canicas de metal que se movían alrededor de Víctor, y que empezaron a atacarle realizando diversos movimientos. A Víctor le costaba seguir el ritmo de los ataques de Yenis. Entonces él, de nuevo, llenó su cuerpo de oscuridad y su mano de fuego, intentando llevar a cabo una técnica de nivel avanzado que solo había visto en libros…

—Vamos… ¡Vamos!

Hasta que de pronto, el fuego de su mano se tornó de un negro tan oscuro como el resto de su cuerpo. Yenis no dudó, y disparó hacia el tornado para añadirle el ataque que acaba de crear, pero antes de que pudiera fusionarse, Víctor hizo desaparecer el tornado mientras permanecía en el aire.

—Me impresiona que hayas sido capaz de recrear una técnica tan poderosa como el Amaterasu… Pero eso ya no puedo dejar que lo uses contra mí.

Víctor conocía perfectamente esa técnica, se podía encontrar en los libros avanzados que él había tenido que leer durante su formación especial, pero le sorprendió que un chiquillo como Yenis también la conociera, aparte de haber podido usarla, aunque claro, tenía los dos elementos necesarios para hacerlo.

Quizá no sea buena idea subestimar del todo a este chico…

—Realmente me has sorprendido. Sabía que tenías talento, pero esto ya… está a otro nivel, sin duda.

—Víctor… No pienso dejar que te salgas con la tuya.

—Qué atrevido por tu parte. A los ojos de los demás no soy yo quien ha traicionado al reino.

—Y a los míos acabas de mostrarles tu verdadera cara —Yenis lanzó una esfera de Amaterasu, pero Víctor la esquivó simplemente moviendo la cabeza. Aun así, Yenis sonrió.

«Bien… Tal como pensaba, lo difícil era conseguir fusionar fuego y sombras. Una vez logrado, ya puedo hacerlo con más rapidez.»

—Ya veo que no vamos a poder entendernos… —de pronto apareció pegado frente a Yenis— Pero tranquilo, que nadie va a intervenir.

El chico retrocedió, pero a Víctor poco le preocupaba: junto ambas manos hasta que ambos quedaron encerrados dentro de un dodecaedro que iba brillando en todos los colores de forma cambiante.

—Aquí nadie nos molestará. Ahórrate el intento de romperlo, solo se deshará si su invocador cae o si lo destrozan desde fuera.

—Encerrándonos para que nadie nos escuche me dejas más claro que tus intenciones no pueden ser buenas.

—Vaya, nos ha salido agudo el chiquillo… —cogió de nuevo a Yenis por el cuello, sosteniéndolo en el aire— Pero tranquilo, que ya serás la segunda persona a la que mate—Yenis sintió como si un escalofrío le recorriera el cuerpo por un segundo.

—¡¿Quieres... decir…?! —a Yenis le costaba hablar, pero intentaba soltarse mientras empezaba a impregnar su mano en Amaterasu— Que ya has matado… a alguien… ¡¿para llegar a dónde estás?!

Quiso quemar a Víctor, pero este le soltó lanzándolo contra el suelo.

—¿Sabes cómo perdí a mi esposa y mi hijo? Fue una tragedia…

Yenis empezó a sospechar qué clase de monstruo podía tener delante.

—Quieres decir… ¡¿Qué mataste a tu esposa y a tu hijo?!

—Estás contando mal… Dije que serías el segundo en morir a mis manos…

—¡Hefesto me contó que tu esposa murió en el parto y que tu hijo nació muerto! ¡¿Cuál de las dos cosas era mentira?!

—Mi hijo… pude detectar en él un gran potencial… demasiado como para dejarme gobernar.

La mirada de Yenis decayó por completo.

—¿Mataste… a tu propio hijo…?

—Al igual que tú mataste a tu amigo… Cómo se llamaba… ¿Lander? Tú también temías que su poder creciese más que el tuyo y por eso le quitaste de en medio, ¿qué hay de malo en eso?

—¡Lander era mi amigo! ¡Nunca quise que le pasara nada! Entré a formar parte de la Guardia Real para proteger al futuro rey y no permitir que le ocurriese ninguna desgracia… No quería que nadie más sufriera por mi culpa, quise proteger al futuro monarca para que este pueblo prosperase y poder redimir mis errores… ¡No soy como tú!

Víctor no estaba prestando atención las palabras de Yenis, ya que siguió contando los hechos de su pasado:

—Debilité a mi hijo para que luego no ocurriera ningún milagro, sellando sus poderes, y acto seguido me encargué de que nadie se enterase de que había nacido sin mayores complicaciones… Para poder llevármelo al borde una cascada que hay a las afueras de la ciudad, creí que sería una forma limpia de librarme de él —Yenis no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—No tienes corazón… ¿Y Séfenir? Es tu hombre de mayor confianza. ¿Él lo sabe?

—Nadie lo sabe. Ni siquiera la matrona que atendía conmigo el parto de mi mujer, a la que tuve que lanzar un hechizo ilusorio que sigue latente, así creyó que había visto al niño salir muerto del vientre de mi esposa. Sobre la confianza… ¿crees que la plebe depositaría su confianza en alguien sin hijos, sin familia? Es una lástima, pero la mentalidad de la gente se rige por tradiciones, y una de ellas es que un buen gobernante debe tener familia, un hábitat estable… Una gran molestia, pero me temo que necesaria si quería que la gente confiase en mí.

—¿Esto significa que ni siquiera amabas a tu esposa? ¿Todo era un fraude? ¿Ibas a tener un hijo con ella como si fuera un simple trámite? —Yenis nunca había conocido a nadie así; no sabía qué debía pensar—. Mi presentimiento era cierto después de todo… Lástima que Lara no esté aquí para oírte.

—Tuve muchísima suerte de encontrar a Selena, aquella chica desamparada y necesitada, pero no te equivoques, nunca le hice el más mínimo daño ni la obligué a nada. Puede que fingiera amarla, pero ella, fuese consciente o no de mis intenciones, accedió a formar una familia conmigo. De su muerte ya no soy culpable. Lo único que quiero es reinar para siempre. Y sin mi hijo de por medio es perfectamente posible.

—¡¿Solo por eso?! ¡¿Y qué pasará cuando mueras?! ¡Nada dura eternamente!

—Cuando tenga ese anillo mi poder aumentará, estoy seguro… Y cuando desvele sus secretos estaré un paso más cerca de entender la verdad sobre este mundo y sobre la Primogénita…

Yenis se acordó de Lander, cuyas últimas palabras y aires de grandeza también habían hablado de lo mismo… Empezaba a cansarse de la misma tontería. No dudó ni un instante: creó en su mano una espada hecha en su totalidad de fuego negro y se lanzó contra Víctor.

—Supongo que te habrás dado cuenta de que te supero en velocidad, ¿verdad…?

Yenis no vaciló y continuó su ataque.

—Pero eso no es de lo que deberías preocuparte.

Entonces se elevó unos cuantos metros sobre Yenis a velocidad vertiginosa con sus alas, creando cierta masa de viento. Yenis pensó que esto tampoco era bueno, parecía que también era rápido volando. Pero eso no le amedrentó: sacó sus alas y empezó a elevarse hacia él, pero Víctor respondió simplemente estirando su mano.

—Dime, Yenis… ¿cuál es el elemento más rápido por excelencia?

Yenis pasó a tener de pronto la mirada perdida. Se había lanzado de frente contra Víctor, que está a nivel cinco, en un espacio cerrado; ¡¿cómo había podido ocurrírsele algo así?!

Fue demasiado rápido como para verlo, pero en décimas de segundo Yenis pasó a estar chamuscado mientras gritaba de dolor. Al final cayó al suelo, con su cuerpo emitiendo una leve cantidad de humo y su ropa ennegrecida.

—Imagino que olvidaste que mi segundo elemento es el rayo.

Yenis estaba realmente asustado; no podía ni mover un músculo. ¿Este era el fin?

—No puedes pretender lanzarte de frente contra alguien de nivel superior y que además domina a la perfección el elemento más rápido de todos.

«Si dominase el fuego al nivel cinco no sería así… Ya que es una reacción química que libera energía, y al no tener masa puede llegar a moverse más rápido que la luz de tus rayos… Pero maldita sea… —intentó obligar a su cuerpo a moverse, pero no respondía—. Vamos, muévete… ¡¡muévete!!»

A Yenis no le respondía el cuerpo. Víctor se puso frente a él, mientras le miraba estando boca arriba, asustado.

—Es una pena… Si hubieras tenido algo de iniciativa podríamos haber hecho grandes cosas juntos.

«¿Para qué demonios he llegado tan lejos…? Si muero ahora… las cosas no cambiarán…»

Víctor sacó una espada de luz, brillante y afilada.

—Adiós.

«He de vencer… ¡¡¡Tengo que vencer!!!»

La espada de Víctor se rompió para sorpresa de ambos al chocar contra Yenis.

Frente a su cuerpo, protegiendo la zona que iba a ser apuñalada, había surgido una pequeña barrera que le protegió, pero lo insólito era de lo que estaba formada esa barrera de aspecto cambiante en forma de llamas… Llamas tanto blancas como negras, de luz y oscuridad. Luego de que la espada rota de Víctor desapareciese, la energía de la barrera dejó de estar concentrada y se dispersó por todo su cuerpo, dándole un aura que nadie jamás había visto, ni siquiera el mismísimo rey Azrael: elementos luz y oscuridad juntos.

—Oh… —Víctor se sorprendió gratamente y cogió a Yenis por el cuello, sosteniéndole en el aire. No se había extrañado en absoluto por lo que estaba ocurriendo— Fíjate… si resulta que tú también puedes usar el poder de la luz… —Yenis no entendía nada. Intentaba soltarse, pero no podía contra la fuerza de Víctor— Así que después de todo estabas vivo, hijo mío…






Yenis no entendía lo que estaba pasando, o más bien no quería entenderlo…

De pronto, el dodecaedro en el que encerrados empezó a romperse. Víctor apartó la mirada, Yenis aprovechó para soltarse e hizo emerger del suelo una mano enorme de fuego negro, pero Víctor salió de ahí antes de que pudiera cogerle.

La estructura terminó de deshacerse y desapareció. Allí estaba el responsable, blandiendo la espada con la que lo había hecho.

—¡¿Tú también vas a traicionarme?!

—Eres tú el que ha traicionado al reino, e intentado asesinar a su propio hijo.

—Yo soy el único que ha empezado a alcanzar el poder de un dios… No me hagas tener que demostrarlo…

Hefesto no dijo más: se teletransportó junto a Yenis, le cogió con el brazo que tenía libre mientras con el otro, ahora desde el aire, lanzaba a Víctor una llamarada. Mientras se disipaba el humo se podía distinguir el boquete que se había formado en el suelo. Yenis estaba impresionado.

—Es como si el sol hubiera descendido hasta aquí…

—Tú mismo lo dijiste: me contuve en nuestro anterior combate —Hefesto dejó a Yenis apoyado en una pared—. Ahora descansa un poco, chico.

—¡¿Qué dices?! ¡No puedes con él! ¡Tengo que ayudarte! —la heroica frase de Yenis se cortó al toser algo de sangre.

—De momento tienes que descansar.

—Hefesto… No puedes con él. Anulará todos tus ataques… Tiene el elemento luz…

—Anulará mis ataques normales, pero no los que haga con mis habilidades. Tranquilo. Aunque no pueda vencerlo, al menos podré ganar algo de tiempo para que te repongas.

—¿Qué quieres dec…?

Hefesto encerró a Yenis en una esfera verde translúcida y desapareció de su sitio. Yenis notó que empezaba a recuperar las fuerzas, pero estaba demasiado confuso con lo que le había dicho antes Víctor. La cabeza le daba vueltas. ¿De qué estaba hablando? Yenis tenía unos padres. Unos padres que le habían criado desde pequeño, por siempre. Aquello no podía ser verdad… Pero, ¿entonces cómo acababa de despertar el elemento luz? Nada de esto tenía sentido…

El silencio reinaba en el ambiente, pero Hefesto no se movía de su posición y tenía todos sus sentidos bien atentos, hasta que un tajo de un blanco brillante dirigido a él cortó el silencio. Hefesto lo repelió con uno de su espada, por lo que ambos chocaron y empataron. Antes de que se disipara el humo, tanto Víctor como Hefesto permanecían en el aire, chocando continuamente, uno con una espada hecha de luz que podía competir con la de Hefesto, procedida de una Habilidad Especial. Hasta que la de luz empezó a agrietarse. Víctor volvió al suelo, desapareciendo al instante. Yenis desde su posición pensaba que se había teletransportado, pero Hefesto se temía que no fuera así, y lo confirmó cuando una serie de latigazos eléctricos comenzaron a llegarle de diversos lugares, sin que sus orígenes pudieran distinguirse.

Entonces Hefesto empezó a rodear su cuerpo de agua y blandió su espada con ambas manos, preparándose para el siguiente impacto.

—¿En serio eso es lo mejor que se te ocurre?

La voz de Víctor seguía procediendo de todas partes, así que por ahí no se le podía localizar, pero Hefesto ya contaba con ello, ese no era su plan.

Un nuevo ataque eléctrico se dirigió hacia él, pero estaba preparado: recibió el impacto y, al estar rodeado de agua con sales minerales, le dañó más de la cuenta, pero precisamente por esa conductividad, el ataque no cesaba, y a través de ese rayo comenzó a fluir velozmente una corriente de agua hasta la posición, ahora clara, de Víctor. Hefesto, rápidamente, viajó hasta ese punto y le asestó un golpe con su espada. Víctor salió despedido.

—Así que puedes hacer eso con tu elemento, ¿verdad? Desviar tu propia luz para hacerte invisible.

Yenis lo estaba escuchando todo.

—Así que así era como lo hacía antes…

—Vaya, impresionante… Eres el primero en descubrir el secreto de esta técnica.

—No por nada pude llegar a ser uno de tus guardaespaldas.

—Pero me temo que ni tú ni Yenis podéis vencerme.

Una nube negra comenzó a formarse rápidamente sobre sus cabezas.

—Espero que no hayáis olvidado que mi nivel 5 me permite crear los elementos de la nada a una buena escala.

Las nubes iban en aumento y cada vez eran más oscuras. Empezaron a sonar truenos. Yenis podía sentir claramente la diferencia de nivel, y estaba especialmente preocupado: Hefesto se estaba moviendo más lentamente que en su combate.

—¡Hefesto! ¡Esto no es nada comparado con lo de Jacob! ¡Vete de aquí!

Hefesto no se inmutó de su sitio.

—Víctor… te aconsejo que no me subestimes.

Hefesto clavó su espada en el suelo y juntó ambas palmas de las manos. En contraste con el aire frío de las nubes de Víctor, comenzó a soplar una cálida brisa. De pronto, las nubes se fueron disipando y una luz anaranjada brillante empezó a emerger entre ellas.

Víctor no estaba tranquilo. Cargó un ataque de luz y se lo lanzó a Hefesto, pero un escudo del mismo color dorado que la luz superior evaporó ese ataque.

De esta manera, hizo acto de presencia una enorme ave dorada envuelta en llamas.

—Este es…

—Osiris. O a lo mejor… la conoces más como el Ave Fénix.

—Hefesto… Sabes cuál es el precio por invocarme, ¿verdad? —para sorpresa de Yenis, el enorme pájaro podía hablar. Hefesto bajó la cabeza, pero inmediatamente volvió a levantarla, con una mirada decidida.

—Puedes llevártelos, ahora lo importante es vencer al enemigo.

—Nunca antes habías tenido que invocarme, debe ser un gran oponente… —Osiris miró a Víctor con atención durante un par de segundos— Un usuario del elemento luz… Realmente ha habido muy pocos como este.

Víctor lanzó un rápido ataque de rayo al pájaro, pero desapareció antes de tocarle.

—No debes subestimar a un dios —dijo el Ave con toda su soberbia.

Entonces una luz azul emergió de Hefesto hacia Osiris. Mientras el dios se fortalecía, Hefesto parecía haber envejecido diez años en un instante.

—Hefesto… Qué has... —Yenis no entendía lo que pasaba.

—Este es el precio por el poder de Osiris… Una parte de mi vida… Pero no creas que es en vano —dirigió su mirada hacia Víctor, que intentaba volar y teletransportarse lejos de ahí, aunque sin éxito—. No puedes escapar de esto… —Hefesto levantó su mano derecha y la bajó apuntando hacia Víctor— ¡¡¡Adelante!!!

—Si no puedo salir de aquí volando, siempre… —Víctor se disponía a salir corriendo de ahí, pero entonces unas columnas de fuego negro le cortaron el paso.

—¡Yenis! —dijo Víctor, viéndole sobre él mientras le apuntaba con un arco hecho del mismo fuego con el que le retenía en el suelo.

—Sabía que no me fallarías, muchacho. ¡Acabemos con él!

—¡Sí!

El Ave Fénix lanzó una gran llamarada dorada y Yenis una flecha. Ambos ataques se fusionaron y crearon una esfera de fuego negro brillante. Pero entonces a Víctor le cambió la expresión de la cara, al mismo tiempo que unía sus dos manos como si sostuviera algo entre ellas, cada una abierta hacía una dirección, verticalmente.

—Que el dios del tiempo se revele ante mí…

De pronto todo se congeló. Incluso Osiris: todo y todos estaban ahora totalmente paralizados.

—Que consiguiera desarrollar esta técnica demuestra que he empezado a acercarme a la Primogénita. Y aunque solo pueda ejecutarla una vez al día… —entonces estando frente a Hefesto, sacó una daga de su ropa y le atravesó— es más que suficiente, ¿no crees?

E inmediatamente todo volvió a la normalidad, pero la esfera de fuego desapareció antes de impactar contra el suelo, mientras Hefesto caía, desangrándose, y Yenis estaba confuso. Reaccionó y fue hasta Hefesto, tras lo que hizo retroceder a Víctor con un tajo de oscuridad.

—¡¿Qué ha pasado?! ¡Hefesto, ¿estás bien?!

—He congelado el tiempo. Solo han sido unos segundos, pero me ha bastado para acabar con él.

—¡¡¡Silencio!!! —lanzó una rápida bola de fuego a Víctor— ¡Hefesto! ¡Vamos, aguanta!

—Je… Nos ha engañado a los dos… —Hefesto no podía moverse, y la herida no dejaba de sangrar.

—¡Hefesto! ¡Venga! ¿Me vas a decir que alguien capaz de invocar a un dios no puede aguantar más?

—Ten en cuenta… Que te estuve protegiendo todo el tiempo… Eso agota más de lo que crees…

—La esfera curativa de antes… ¡¿La mantenías usando tu propia energía?! ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Yo no valgo la pena! ¡No puedo vencerle!

—Je… Eres… el primer ser en toda la historia que es capaz de usar los dos elementos principales juntos… ¿Y dices que no puedes vencerle? Pues si no puedes tú…

«Espera un momento… ¡tiene razón! He conseguido un doble poder que nadie había tenido nunca. Y si… —Yenis puso sus manos sobre la herida de Hefesto—. Domino los dos elementos principales… Toda la magia, todas las técnicas parten de aquí… Quiero usar magia curativa… Quiero curar esta herida ahora mismo…»

Pero nada ocurrió.

—Chico… Hasta el ser más habilidoso necesita entender una técnica antes de ejecutarla… No puedes pretender usar magia que no conoces… —lo que más le dolía a Yenis era que Hefesto no perdía la sonrisa.

—Hefesto, por favor… No te vayas… No puedo vencerle sin tu ayuda…

—Coge mi espada…

—¿Qué?

—Que cojas mi espada. La Espada de Belenus.

Yenis se percató de que la tenía justo al lado. La cogió por la empuñadura y, sin esfuerzo, la sacó del suelo. Hefesto comenzó a pronunciar unas palabras. Entonces Yenis empezó a sentir como el poder de la espada comenzaba a fluir por su interior…

—¿Qué me has hecho…?

—Te he transferido mi habilidad... Ahora la Espada de Belenus es tuya.

—Hefesto, no puedes… Esta habilidad la despertaste tú. Yo no puedo controlarla…

—Aquel día… Me apuntaste con ella como si tal cosa… No te quemó ni te pesaba… Eso demuestra que eres perfectamente compatible con ella. Puede que incluso más que yo…

—¡No! ¡Esta arma es tuya! ¡Te pertenece a ti!

—No… Yo ya no pertenezco… a esta tierra…

Yenis dejó de sentir su energía. Su fuerza, su magia… Todo se había esfumado.

—Vaya, vaya, vaya… En fin, supongo que eso le pasa por decirme cómo debo educar a mi hijo… Por cierto, ahora que estamos más tranquilos, supongo que quieres unas explicaciones, ¿no? Te las daré encantado.

Yenis seguía sosteniendo en silencio la Espada que hasta ahora había sido de Hefesto, pero finalmente le respondió, mientras sostenía en su mano una esfera de luz.

—Lo único que no puedo explicar… —dijo mientras miraba su mano— Entonces dime, ¿cómo estás tan seguro de ser mi padre?

—Nada más nacer te puse un sello. Una especie de candado para tu magia, por así decirlo. No sabía que dominarías uno de los elementos principales; mucho menos los dos, ¡imagínate! Así que me limité a sellar tu magia principal, y por lo que se ve funcionó durante bastante tiempo…

Ahora Yenis lo entendía todo. Toda su infancia, sus dificultades para usar la magia, su esfuerzo por dominar el fuego. No era su primer elemento, sino el segundo. Tanto luz como oscuridad contaban como el primero. No se esforzaba para dominar su primer elemento, se sobreesforzaba para dominar el segundo a la altura de lo que debería dominar el primero a esa edad. Y el elemento luz… Si lo había heredado de alguien, ni siquiera en la historia de Víctor se hablaba de parientes cercanos que lo hubieran poseído… Cada vez había menos dudas de que él realmente fuera su padre…

—Así que… Llevo toda mi vida limitado…

—Exacto. Pero me impresionas, llegaste a manejar tu segundo elemento al nivel de como deberías llevar el primero, o en tu increíble caso, los primeros. Pero no contaba con que el anillo de Azrael fuera tan poderoso, y mucho menos que acabara en tus manos, porque parece que consiguió romper el sello con solo ponértelo... Porque eso fue lo que pasó, ¿verdad?

«Tiene razón. En aquel momento… Aquella sensación de poder… Y que el anillo no me transmitiera rechazo… El elemento principal del rey Azrael era la oscuridad, elemento que yo también comparto, y él encerró su poder aquí… Cómo debía ser de poderoso para que, con solo ponerme su anillo, éste ya pudiera deshacer el hechizo de sellado…»

—Dime una cosa… ¿qué piensas hacer con todos cuando se enteren de esto?

—No es algo por lo que debas preocuparte, hij…

Sin que a Víctor le diera tiempo a darse cuenta, Yenis pasó a estar frente a él con la espada cargada de fuego negro apuntándole.

Atacó. El impacto expulsó a Víctor hacia atrás contra la pared a velocidad vertiginosa. Víctor empezó a gritar por las quemaduras del Amaterasu, pero tras unos segundos consiguió anularlo.

—No está mal… Pero olvidas que te supero en nivel —entonces Yenis apareció detrás de él sin que Víctor pudiera volver a anticiparse.

—¿Y lo sigues haciendo en velocidad?

Yenis le dio un puñetazo y volvió a salir despedido.

—Así que… Esa espada también aumenta tu fuerza física, eh… ¡Pero así tampoco vas a poder vencerme!

Yenis se mantuvo en silencio desde su posición. Sacó tres elementos y los añadió al ataque de la espada, lanzándole un tajo de fuego negro y blanco a Víctor, que no le dio tiempo a esquivar, pero pudo desviarlo hacia una pared, haciendo un agujero en ella.

—¡Ya veo que sabes aprovechar su poder, pero eso no será suficiente!

—Idiota —a Víctor le sorprendió de nuevo que Yenis apareciese a unos metros detrás de él— Ese no era el poder de la espada, sino una simple estocada.

Yenis tomó aire, el suelo comenzó a levantarse, rompiéndose en pedazos. La superficie alrededor suyo se rompía y ascendía, y Yenis empezó a emitir una brillante luz; negra, blanca y azulada.

—Qué demonios… ¡¿Qué es toda esa energía?!

—Trifuerza… ¡¡¡de Belenus!!!

Fueron tres segundos de reloj de absoluto silencio. El enorme tajo de energía desapareció después de pasar junto a Víctor y chocar contra el techo del castillo: un corte totalmente limpio acababa de partirlo en dos. Ahora toda la luz solar entraba por la parte superior. Víctor seguía en su sitio, tieso como una tumba. Una gota de sudor le caía por la frente.

—Qué pena… he fallado. La próxima vez no lo haré.

Víctor se asustó, pero mantuvo la sangre tan fría como su mirada. Más fría se volvió cuando la espada de Yenis desapareció, terminando por aparecer ante él armado con una espada de luz, pero éste pudo defenderse con una de oscuridad, aunque era la respuesta que Víctor esperaba.

—Parece que ya no eres tan gallito como antes, ¿eh? —Yenis se mantuvo en silencio— No hace falta que disimules, está claro que ese último ataque y el uso de esa espada ya te ha dejado con la mitad de tu fuerza.

—Tengo fuerza suficiente para vencerte —dicho lo cual creó una nube de fuego negro sobre Víctor y bajando un brazo empezó a desprender agujas ardientes. Víctor retrocedió.

—Te gustan demasiado los faroles, pero no vas a poder vencerme ni con tu nivel ni con esos poderes de segunda. ¡Deberías entregárselos a quien de verdad los merezca!

Comenzó a cargar todo su cuerpo de electricidad y a lanzar ataques. Yenis esquivaba unos, anulaba otros y algunos los contraatacaba, pero enseguida supo la intención de Víctor: guerra de desgaste; conseguir que Yenis se quedara sin fuerzas.

—Esto no es bueno… Como siga así me voy a agotar antes de haberle ganado…

—¿Qué te pasa, hijo mío? ¿Ya no te das tantos aires?

—¡No vuelvas a llamarme así! —pero Víctor acabó abandonando su tono burlón y sosegado.

—¡No tienes derecho a ordenarme nada! ¡No eres más que un asesino!

Y entonces dos ataques chocaron, una esfera blanca y otra negra, de igual tamaño, empataron a una distancia media de ambos.

—Si volviera a ponerte contra las cuerdas no creo que tu magia te vuelva a salvar. La otra vez, aunque fuera con intenciones de matarte, tenía una mínima esperanza de que resultaras ser mi hijo y que, aunque la probabilidad fuera ínfima, despertaras tu elemento luz, pero ahora créeme si te digo que no va a haber más milagros…

—¡¿Y qué ganas dándome más poder?! ¡Ahora que tengo un elemento más, no dudes que lo usaré para acabar contigo!

—Me temo que sigues siendo demasiado iluso y no entiendes el orden natural de las cosas.

—¿Tu “orden natural” es acumular poder y más poder traicionando a quien sea necesario?

—No fui yo quien mandó a Lara al hospital, ¿verdad? Espero que por lo menos se diera cuenta del amigo que tiene.

Entonces pudo darle un golpe a Yenis sin que pudiera anticiparse, mandándole contra una columna; tras lo cual sacó una lanza hecha de electricidad, pero esta vez no era azul, sino amarilla.

—Ni los rayos de antes iban tan cargados como esta lanza. ¡¿Crees que alguien te va a salvar ahora?!

La lanzó. Pero, antes de llegar a Yenis, se desvió hacia una corriente de agua que acababa de aparecer hacia un lado.

—Al menos dime que vienes a ayudar…

—¡Lo siento, ¿vale?! —Lara intentaba por todos los medios no parecer débil, incluso delante de Yenis.

Le pasó la mano por delante y pudo cerrarle algunas heridas leves.

—No hacía falta que me curases nada, no me dolían especialmente.

—Perder sangre no te iba a ayudar. Los que nos especializamos en el uso del agua sabemos muy bien eso.

—Vale, vale… Pero, dime, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Vine para aquí en cuanto me desperté… Les dije a los médicos que no se preocuparan… Y cuando casi había llegado sentí una gran concentración de poder… ¿eras tú? —Yenis cerró sus ojos con una expresión molesta.

—Sí, era yo. —Yenis agarró a Lara por la ropa y la levantó en el aire— ¡Y ojalá no hubiera sido así! ¡¿No pudiste venir antes?! ¡¿Sabes lo que ha pasado?!

Lara apartó la mirada y vio el cuerpo inerte de Hefesto. Se imaginaba lo que había podido pasar, pero no sabía qué más decir…

—Yenis… He venido a ayudarte. Siento haber tardado tanto en darme cuenta de que estaba equivocada... ¡Al menos déjame deshacer mis errores! —Yenis la bajó al suelo y pegó un suspiro.

—Víctor maneja la luz y el rayo de forma sobresaliente. Ahora yo también manejo la luz, pero sigo estando un nivel por debajo de él. Tenemos que acorralarle y darle un golpe final lo más poderoso que podamos.

—¿Qué manejas…? —Lara intentó centrarse— Pero te olvidas de sus habilidades especiales. ¿Y qué pasa si al querer darle el golpe final resulta que tiene algún as bajo la manga que nos pueda bloquear?

—Ojalá aún lo tuviera… Pero me temo que ya lo ha usado. No creo que esconda nada más, dada la cantidad de energía que ha gastado.

—¿Y tú? ¡Si la energía de antes fue cosa tuya, debes estar agotado!

—Perdonad que interrumpa vuestro bonito reencuentro, pero no quiero que nadie más se nos una —lanzó una esfera de electricidad, pero acelerada gracias al viento.

Yenis lanzó otro ataque de viento para frenarla y se acabó deshaciendo; y ambos se elevaron en el aire con sus alas.

—Lara, él usa luz, rayo, acero y viento. Podemos usar tu agua para desviar sus ataques eléctricos, pero no hagas ninguna locura.

—Je, ¿y me lo dice el que ha decidido enfrentarse a alguien con un elemento ancestral y que está a nivel cinco? Creo que no podré superarte —dijo con una sonrisa, aunque lo que realmente le dio ganas de sonreír fue que Yenis hiciera lo mismo.

—Aunque no sea el mejor momento… me alegra tenerte de vuelta.






Lara y Yenis se encontraban frente a Víctor, a una distancia prudente.

—Ni tú ni yo estamos en plena forma, habrá que acabar con esto cuanto antes.

—“Acabar con esto” … Quieres decir… ¿matarlo?

—Lo que sea necesario para detenerlo.

—Yenis… Yo no estoy preparada para…

Una corriente eléctrica fue a por Lara antes de que acabara la frase. Yenis la cortó en seco con un tajo de oscuridad.

—¡Si no puedes, déjamelo a mí, pero al menos cúbreme y no dejes que te haga daño!

—Bien… creo que hay algo que podemos hacer.

Al otro lado del humo, Víctor se encontraba confiado a la vez que impaciente por su doble ataque para acabar con esto cuanto antes, aunque también precavido.

Ya no podré volver a usar por ahora mi técnica temporal… pero no importa.

—¡Si vais a atacar, no deberíais darme tanto tiempo para recomponerme!

Pero de pronto se vio obligado a esquivar una cantidad importante de ataques de fuego y agua. Víctor se movía sin parar, tratando de esquivarlos todos, pero cubrían un gran área.

—No me compensa anular el agua de Lara… Así que…

Juntó ambas manos y creó tal corriente de aire que los ataques se dispersaron causando estragos al castillo y zarandeándolos en el aire a ambos. El viento los mantenía bien separados de Víctor e indefensos en su duración.

—Esta corriente me impide teletransportarme incluso a mí, pero da igual…

Estiró ambos brazos y creó dos lanzas de electricidad, ambas amarillas y bastante gruesas, que salieron lanzadas hacia delante, creando dos agujeros en medio de la neblina y yendo directas a sus contrincantes. Los atravesaron.

Hasta que antes de suceder lo no tan evidente para Víctor, Yenis apareció sobre él creando una columna de fuego hueca del tamaño justo, pero de la temperatura más alta que podía crear. Lara se encontraba a la espalda de su amigo apoyando sus manos sobre la misma, desprendiendo una luz verde. La temperatura no dejaba de aumentar y Lara empezó a sudar. Por partida doble.

—Si me das tanto poder te agotarás y no podrás hacer tu parte…

—No te preocupes… —Lara se separó— ¡Sigamos con el plan!

El fuego de Yenis ardía cada vez más, y Lara estaba creando en el suelo una fuerte plataforma de agua medio helada, con cierta solidez. La temperatura del fuego subía cada vez más y más, hasta que, gracias al poder de tierra de su amiga, empezó a tornarse en lava. Ambos elementos comenzaron a mezclarse, formando una masa rocosa de alta dureza.

Víctor estaba sudando y tratando de salir de ahí, pero todo era inútil. Yenis sonrió.

—¿Te olvidas de tu masa de aire? ¡No vas a poder teletransportarte!

—Maldito crío…

—Y la unión de los polos opuestos… —antes de que Víctor pudiera reaccionar, Yenis apareció sobre él— ¡no es tan fácil de deshacer!

Le golpeó con la fuerza medida para que cayese en la masa que se estaba formando y sellando en el suelo. Lara terminó de encerrarle.

—Ahí dentro no puede oír nada… ¿Crees que durará mucho? —a pesar de esta pequeña victoria, Lara no se había relajado.

—La única forma que tiene de salir de ahí sería con una explosión de luz, pero al estar totalmente cubierto, su propio ataque le golpearía también a él. Tenemos que prepararnos ahora mismo antes de que vuelva…

—¿Tienes algo pensado…?

—Mi habilidad especial ya se ha restaurado… Puedo crear una ilusión a gran escala y vencerlo por sorpresa. Lo mejor contra él es la velocidad, pero sobre todo la potencia: consigue una buena posición y ten preparado el ataque más rápido y certero que puedas, que yo haré lo mismo.

—De acuerdo… —ambos se dirigían a tomar posiciones— Yenis…

—¿Sí?

—Lo siento… por todo. Si quieres, cuando todo esto termine, podríamos hablar tranquilamente de lo que ha ocurrido…

—No pasa nada… Hacías lo que creías conveniente…

—Eso no lo piensas de verdad, ¿no? Sé que no te gusta discutir.

Yenis permaneció en silencio unos instantes.

—No, lo cierto es que no. Sé que querías hacer lo correcto… Pero deberías haberme hecho más caso.

—Lo siento, de verdad… Pero… déjame decirte algo…

—Dime, dime, que voy a ir creando algo de niebla —Yenis empezó a mover los brazos por debajo de su cintura apuntando al suelo y elevándolos hasta ponerlos en cruz. Ambos tomaron posiciones—. Empiezo a sentir una concentración de energía… Si quieres decirme algo que sea ya.

Lara estaba avergonzada, pero también sabía que no era seguro que ambos salieran de esta sanos y salvos.

—Yenis… Llevamos siendo amigos desde el colegio… Siempre nos hemos llevado bien… Aunque eras el último de la clase, siempre estaba contigo porque no quería que se rieran de ti… Tú siempre eras amable con todos y también lo fuiste conmigo…

A Yenis se le nubló la mente por un segundo. No podía ser lo que estaba pensado.

—Venga ya… ¿qué quieres decir? —dijo, sosteniendo una especie de sonrisa.

—Que tú… Desde hace mucho tiempo, me has g…

De pronto hubo una enorme explosión blanca y las rocas de la prisión salieron volando por los aires. De dentro salió Víctor, con un aspecto mucho más humilde, con la ropa destrozada y jadeando.

—Muy bien, muy bien… veo que mi hijo sabe trabajar en equipo… —intentaba provocarlo, pero el silencio reinaba en medio de toda esa niebla. Víctor avanzó algunos pasos—. He de decir que estoy impresionado.

Su voz revelaba agotamiento con cada palabra. Parecía no ver que Yenis estaba delante de sus propios ojos, oculto por el efecto de su ilusión.

—¿Por qué os ocultáis? Venga… Es evidente que estáis preparando un ataque sorpresa. ¿No podéis ser un poco… menos predecibles…?

Ya frente a él, su hijo sacó una espada de luz y oscuridad. Rebosaba de energía altamente concentrada: gruesa, pero ligera y punzante.

—Como he dicho… usaré este poder para acabar contigo… —Víctor no se inmutaba; el Tsukuyomi parecía estar funcionando.

—¿Es que vais a alargar esto hasta el día del Juicio Final? ¡Yenis! ¡Lara! ¡Podríamos haber sido una familia si lo hubierais querido!

Yenis sostuvo la espada horizontalmente y echó el brazo hacia atrás, dispuesto a realizar un tajo directo.

—Esto se acabó, Víctor.

—Estoy de acuerdo.

No supo cómo reaccionar: Víctor le miró a los ojos y, casi sin darse cuenta, Yenis se encontró con una lanza eléctrica amarilla atravesándole.

—Más débil que la azul… pero mucho más rápida.

Yenis tosió sangre y cayó de rodillas al suelo, tratando de aguantarse con una mano. El ataque de Víctor desapareció.

—Oh, si te preguntas cómo lo he sabido, es mi segunda habilidad especial: puedo ver la verdad detrás de una ilusión, por poderosa que sea. Era más que predecible que intentarías esto después de atraparme temporalmente. Ahora… —una copia de Víctor apareció frente a Lara, cogiéndola por el cuello y saliendo de su otra mano otra lanza eléctrica— es tu turno, querida —sosteniéndola, la lanzó hasta donde estaban Yenis y el Víctor original. La copia despareció.

—Bueno… con esto ya se han acabado todos los estorbos —Víctor se arrodilló para hablar con su hijo.

—No eres más… que un asesino…

—Si te hubieras unido a mí no tendríamos que haber llegado a esto.

Yenis miraba a Lara, la cual se encontraba a unos pocos centímetros junto a él, agarrándose el cuello tratando de parar la hemorragia, pero todo era en vano.

La mirada de Víctor se dirigió a la mano de su hijo.

—Al fin…

Yenis no dudó y pudo reunir fuerzas para apartarle de un puñetazo, aunque sin mandarle muy lejos.

—Esto no ha acabado… Aún puedo…

Pero antes de que se incorporara, Lara, arrastrándose por el suelo, consiguió cogerle del brazo.

—Lara… Dios… No te muevas, te prometo… que acabaré con él… —Yenis no podía soportar ver a su mejor amiga desangrada y a punto de morir por culpa de su propia torpeza. Otra vez.

Lara hizo un gesto negativo con su cabeza, Víctor le había atravesado la garganta y no podía hablar.

—Lara por favor… No te fuerces…

Su mano empezó a brillar en una tonalidad verde similar a la de la esfera de Hefesto. Y Yenis recuperó, aunque no demasiadas, algunas fuerzas.

—¡Lara! ¡¿Qué haces?! ¡Si haces eso, tu vida…!

Pero ella se limitó a hacer otro gesto negativo con la cabeza y dedicarle una sonrisa, y, ¿por qué? ¿Por qué ahora Yenis tenía la certeza de que era una sonrisa totalmente sincera…?

Su mano dejó de brillar, y la muchacha se desplomó sobre el suelo.

Yenis no podía soportarlo. No podía aguantarlo más. ¿Cuántos amigos tenía que perder para que todo esto acabase de una vez?

—Ya no vas a tener más milagros, hijo…

Yenis no reaccionó. Tenía la mirada perdida. Era como si no le hubiese oído. Víctor caminó hacia él y sacó de nuevo una lanza de electricidad. Yenis seguía sin inmutarse y Víctor presentía lo destrozado que acababa de quedar por dentro. Le puso una mano en el hombro.

—Ya no tienes nada de qué preocuparte. Todo ha pasado…

Hasta que el discurso paternal se vio interrumpido por tres lanzas azules de electricidad que atravesaron el cuerpo de Víctor en tres direcciones distintas.

—Yenis… ¡siento no haber venido antes!

Aunque la mente del chico mente seguía perdida y no reparó en la aparición de su amigo Hermes. Víctor no supo qué hacer, las lanzas le atravesaron los puntos vitales. Ya tenía la victoria al alcance de la mano… ¿esto iba a acabar así?

Usó sus últimas fuerzas para, de nuevo, atravesar a su propio hijo, que no hizo nada por defenderse.

—¡No! ¡Yenis! ¡Aléjate de él!

—Tú… te vienes conmigo, hijo…

Ambos cayeron al suelo. Hermes fue corriendo hasta ellos, cogió el cuerpo de Víctor, ya inerte, y lo lanzó todo lo lejos que pudo.

—Oye, oye, oye… ¡Yenis! ¡Despierta! ¡No puedes morir ahora!

Hermes se apresuró a presionar su corazón para ayudar a bombear la sangre, pero el muchacho no reaccionaba.

—¡Despierta! ¡No puedes irte ahora! ¡Hay mucha gente que sabe lo que has hecho! ¡Y que te apoyan!

Pero él ya no estaba allí. Ni en ninguna parte, no sentía nada.

***

Hasta que despertó, pero no en el castillo. Vio un techo blanco antes de levantarse. Tenía la misma ropa, pero no estaba rota ni sucia, y su herida había desaparecido, no sentía ningún dolor.

—¿Ya estás despierto?

Yenis miró a su alrededor: una habitación pequeña, redonda y, sobre todo, blanca. Una mesa de mármol, una silla hecha del mismo material y, sentado sobre ella, una figura de aspecto muy humano, con una pequeña barba blanca y una mirada apacible. Sobre la mesa había un libro similar a un diario de visitas, una pluma con su correspondiente tintero, una pequeña cajita de madera cerrada…

—Supongo que estarás algo confundido. Tranquilo, es normal, quién no lo estaría —la sonrisa de ese hombre no transmitía otra cosa que no fuera bondad.

—¿Quién es usted…? ¿Dónde estoy…? —Yenis de pronto recordó la situación en la que se encontraba hace apenas un minuto— ¡Mi herida! No está… —entonces se dio cuenta: era obvio lo que estaba pasando, aunque nunca había creído en estas cosas— Estoy… muerto, ¿verdad…?

—Ese es el problema: que estás aquí, pero aún no has muerto. Esto es el umbral, Yenis, entre tu mundo y el siguiente. Todos los que mueren llegan aquí, y acto seguido siguen su camino, pero tú no has continuado, y no siento que puedas hacerlo.

—Pero entonces… ¿estoy muerto? ¿O no lo estoy…? ¿Quién es usted? —Yenis se dio cuenta de que el anciano aún no había respondido a la pregunta.

—Deberías haber muerto… pero tu alma es tan fuerte que no ha desaparecido del todo… aunque tampoco tienes fuerzas suficientes como para volver a tu cuerpo.

Yenis apretó el puño.

—Mi alma está podrida… ¿Eres el ángel de la muerte? Si es así, llévame, por favor… No merezco volver a mi mundo.

El anciano echó la silla hacia atrás y se levantó.

—Efectivamente, soy ese al que se podría llamar ángel de la muerte… Pero quizás me conozcas por otro nombre…

—¿Otro nombre? Ni siquiera sabía que algo como esto existiese de verdad, como para saber nombres de seres que se supone que no deberían existir…

—No puedo observar todo lo que me gustaría de vuestro mundo, pero tengo entendido que se habla de mí en los libros de historia…

Yenis cayó de la burra. ¿Es posible que este ser que se hallaba ante él fuera anteriormente un humano?

—¿Rey… Azrael…? —el anciano sonrió—. ¡No puede ser! ¡Pero si eras humano! O al menos eso dicen los libros, ahora mismo ya no sé ni que pensar…

—Todo lo que dicen tus libros es cierto: fui el monarca de tus tierras durante años, pero me llegó la hora, como a todos.

—¿Cómo demonios llegaste aquí…?

—Me pasó como a ti: no pude seguir mi camino y me encontré aquí al anterior guardián. Me dijo que debía sucederlo y así lo hice, él pudo descansar, y ahora su tarea es la mía.

—Y ahora yo debo sucederte a ti, ¿verdad? Bueno… supongo que es un castigo adecuado.

—Ese es de nuevo el problema: yo no pude seguir mi camino, pero mi alma había muerto completamente, la tuya no.

Yenis volvió a estar completamente perdido.

—¿Entonces qué hago aquí? ¿Estoy muerto o no? ¿Para qué estamos hablando? —Azrael se dio cuenta de lo molesto que estaba el chico.

—Yenis… Sé lo que ha pasado…

—No tienes ni idea de lo que ha pasado. Si no hubiera interferido en la coronación… Igual hubiera sido mejor dejar que Víctor se quedase con el anillo desde el principio…

—El alma de Víctor acaba de estar aquí y pasar al otro lado, pude detectar su maldad. Hiciste lo correcto —Yenis dio un golpe en su mesa y las lágrimas brotaron de sus ojos.

—¡Lara, mi mejor amiga, ha muerto! ¡Y Hefesto! ¡Y Ana! ¡Y Sara! —Yenis cerró los ojos durante un par de segundos— No fui más que un asesino y un inconsciente. Por culpa de mi arrogancia los he arrastrado a todos conmigo… —hubo un silencio sepulcral durante unos segundos.

—Yenis… Aun no te he dicho qué estás haciendo aquí. Lo cierto es que ni yo mismo lo tengo claro, nunca me había pasado cosa semejante, pero desde luego no es para sucederme, ya que tu alma no ha muerto por completo y yo no puedo interferir en tu mundo. No puedes pasar al otro lado, pero tampoco puedes permanecer aquí ocupando mi lugar. No sé si sabes por lo que se me conoce… Llegué a controlar uno de los dos elementos ancestrales, el de la oscuridad…

La expresión de Yenis se tornó en seria. Extendió la mano y creó una esfera de ese mismo elemento.

—Lo sé, lo conozco bien —la esfera desapareció y el chico volvió a bajar el brazo.

—Pero tú has logrado una proeza que ni yo ni nadie antes había logrado: controlar no solo uno, sino los dos elementos ancestrales: luz y oscuridad. ¿Te das cuenta de lo que representa eso?

—Solo es poder, un poder maldito que ha hecho que gente inocente muera, y no hablo por mí. Pensé que podría hacer cualquier cosa, que podría vencer a Víctor y salvarlos a todos… pero me equivoqué. Otra vez —de pronto, Yenis tuvo una revelación. La voz que había escuchado antes de ponerse el anillo… Miró su mano: ahí seguía, el anillo del rey Azrael, y delante estaba su antiguo dueño—. ¿Fuiste tú…?

El antiguo monarca asintió.

—No se me permite interferir en vuestro mundo… Pero consideraba que era necesario. Si pude hacerlo y sigo aquí es que nadie superior lo considera como un error.

—Pero ¿qué más te daba? Tú ya estás muerto, mi mundo no es el tuyo, ¿qué necesidad había de ayudarme?

—No era una pelea justa, y lo sabes. Tu padre te contó antes de morir que había sellado tus elementos ancestrales al nacer, ¿no? Además… aunque por aquel entonces no lo supe, tú tenías un potencial fuera de lo común… La prueba de ello es que estás aquí ahora, atrapado, sin poder continuar ni volver.

—Exacto, tú lo has dicho, estoy atrapado. ¿Qué sentido tiene todo esto? Si no puedo sucederte no veo qué demonios estoy haciendo aquí —Azrael hizo de nuevo otra pausa.

—Yenis… —Azrael fue hasta él— Sé que querías a Sara. Yo también tuve a alguien, pero me la arrebataron, y no tuve la oportunidad de salvarla, pero tú... Sabes que no existe absolutamente ninguna magia para resucitar a los muertos, ¿verdad?

De pronto a Yenis se le aclaró la mirada. Miles de imágenes pasaron por su mente en un segundo, imaginándose un montón de posibilidades sobre lo que podría ser posible o no dependiendo de lo que le fuera a decir a continuación el antiguo rey.

—Si existe una posibilidad, por ínfima que sea, de que los que murieron por mi culpa vuelvan a la vida…

—El motivo de que tu alma no pueda seguir adelante… son tus dos elementos. Tu alma es tan poderosa que no murió tan fácilmente por esa lanza de rayo… Así que puede haber una última oportunidad.

—¡¿Cuál?! ¡Haré lo que sea! —dijo Yenis sin pensar ni dudar.

—Aquellos que murieron a tus manos y por tu sangre… Solo ellos podrán volver.

La mente de Yenis pasó a estar más ocupada que nunca: Ana, Sara… Ambas murieron a sus manos, si le había entendido bien… Pero, ¿qué quería decir por su sangre?

—Tus antiguas compañeras Ana y Sara, que murieron por tu poder, tu amiga Lara a la que tu padre asesinó… Incluso ella está unida a ti, ya que la mató sangre de tu sangre… pero Hefesto no puede volver.

A Yenis no le hizo falta seguir pensando.

—Porqué… ¿Por qué las cosas tienen que ser así? ¡Pero a Hefesto lo mató Víctor también! ¡¿Si Lara puede volver, por qué Hefesto no?!

—A Lara la mató Víctor con su magia, pero a Hefesto le atravesó con una daga. No hay conexión posible con él.

Yenis no sabía qué decir… si hubiera sido un poco más prudente seguramente las cosas no estarían así.

—Dime qué he de hacer. Si al menos puedo salvar las almas de ellas tres… No vacilaré.

—Solo has de darme las manos y usaré el poder de tu alma para resucitaros a los cuatro… pero supondrá un coste.

Yenis se sorprendió, pero no fue por las últimas palabras del rey.

—¿Cómo que a los cuatro? De eso no hablaste. ¿Es que yo… también podría volver a la vida?

—No pareces muy contento.

—Yo no merezco volver…

—¿Tienes miedo de ser odiado por las tres? —por la expresión de Yenis, Azrael supo que había dado en el clavo.

—Todas me odiarían… Además, ¿qué sería de Sara y Ana? ¿Dónde reaparecerían? No iban a entender nada…

—Tendrías unos segundos antes de volver a tu cuerpo para hablar con todas y explicarles la situación… Siendo ellas estoy seguro de que lo entenderán.

—Eso sería perfecto… Pero no puedo volver… —a Yenis le vino a la mente el momento en el que mató a Sara y se llevó las manos a los brazos, mientras sentía un escalofrío— Sara nunca me perdonará… Ni yo me perdonaré por todo lo que hice. Claro que… Nunca las volvería a ver… No voy a volver a su mundo, por supuesto… No debería tener problemas…

—¿Eso es lo que quieres? ¿No volver a ver a la chica que amas?

A Yenis le dio un vuelco el corazón y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.

—¡No la merezco! ¡Y es un amor no correspondido, ella no sentía nada por mí!

Azrael dio un suspiro.

—Será mejor que te asegures tú mismo —dijo, a la vez que extendía las manos.

Sus sentimientos personales no importaban ahora: Yenis sabía bien lo que debía hacer. Si era necesario, resucitaría junto a sus compañeras y se encargaría de pedir las correspondientes disculpas, aunque no sirvieran de nada. Cogió las manos del rey.

—Aún no te he dicho el precio.

—Se me había olvidado esa parte…

—Eres un muchacho realmente humilde, Yenis… No debes culparte de lo que te ha pasado. Siempre hiciste lo que creíste correcto.

—Dime el coste.






Los nova del cuerpo sanitario estaban trasladando a Lara al hospital, a pesar de que ella insistía en que se encontraba bien, su herida ya no estaba.

—Será mejor que te examinen de todas formas, por si acaso —Yenis, aunque volvía a tener la ropa hecha jirones, estaba en plena forma también. Lara sonrió y no protestó más.

Al día siguiente a Lara le dieron el alta y quiso acompañar a su amigo a las afueras de la ciudad, donde éste quería rendir homenaje a su amigo caído en combate. Llevaba una pala y una antorcha encendida consigo, a pesar de que era de día y el sol lo iluminaba todo. Llegaron al lugar planeado y acto seguido aparecieron tres caras conocidas. Démeter, Ítalo y Jacob no pensaban perderse el funeral de su antiguo compañero.

—Creíamos que lo conocíamos más que nadie… pero a ti te estimaba más que a nosotros —Ítalo no perdía su seriedad.

—Sentimos no habernos dado cuenta antes de lo que estaba pasando —dijo Démeter.

—Si te hubiéramos ayudado, las cosas no estarían así… —Jacob tampoco sabía cómo reaccionar.

—No importa. Os agradezco que hayáis venido, de verdad. Estoy seguro de que él habría querido que todos estuviéramos aquí…

Yenis clavó temporalmente la antorcha en el suelo para ponerse manos a la obra. Planeaba hacer un pequeño montículo de tierra a modo de tumba para luego dejar en su cima una buena base de ramas y prenderles fuego, pero Lara le detuvo.

—No pensarás que dejaré hacerlo todo solo, ¿no?

Dicho esto, del suelo emergieron una serie de ramas y enredaderas que se fueron entrelazando entre sí formando algo parecido a la base vertical de una antorcha. Ahora tenían ante ellos una base de antorcha perfectamente capaz de soportar el fuego y no quemarse ni derretirse. Yenis cogió su antorcha y encendió la que acababan de crear sus amigos. A continuación, Lara apagó la que sostenía Yenis.

—Descansa en paz, amigo mío…



Yenis había vuelto finalmente a su casa, debía mantener una larga conversación antes de irse. Sus padres nunca se habían alegrado tanto de volver a verlo sano y salvo, así que le recibieron con el mayor de los abrazos.

—Nosotros no podíamos tener hijos, Yenis… así que cuando te encontramos fue como una bendición divina. Aquella noche en el río, en la parte inferior de la catarata… Por suerte estábamos volviendo a casa y pasamos por allí… Te oímos llorar… —su madre no pudo contener las lágrimas.

—Ambos te criamos como a nuestro propio hijo… sentimos no habértelo dicho antes…

Yenis los abrazó.

—Siempre seréis mis padres.

***

Séfenir y Yenis se encontraban a las afueras, lejos de la ciudad para poder hablar con calma e irse sin molestar a nadie. Séfenir acababa de crear un portal de vuelta a la Tierra.

Yenis estaba vestido con unas ropas más típicas de la Tierra que de su pueblo, compradas a propósito para su viaje, y con una maleta en el suelo.

—Entonces… ¿Qué va a pasar ahora?

—Una serie de ciudadanos con conocimientos en la materia, Hermes entre ellos, han formado una asamblea, y se ha decidido que en unos días habrá una votación en toda la ciudad para decidir si habrá un rey o seguiremos como hasta ahora, votando a los representantes del pueblo. Si sale la segunda, habrá también importantes cambios en las leyes para prever la corrupción.

—Me alegro… ¿Y nadie ha preguntado por Víctor?

—Hubo quien lo hizo, pero con todos los testigos contando la misma versión… La verdad ha salido a la luz y ha quedado clara, nadie se ha revelado a estas decisiones. Por cierto, ¿al final qué pasó con el anillo?

—Al volver vi que su luz se había apagado, y no ha vuelto a brillar. Nadie sentía ya ninguna energía emanando de él, así que se ha devuelto, por respeto al rey Azrael, a la cámara en la que siempre estuvo, aunque ya sin vigilancia alguna. Ahora solo es una baratija normal y corriente… ¿Tú qué vas a hacer a partir de ahora?

—¿Yo? No vivo muy lejos de aquí… y la vida en palacio tenía su monotonía. Tranquilo, estaré bien —era la primera vez que Yenis veía a Séfenir casi riendo—. ¿Seguro que quieres irte? Hay quien me dijo que se preocupaba de que hicieras algún disparate, como entregarte a la justicia de ese planeta…

—Diles a mis padres que no se preocupen. Viviré como ellos, bajo sus normas. Al fin y al cabo, aquí ya no tengo mucho futuro…

—No, si no fueron tus padres quienes me lo comentaron…

Hasta que Lara cortó la conversación apareciendo ante ellos. Su expresión reflejaba preocupación hasta que vio que Yenis aún seguía ahí. Entonces, puso de golpe su mejor sonrisa.

—Buf… Por fin os encuentro, sí que os habéis ido lejos.

—Lara… Ya veo…

—¿Qué…?

—Nada, no importa. Séfenir, ¿te importa dejarnos a solas? Me gustaría despedirme de mi amiga.

—Claro que no. Cuídate mucho, ¿vale? Recuerda que aquí tienes tu hogar y puedes volver cuando quieras.

—Gracias.

Séfenir sacó sus alas y emprendió el vuelo de vuelta a la ciudad. Yenis sabía que otro momento difícil había llegado.

—Lara… Yo…

—Bueno, entonces te vas de vuelta a ese planeta, ¿no? Si esa es tu decisión… sabes que siempre estaré preocupada por ti, pero sé que sabes cuidarte solito.

—Lo siento.

—¿Hum? ¿Por qué dices eso? —Lara se volteó hacia él.

—No disimules, por favor. Sabes que esto es un adiós, luego no podré volver.

Lara sintió como se le aceleraba el corazón. Yenis finalmente se había dado cuenta de sus sentimientos, pero ella también había visto los suyos. Luchó con todas sus fuerzas, pero no pudo evitar romper a llorar. Se puso frente a él.

—Siempre me has gustado… Nos llevamos bien desde que éramos niños… Y ahora… —Yenis la abrazó.

«Ya está. No necesito nada más. Solo quiero que este momento no acabe nunca…», pero Lara sabía que eso no podía ser así.

Yenis se disponía a soltarla, así que su amiga se secó las lágrimas.

—Más vale que esa Sara sea tan buena como yo, o no te lo perdonaré nunca, eh… —Lara casi se reía.

—No creo que tenga ningún futuro posible con ella… Ya sabes que yo…

—No la conozco, pero estoy seguro de que entenderá todo lo que pasó. Ya se lo explicaste mientras volvías a este mundo, ¿no?

—Eso no es excusa. Lo que hice no tuvo excusa…

—La tuvo, y es que yo tuve la culpa.

—La culpa fue mía.

Lara se llevó la mano a la cabeza.

—¿Estás tratando de retrasar tu viaje por miedo a que Sara te rechace?

Yenis se sonrojó y no dijo nada.

—Escucha: vas a volver a la Tierra, vas a conquistar a esa chica, la harás feliz y dejarás que ella te haga feliz a ti también, o no te perdonaré por rechazarme, ¿estamos? —Lara había conseguido finalmente su objetivo: hacer sonreír a Yenis—. Y… siento aquello que dije… Menospreciando a los humanos… No los conozco lo suficiente, no era quién para juzgar, ni lo soy ahora… Pero son iguales que nosotros. Todos somos iguales.

Yenis estiró su mano.

—Siempre seremos amigos.

—Por supuesto —Lara le devolvió el saludo.

Yenis se quitó su colgante.

—Este es el colgante que me regalaron mis padres al graduarme en el colegio… Lo recuerdas, ¿verdad? A mí ya no me sirve como antes… Pero a ti puede serte muy útil, me gustaría que te lo quedaras.

—Lo acepto encantada. Cuídate mucho, Yenis.

—Hasta siempre, Lara.

Yenis cogió su maleta y cruzó el portal, que desapareció al instante.

Lara estaba tranquila, ya podía seguir soltando sus lágrimas, pero ese colgante… Nada del mundo lo haría soltarlo.

—Espero que seas feliz, Yenis… Y Sara… Seas quien seas, cuida de él por mí…

***

Sonó el despertador, había llegado la hora de levantarse para ir a clase. Sara no tenía problemas en madrugar, así que como ya estaba en el lado opuesto a la pared se frotó los ojos, apagó la alarma y se levantó, aunque Yenis se encontraba muy a gusto.

—Ey... Despierta, Yenis… hay que ir a clase —Sara lo destapó, quedando a la vista su pijama azul.

Yenis comenzó a desperezarse… hasta que dio media vuelta para quedarse mirando a la pared.

—Solo cinco minutos más…

—¡De eso nada! ¡Venga ya, hombre! ¡Venga! —Sara tiraba de su brazo para intentar sacarlo de la cama— ¡Jooo! ¡Venga!

Unos minutos después ya estaban ambos vestidos y desayunados.

—Sara…

—¿Qué pasa…? Date prisa o llegaremos tarde…

—Tienes un grano de arroz en el labio.

Sara se sonrojó de golpe y porrazo, y casi se le cae la taza.

—Eres un indiscreto…

—¿Preferías que no te lo hubiera dicho…?

Sara no contestó, pero aún con su metro y medio de estatura y su cara roja, cruzó los brazos, poniendo cara de enfado y sus famosos mofletes hinchados.

—Venga, no te enfades —Yenis le acarició la cabeza—. Ea, ea…

Sara estaba roja como un tomate.

Cogieron sus mochilas y salieron inmediatamente. Al contrario de cuando empezó el curso, Sara ahora tenía una sonrisa en sus labios. No, mejor dicho, ahora tenía una sonrisa al contrario de antes de conocer a Yenis.

—Como lleguemos tarde será culpa tuya…

—Perdón, perdón… es que tenía sueño —dijo Yenis mientras se reía.

Sara miró de nuevo a Yenis con la mejor cara de enfado que pudo poner, pero él no pudo evitar sonreír, al ver las mejillas hinchadas que ponía Sara cuando Yenis hacía algo que le parecía inadecuado.

No obstante, ambos se entendían sin necesidad de palabras: ni Sara estaba enfadada ni Yenis se reía de ella; a él le encantaba la cara adorable con mofletitos que ponía, y ella lo sabía. Yenis sabía distinguir perfectamente una ironía de un enfado de verdad.

Llegaron a las puertas del instituto un minuto antes de que sonase la campana, así que ambos relajaron el paso. Justo antes de entrar, vieron una cara conocida, aunque casi irreconocible por el corte de pelo que Julia se había hecho. Ahora lo tenía algo más corto y llevaba un lazo de color violeta en él, pero lo que más les sorprendió ya no es que fuera con una supuesta amiga, lo cual implicaba que ya no estaba sola, sino que iban cogidas de la mano. Julia se percató de su presencia, y le dijo a su compañera que se fuera adelantado, que enseguida la alcanzaba, y así lo hizo. Entonces fue hasta ellos. Sara le cogió la mano a Yenis y la apretó con fuerza, pero él estaba tranquilo.

—Lo… Lo…

Yenis suspiró.

—No pasa nada —Yenis quería cortar la tensión de una vez.

—Lo siento… —dirigió su mirada hacia Sara—. ¡Lo siento mucho! Yo… Sé que no tengo excusa… No era yo… Verás… Hace tiempo tuve un percance…

Sara no dijo nada, se limitó a estirar su brazo.

—¿Quieres que seamos amigas?

Julia no pudo contener sus lágrimas.

—Por supuesto… —sonrió y ambas juntaron sus manos—. Encantada, Sara. Soy Julia.

Sara le dedicó su mejor sonrisa y el timbre sonó.

—Será mejor que vayamos o no nos dejarán entrar en clase —dijo Yenis sonriendo.

Horas más tarde, Sara tiró a la papelera más cercana el envoltorio de su chocolatina. Hacía frío, pero ni la mayor de las ventiscas les iban a impedir dar un paseo por el parque. Como era inevitable, en las mentes de ambos aún florecían los recuerdos que habían compartido recientemente…

—Tú me… Me… Yo solo quería ser feliz contigo… —Yenis jamás había estado más incómodo. Había empezado a sudar, y acto seguido de arrodilló y se postró en el suelo. Su voz sonaba menos clara a causa de sus lloros.

—No tengo excusa… Nunca la tendré, pero… Antes no era yo… Solo te pido una última oportunidad… Además, ahora no podría hacerte ningún daño, aunque quisiera, que por supuesto jamás lo haría… —apretó un puño, fruto de la rabia de pensar en lo que hizo—. Sara, yo… Tenemos tanto en común… Y… me encanta lo bajita que eres… —no tenía sentido seguir pensando en aquello, nunca le iba a perdonar—. Si me permitieras demostrar que podemos ser felices… Por favor… —levantó la cabeza, llevándose la sorpresa de ver a Sara soltando una lágrima.

—Yenis… Pero… ¿estás seguro de esto…? ¿Es que quieres acabar tu vida conmigo…?

Yenis se levantó y abrazó a Sara lo más fuerte que pudo, con una mano en su espalda y la otra en su cabello. Ninguna otra respuesta lo hubiera hecho más feliz.

—Mi vida no se ha acabado, acaba de empezar. Contigo.

Ambos estaban nerviosos. Ambos tenían el pulso acelerado, pero aun así lograron lo que pensaban que sería imposible: juntar sus labios en perfecta armonía.

—A tu lado he podido estar, siempre yo observé tu empeño…

—Cada viaje te vi emprender… admirando tu valor… —Yenis no dudó ni un ápice respecto a lo que debía responder: conocía perfectamente esa canción.

—Si mi fuerza puede ayudar… a que se realice un sueño… —entonces Yenis, sabiendo que él cantaría el último verso, acarició la cara de Sara.

—Quiero nacer, quiero convertirme en el amor…

Una nueva aventura estaba a punto de comenzar.

Vivir como humano sería una gran aventura.






Una muchacha joven de once años y ojos verdes había llegado al fin a la guarida, una pequeña gruta situada a media altura en una montaña. La chica tenía su ropa algo quemada y rasgada y presentaba unas quemaduras leves en las manos. Allí, un joven de pelo corto y negro con una máscara por la cual solo podían distinguirse sus ojos rojos, inconfundibles, propios de la raza de los ashiri, la aguardaba sentado, pero con impaciencia. Al verla se levantó.

—Has tardado.

—Te pido perdón, al final estaba más escondida de lo que creía…

—¿La tienes?

Entonces la chica sacó de un bolsillo una gema roja de forma octogonal, pero alargada entre dos extremos. El enmascarado fue hasta ella y la cogió con ansias, momento en el cual emitió un leve brillo durante un par de segundos.

—Sí… Ciertamente parece auténtica…

El muchacho ya no prestaba atención a la chica, estaba obcecado en examinar de cerca la gema. Se dirigió al exterior de la cueva y señalo un volcán situado a unos cuantos metros de distancia.

—¿Ves ese volcán? Lleva años inactivo.

—Sí, lo sé…

Entonces el enmascarado apretó la gema dentro de su puño derecho y levantó el brazo, mientras, con el izquierdo colocado verticalmente, hacía una serie de sellos con su mano. De pronto, sucedió lo inesperado, incluso para el chico, un enorme dragón, formado de fuego en su totalidad, se formó frente a ellos, sosteniéndose en el aire con sus alas. El muchacho dirigió su mirada al volcán y bajó su mano derecha, apuntando hacia él. El dragón disparó una gigante y ardiente esfera de fuego candente que chocó con la montaña inactiva, que en cuestión de segundos no solo quedó destrozada, sino que empezó a emitir humo, y más tarde lava. El volcán volvía a estar activo. La chica ahora estaba preocupada, seguramente por si el fuego pudiese llegar a algún pueblo cercano.

—No te preocupes, no hay tanta lava para que se propague en exceso, y mira al cielo: es cuestión de tiempo que empiece a llover y el incendio se sofoque solo.

La muchacha respiró tranquila, su señor tenía razón. El dragón desapareció y el chico dio media vuelta. Sonrió y abrió su puño para observar de cerca la gema una vez más.

—Perfecto. Ya solo quedan siete…


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